CASA DE MUÑECAS

#Noticias desde El ‪#‎Mante

ALFREDO ÁVALOS

La verdad es que se resistió a la idea por semanas. Se dormía tarde desvelado por el danzón que sonaba en la cantina de abajo, y él, tendido en su camastro, pensaba que mejor sería bajar y bailar entre aquellos borrachos y ficheras a los que nunca veía pero siempre escuchaba. Despertaba con la luz de la mañana en su camita incomoda, con la piel crecida y sudorosa. Hoy sin más, decidió que iría. Le habían dado el panfleto en la calle el mismo día que llegó a la ciudad de México y quiso tirarlo en el primer bote de basura que encontrara, pero en la capital hallar un contenedor de basura en la vía pública era tan difícil como toparse con un policía que no exigiera ¨mordida¨. Así que lo guardó.

No había una bombilla roja en la puerta, como pensó que habría. Así que decidió esperar un rato en la esquina, temiendo que se hubiera equivocado de lugar. Después de todo, las calles de Miguel Hidalgo abundan en la capital y la numeración es un caos que nadie entiende. En veinticinco minutos vio llegar a cinco hombres y salir a tres. Eso bastó para convencerlo de que aquél era el sitio que buscaba. En ese mismo tiempo dos mendigos le habían pedido un peso cada uno. Un hombre le había ofrecido un gramo de coca ¨¡Barata carnal!¨. Una puta costeña, morena y rotunda, con melena de Radotonga, lo había tratado de convencer de que la siguiera a su cuarto de vecindá donde no tenía que pagar ni la mitá de lo que se iba a gastar en aquella casa. Vio también a dos tipos desvalijando un auto estacionado sobre la acera y encadenado a un poste de teléfono. Un ángel pasó, con su vestido negro de hollín y arrastrando un ala rota. Una anciana paró y le dijo que le habían arrebatado el bolso dos cuadras más allá y señaló el lugar con mano temblorosa. Un taxi se detuvo frente a él y salieron como vomitados una docena de mariachis provincianos que buscaban la plaza Garibaldi, la tierra prometida de los mariachis. Un grupo de marineros borrachos le había preguntado por donde se llegaba al mar. Fue hasta que vio una patrulla de la policía que se decidió a andar y tocar en aquella puerta.

   El pasillo que anduvo después de que alguien le abriera la puerta, estaba oscuro y un aire denso hacía difícil la respiración. Al final de éste, otra puerta se abrió y entró a un recibidor bastante amplio, considerando lo estrecho y asfixiante del pasillo. Estaba a media luz, una lámpara victoriana sobre una mesa de pedestal en medio de la habitación era toda la iluminación. Las cortinas de pesado terciopelo púrpura hacían arcos sobre las ventanas que jamás vieron la luz del sol. Sobre una mesa amplia y pegada a la pared, cubierta con un mantel de elaborado crochet había, alineadas, dieciséis muñecas. Ocho estaban paradas, recargadas contra la pared y frente a cada una había otra sentada con las piernas abiertas. Todas tenían en el pecho, sobre protuberantes senos un nombre de mujer: Elena, Rosa, Yolanda, Carmín, Violeta, Cielo, Débora y Martha conformaban la línea de las de pie, producción nacional. Las sentadas eran: Monique, Charlotte, Margot, Marie, Josephine. Ivonne, Paulette y Simone, carne de importación. Estuvo viendo los rostros de aquellas dieciséis muñecas de cartón. Había rubias, pelirrojas y morenas, todas de ojos grandes y pestañas apuntando al cielo. Vio también una plaqueta que decía: ¨No toque a las muñecas¨. Sobre la misma mesa había una hoja donde se daba una breve descripción de cada una de las chicas. Sus nombres, lugares de origen y sobre todo, su precio. Los precios de las nacionales un tanto por debajo de las extranjeras. Lo que no supo es q1ue todos los precios estaban expresados en dólares. Él volvió a recorrer las muñecas de pie y se detuvo en la última, Martha. Esa le gustaba más, pensó mientras veía su cara en el enorme espejo de caoba que colgaba sobre la mesa de las muñecas.

   Buscó un sitio para sentarse y entonces advirtió que no estaba solo. Sentado en un amplio love seat rococó del mismo color de las cortinas, en el otro extremo del recibidor, estaba un hombre mayor, el cual le sonrió afable y lo0 invitó a sentarse. Dudó un instante antes de emitir un titubeante ¨buenas noches¨, y tomar asiento en el sofá. De las paredes color bermellón colgaban varios cuadros dispersos. Se dedicó a recorrerlos con la mirada, tratando de ignorar la presencia del viejo. Escenas de caza inglesas dominaban la habitación, derramando testosterona. Había también el cuadro de una venus naciendo de la espuma, con sus largos cabellos dorados sobre la espalda y parada sobre una concha nacarada. Esta le recordó la imagen de la Guadalupana y casi se persigna por aquel pensamiento.

-¿Primera vez en la casa de las muñecas?- interrogó el hombre – Sí, primera vez- contestó. -¿Cuál le gusta? –Martha.

Martha estaba sentada sobre una cama que le pareció diminuta y era más hermosa que la muñeca que la representaba. Cuando lo vio abrir la puerta, Martha sonrió como una niña que ve llegar a papá volviendo del trabajo. Le extendió los brazos a modo de bienvenida y él no supo que hacer. Se quedó quieto con la manija de la puerta en la mano, mirándola. Junto a él permanecía la madame envuelta en su aroma eau de seduction, quien lo había acompañado desde el recibidor hasta el cuarto de la muñeca elegida, previo arreglo del pago y aclaración de pormenores y reglas de la casa.

-¡Esta no es una casa de putas pobres, caballero! Dijo la madame enérgica cuando él, abriendo los ojos había preguntado ¨¿Tanto?¨.

Habían subido por una escalera amplia y alfombrada, y él se había preguntado cómo cabía tanto falso esplendor en un espacio como aquél, que desde la calle no era más que la fachada de lo que hubiera podido ser una tienda de abarrotes. Particularmente le habían impresionado las réplicas de cuadros de mujeres famosas colgando en el muro de la escalera. Había mujeres bíblicas y reinas europeas. Estaban también la Mona Lisa, una extraña Frida sonriente, Teresa Mendoza en pantalones de piel, Evita sin sus descamisados y Sor Juana Inés De La Cruz, pluma en mano. Todas juntas en collage de reinas, criminales, putas y santas.

Martha lo esperaba en la cama diminuta, se había recostado entre los cojines extendiendo las piernas al aire, como gata juguetona, reclamando la atención de su dueño. Cerró la puerta, se arrancó el cuello clerical y anduvo hacia ella.

Tomado de: ¨LETRAS EN EL ESTUARIO¨ Antología de poesía y narrativa. (2009). Del Maestro Ramiro Rodríguez.


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