A MEDIAS

MIGUEL ANGEL VILLALOBOS

Estoy a punto de llegar a mis cincuenta y tengo mucho de que enorgullecerme, poco de que vanagloriarme y mucha, mucha tristeza; a no ser por unos dos o tres grandes amores, un par de proezas cumplidas, muchas promesas incumplidas y bastantes arrepentimientos, no sé si esta mitad de mi vida ha valido la pena. En principio, nunca pensé llegar a los cincuenta, no me imaginaba como un hombre grande, amargado, encorvado y con escaso pelo blanco en la cabeza; cuando joven pensaba que mi vida estaba llena de amargura por lo que imaginaba –Como me lo dijo aquella mujer- morir a los treinta, siempre he sido un hombre inmaduro y con tendencias suicidas; en el solar donde estuvo la casa de mis padres que habitábamos de niños, había un árbol delgaducho y endeble que el menor viento agitaba e inclinaba haciéndolo parecer frágil, entre los ocho y diez años, cuando sentía que me rebasaba la tristeza me subía al entonces joven guayabo y hacía ejercicios de imaginación con una cuerda, me miraba pendiente de ella con los pies casi arrastrando y solitario, siempre solitario, en una de esas tardes lluviosas que se fijaron en mi memoria como una página imborrable en el diario de esos días. Más tarde, cuando cumplía catorce años, ya con el gusano de la poesía dentro, tracé mi plan de vida, vivir sin freno y morir a los treinta, basado en una profecía de una mujer que de improviso me detuvo mientras caminaba rumbo al negocio de cartuchos en donde laboraba mi chaparrita, por una calle del centro de mi ciudad, iba muy feliz porque me sentía amado por ella, María Isabel, uno de mis primeros amores, creo que el más significativo por cuanto tuvo que ver con los demás, entonces, esa mujer tomó mi brazo, me extendió la mano y miró en ella, entrecerró los ojos y me dijo: morirás a los treinta en un accidente automovilístico, sin más ni más soltó mi mano y caminó como asustada, estupefacto, la miré alejarse con desparpajo, ondeando al viento su negra cabellera y su falda larga, con pasos largos y apresurados, como el instante que dejó grabado a fuego en mi memoria con esos ojos que parecían penetrar en mi posterior agonía. Desde entonces mi vida estuvo condicionada por la supuesta brevedad que esa mujer, supuesta vidente, vaticinó a mi corta y fácilmente sugestionable edad, los próximos años bajaron mis calificaciones, comencé a tomar y a fumar, mis problemas se multiplicaron por mi afán de vivir sin frenos y a gran velocidad, me volví un poco más melancólico, más cínico, pensaba que las ganas simples de vivir justificaban la estupidez, viví en un pozo de una profundidad inmensa y oscura de la que a veces una mujer me rescataba, a veces era mi madre, otras veces fue la bondad pura e infernal de Martha, el fuego de Rosa que consumía mis sentidos, la inocencia pícara de Teresa, el esquivo amor de Josefina, a todas les hice el mayor daño que pude hacerles, a pesar del amor, eran más grandes mi estupidez y mi cinismo; soportaron mis años la vorágine del sinsentido, hasta el último año de lo que pensaba vivir, superada la barrera de los treinta, le siguieron dos años de celebración y la más lóbrega oscuridad en cuanto a los vicios que aquejaron los tiempos más sombríos de mi existencia, durante esa época tuve también grandes amigos, un poco empañada la amistad por la vaguedad de esos días tenebrosos. Hoy, a mis casi cincuenta, no soy feliz, al menos no completamente, sé que la felicidad completa es una utopía, pero aún voy tras de mis escasos sueños y pocas realidades, tengo muchos amigos y grandes hermanos, tengo hermanos que son mis grandes amigos, tengo una familia que no es grande pero si insustituible, no hago falta a nadie, dentro de mis limitaciones soy libre, tal vez no físicamente pero si del pensamiento, amo ¿Qué más puedo pedir? Sigo siendo pobre económicamente, amado ¿Qué más puedo anhelar? Nunca he perdido las ganas de poner punto final a mi existencia, sobre el lugar donde habitaba el viejo guayabo hay toneladas de concreto; desde hace mucho tiempo que ya no subo a los árboles a saborear al viento mi tristeza, hasta hoy han predominado las ganas de vivir; la tristeza la derramo ahora sobre un teclado; no sé cómo logré superar los treinta años, no sé cómo superé la fútil celebración, realmente no sé cómo he podido a veces ser un poco feliz, sin duda a estas alturas me volví más actor y he logrado aparentar la felicidad que aparentan los hombres normales, soy un sobreviviente de mi propia vida, al menos hasta la mitad de lo que pretendo vivir. Logré escapar, a fuerza de intentarlo, de una buena parte de los fantasmas que acosan a quienes padecen el disfrute de esta locura que es la poesía, sigo intentando morir, pero viviendo y luchando por el amor del que disfruto. Ya he vivido la mitad de mi vida, ya tengo en mí la mitad de mi muerte, no sucumbo ante lo inevitable, no creo en la existencia de un dios, amo a mi madre natura, he sido perdonado, creo aún en la bondad del ser humano, creo en la capacidad de amar y en la capacidad de asombro, estoy a unos pasos de empezar a vivir la otra mitad de mi camino, después de todo, de aquel arbolito de guayaba aún existe el recuerdo y a nadie sostuvo por la cuerda, ahora me dispongo a volar, aquí estoy aún, a tan solo unos pasos de mi próximo abismo.

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