Alguna vez tuve miedo a la noche

#‎Noticias desde El ‪#‎Mante

Me despierto a deshoras;

me lavo la cara sucia de luz de calle y podredumbre,

y en el agua salobre y fría del espejo me observo

entre maldiciones de sol y laberintos.

Daniel Baruc Espinal.

Abrir la puerta de una habitación a las doce de una noche sin luna, sin estrellas, en la más completa oscuridad; entrar alguno de los pies en el piso lleno de culebras y tarántulas y adivinar en la negrura la presencia de fantasmas u hombres lobo e imaginar a la llorona en el fondo sin fondo del cuarto, o tal vez recostada en la cama, postergando el momento de soltar ese lamento conocido por los temerosos para provocar la clase de miedo que se cuela en los huesos y en la sinrazón, ha sido, sólo una de las razones para temer a la oscuridad, a todo aquello que la noche representa. O tal vez caminar por senderos tan oscuros, que atravesando ante nuestros ojos la mano, podemos apenas adivinar la silueta cual si fuera la incógnita de un destino envuelto en la penumbra y la desesperanza.

Y la niñez por desgracia o fortuna, ha sido la más propicia para dejarse influenciar, para dejarse llevar por el asombro que la noche provoca. Felizmente, salvo desgraciadas excepciones, los temores de entonces cambian a favor nuestro y nos habrán de acompañar durante el resto de nuestros días azarosos.

Así, ahora puedo decirlo. Alguna vez tuve miedo a la noche. Pero ya no. A oscuras han sucedido las mejores alegrías de mi vida, o bueno, para no sonar tan presuntuoso: la noche ahora me llena de la más confortable tranquilidad. Cuando miro las estrellas puedo ensayar un gesto que nadie ve, o aparentar que nada sucede alrededor mío digno de sacarme del mutismo, que todo es dulzura y sueños felices.

No quiero parecer con eso un apacible animal, es más, ni siquiera me interesa qué pueda parecer. En la oscuridad puedo escribir una sola palabra y pretender que con ella pronunciaré el discurso más erudito que nadie imaginó. A oscuras voy de un lado a otro de la ciudad, de esta, de cualquier otra sin apenas salir de cuatro paredes más que para fumar lo fresco de la neblina. A solas, de madrugada, tropiezo con el amor y martirizo mis demonios (o los encuentro y los eludo) y al mismo tiempo bebo un tequila con ellos y me doy cuenta que es la misma centellante condición que me acompaña.

Enceguecido grito ante el silencio de cada noche mis frustraciones y mis triunfos. Mi corazón es entonces un prófugo que deja muy atrás barrotes y cadenas, mientras derrama inútilmente semen y lágrimas delante la hembra silenciosa; nada hay entonces que me salve: repito hasta que la lengua se me seca, tu nombre-una oración-un salmo, y me sorprenden más perdido las tres de la mañana. Hasta que no queda de mi sino el vacío y el hartazgo de lo que pudo ser y no fue. O de lo que fue y no le di el valor preciso, que es lo mismo.

No quiero que nadie me oiga decir esto, que nadie vea la oscuridad encerrada en esta página, que nadie me mire, ciego, orinando paredes. Que nadie robe la oscuridad de mis pupilas.

No sé qué haré mañana con la luz de día. Seguro habré de esperar que ella regrese, para disfrutar y hacer un nuevo lamento del orgasmo inconcluso en noches pasadas.

La noche es una dulce puta que nace después de cada día, vivo con ella el romance más sufrido, y muere entre mis manos cuando el sol amanece.

E irremediablemente se, que pronto habrá de amanecer.


A %d blogueros les gusta esto:
comprar-ed.com