AUSENCIO

Si llega un libro nuevo de poemas a mis manos y, más aún, si este libro ha sido escrito por uno de mis más queridos amigos, puedo decir, con una certidumbre muy cercana a la fe, que no todo está perdido.

Porque, a pesar del muy largo paso y muy escaso peso, de los años, sigo creyendo que justo en la poesía, será donde el ser humano, si es que la tiene, habrá de encontrar atisbos de su salvación.

Del Di

Por eso he venido aquí, a celebrar, en este recién nacido diciembre de este ya viejo dos mil catorce, los poemas que Ausencio escribe.

Ausencio Martínez, que antes que nada y después de todo, es Poeta.

Esta afirmación, atenta audiencia, pudiera pasar como una más de las muchas frases intrascendentes que esta noche diré.

Y no es así.

Desde hace mucho tiempo lo he tenido muy claro: Poeta es un vocablo sagrado. Quiero decir: no cualquier persona que escribe versos, se desvela a solas frente a una hoja en blanco, publica libros o es acreedor de premios literarios, merece tal nominación.

 

Se dice que en tiempos postmodernos, estos que ustedes y yo, nosotros quiero decir, transitamos juntos, la tendencia intelectual es desacralizar al Poeta. Tal vez así suceda. Yo no soy nadie que esté empeñado en detener tal inercia. Quizá en los próximos años, si no es que ya está sucediendo ahora mismo, esa palabra que para muchos, en especial para mí, se destina a seres humanos singulares, se use tanto, incluso hasta el hartazgo, que, en efecto, termine por perder fuerza, milagro, esencia, y acabe en el abismo de los lugares comunes.

 

No sería extraño. Si acaso, una mínima desgracia más en ese teatro del absurdo caótico en el que se ha convertido el mundo.

 

Pero también me gusta pensar en la otra posibilidad. Qué tal si prevalecemos vivos y actuantes –en ésta y en muchas otras generaciones– aquellos que vemos en la poesía una fe cada vez más alta y abarcadora, más lúcida, del espíritu humano. Qué tal si los poemas siguen siendo manojos de palabras entrañables y el poeta un ser excepcional, aunque él, a sí mismo, se perciba como el más común de los mortales. Qué tal si un libro de Ausencio, aunque nosotros lo veamos, aunque no lleguemos a verlo, se sigue leyendo, como ahora lo hacemos, dentro de cincuenta años.

Así pues, Ausencio lleva dentro de sí, el secreto de hacer brotar de la yema de sus dedos, esas letras que nos harán ver más de cerca el cielo, menos de reojo el infierno, más de lejos y de cerca, a la vez, la decepción; esos versos que despertarán al corazón si es que éste parecía quedar dormido o apaciguarán sus latidos, si es que amenazaba desbocarse a donde nunca nadie.

He leído el libro de Ausencio una, dos veces. Y desde la primera lectura me ha venido una idea antigua que ahora renace: No la filosofía ni la religión, no el poder ni el dinero, no la política ni la ciencia. La poesía, sólo la poesía, ha de ser la semilla para que –si es que esta eventualidad fuera posible– crezca ese árbol utópico que es la salvación de la humanidad.

Carlos Acosta Diciembre 2014

 

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