DE ABRIL A MAYO

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 Por Carlos Acosta

 

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Salgo a la calle. El cielo es, todo, nube gris. El aire que viene del norte es húmedo. Anuncia una lluvia como nunca nadie jamás ha imaginado.

Cierro los ojos, miro hacia adentro, dejo escapar en voz baja mi plegaria: que caiga el agua del cielo como nunca nadie pudo imaginar; que llueva más de cuarenta días y cuarenta noches; más que en los tiempos aciagos de Macondo. Que no deje de llover durante años, siglos, milenios. Agua, agua limpia de este cielo iracundo es que necesitamos.

Gota a gota. Diluvio por diluvio. La lluvia vaya lavando, uno por uno, los resquicios de la tierra. Lave las heridas que el ser humano le ha infligido. Lluvia por lluvia lave la mentira, los asesinatos, el caos citadino; la cloaca policial, los gobiernos, la injusticia. Lave la lluvia ésta herida con la que nacimos y que, en tanto tiempo de ser y andar por aquí, no aprendimos a curarnos.

Que llueva, que llueva, imploro, mirando el gris deslumbrante de la tarde, con el viento azotando las mejillas, escuchando el rumor de la respiración de los pájaros dormidos.

No me invade el delirio enfermizo de ser Noé, Bob Dylan, El Quijote o Aureliano Buendía. Sólo quiero que llueva como nunca en la historia de la humanidad ha llovido. Que el agua arrase con todo. Que nos lleve a los que no hemos sido suficientemente buenos. Que sólo deje a niños y niñas menores de cinco años y algunos adultos congruentes como mi madre, Esperanza o Noham Chomsky. Que se lave, se limpie, cada hoyo, casa, corazón, horizonte, cada resquicio, de la tierra.

Salgo a la calle. El cielo es, todo, nube gris. Anuncia una lluvia como nunca nadie jamás ha imaginado.

*

Sobre el parabrisas del auto cayeron sus dos manos. No era un niño, sino más bien alguien que rondaba quizás los veintitantos. Yo me había detenido, obligado por el rojo del semáforo. Sus pupilas, odio-tristeza-desquicio, en apenas un instante estrellaron el cristal, deshicieron los asientos, desbarataron el carro. Yo no supe qué hacer. Esperé siglos el verde. Y no sé cómo he podido venir aquí y escribirlo.

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Yo no sé los niños de mi país.

Los hay tan distintos y distantes. Y sin embargo hay algo que comparten, además de la inocencia y la belleza, además de la alegría y la ilusión. A los niños de México les sobrevuelan encima de la cabeza pájaros de incertidumbre, miedo aún desconocido, futuros que anuncian caos.

Yo no sé los niños de mi país.

En sus ojos, según la edad y el estrato socioeconómico, se puede ver inocencia, ternura, miedo, rencor, malicia, ganas de ser bueno, sueños de ser malo.

Es difícil hablar de ese territorio infancia, dado las innumerables circunstancias en las que un niño puede vivir. No piensa, no siente, no es, lo mismo, un niño que nació y vive con sus necesidades básicas de alimentación, vivienda, educación, cubiertas; a un niño marginado, proveniente de una familia disfuncional, sin las tres comidas al día o sin un techo donde guarecerse del frío y/o de la lluvia.

Yo no sé.

Qué es un niño, dice la pregunta fácil. Y espera una respuesta, igual, banal. No, no me es posible definir la niñez viendo sólo una cara de la moneda, viendo sólo una minoría de infantes de postal corriendo en un jardín edénico en un país perfecto.

No. Para hablar de los niños tendría que incluir a todos los hijos de los clase-medieros –que por cierto abundan–, a los que viven en extrema pobreza –que abundan aún más–, a los abandonados, a los enfermos. Y desde luego mencionaría también a los que viven este, y buena parte de sus días, felices y con sus necesidades cubiertas, que también los hay.

Agregaría, si yo hablara de los niños, que todos ellos merecen un país mejor del que ahora viven, una mejor escuela, una mejor vivienda, unos mejores adultos que (aún sin saber el oficio y sin vocación, como ha dicho el cantante) los dirijan; en resumen, una mejor sociedad.

Entonces, y sólo entonces, cuando haya tenido el tino de ser incluyente, de acordarme de la mayoría –ojalá de todos–, cuando recuerde y me avergüence de la cifra de niños que viven en la calle, cuando entienda que niñez es mucho más que un paraíso perdido. Cuando recuerde que un niño, una niña, no sufren en pequeño ni aman de a poquito porque miden apenas menos de un metro de estatura.

Cuando pase por mi mente la niña tarahumara, descalza, con sus pulseras artesanales en la mano diciéndome uan dólar, uan dólar, cuando no olvide mi niñez de casa de enjarre, piso de tierra y cielo de palma, mi niñez de pies descalzos y asma frecuente.

Entonces –y sólo entonces– escribiré con la más simple de las emociones humanas, con mi muy amargada y retorcida ternura: Feliz día del niño a los niños de mi calle, de mi ciudad, de mi país, del mundo (aunque en otros países hoy no se festeje el día del niño).

Pero sobre todo, podré decir con la cara limpia y mis letras transparentes: Feliz día del niño para Julieta y Adrián, mis nietos, depositarios del sentimiento más alto y puro –amor seguramente– que aún pudiera quedar en mi persona.

 

*

1

Hoy abrí los ojos con la convicción de ser lo que nunca hubiera sido. Salí del ramaje del nido con cierto ardor en las alas. Cierto es que la alborada tiñe de azul plateado el horizonte y el ruido, aun agazapado entre los pliegues de la tierra, aguarda el anunció del primer rayo de sol.

2

No canté, no todavía.

3

Preferí abandonarme al rocío púrpura, a la noche confidente, al viento a ráfagas proveniente del sur.

4

Este planeta verde, va y viene con los caprichos del aire; a veces se extravía, sale de su órbita, como el niño de dos años que, entre la muchedumbre, se suelta de la mano de su madre. Pobre planeta el mío, tan solo, tan perdido.

5

Hoy abrí los ojos y con cierta displicencia he dicho: estoy vivo; con pereza extendí las alas, y para mi sorpresa, he descubierto que todavía están íntegras.

No soy un pájaro. Cualquier persona, con sólo verme, sabría que no lo soy.

6

No se trata de crear metáforas estúpidas que sólo sirvan de ornato en renglones mal trazados. No es la intención decir: soy un estornino que lleva entre el pico y las alas un terroncito negro.

7

Este día me descubre el alba con los ojos abiertos, el plumaje sólido y cierto ardor en las alas.

8

Salgo de mi cuarto, voy al baño, tengo ciertas dificultades para entrar porque en la puerta se atora una parte del plumaje alborotado; voy a la cocina y dice mi mujer: ya péinate esas alas; mis hijos gritan ¡álzate papá, vuela!, y sólo para darles gusto, abro los brazos y voy y vuelvo -voy y vuelo- de la cocina a la sala, del comedor a mi cuarto, feliz, como si fuera un pájaro.”

 

INSOMNIO CON LLUVIA

Ahora el reloj marca las dos con trece. Es la madrugada que me encuentra escribiendo. No, no soy quien pase noches de insomnio enmarañado en un mundo de letras, ideas tormentosas, elucubraciones, sólo que hoy sucede, y no me causa conflicto alguno dejar aquí constancia de ello.

Afuera llueve. Es una lluvia suave. No llovizna, sino es más bien un constante caer de agua en cantidad escasa, que, quizás por ello, nunca termina de caer. Desde que me fui a dormir, hará unas cuatro horas, ya habían empezado a insinuarse hilos líquidos escasos, apenas empezaba.

Algunos fantasmas, por no llamarles recuerdos, o secretos, se metieron en mis sueños; trajeron inquietud, ansiedad y terminaron por hacer que, en este horario impropio, abriera los ojos, despertara. Qué es el insomnio. Es tu conciencia que no te deja en paz, dijo alguna vez un amigo. Entonces, bien recuerdo, yo contesté algo que realmente creo a pie juntillas: quien dice no tener cargos de conciencia, en realdad tiene mala memoria. Rio, mi amigo, con estrépito inusitado, y nunca supe si fue que la verdad, mi verdad, le dolía o le hacía gracia.

Yo no padezco de insomnio. Es un muy buen recurso literario y de hecho lo incluyo con cierta frecuencia en mis textos; me sigue pareciendo una conducta propia de hombres inacabados, frágiles emocionales, llenos de proyectos y culpas, características que, justo ahora que las escribo, descubro que habitan mi persona desde hace, por lo menos, diez mil años. Pero la capacidad de justificarse es un buen recurso, luego entonces, aquí dejo una de mis cartas fuertes: yo no padezco el insomnio: lo disfruto.

Y si es como el de hoy, incluso podría decir que lo celebro. No lo crean, de verdad, no lo crean, pero así es. El rumor de la lluvia allá afuera me trae ráfagas de sosiego, olas húmedas de paz. Increíble que en tiempos como los que ahora vivimos, alguien escriba, y a las dos y veintinueve de la madrugada, palabras como serenidad o quietud. Y sin embargo, por momentos quiero creer que así es. La lluvia persistente, la sala de la casa –que es donde escribo– el ladrido cercano de un perro que por cierto no se queja, el espejo que muestra a un hombre, ensimismado, sobre sus letras, todo ello y algo más –mucho más– que mis sentidos perciben como en avalancha pero que a mis letras les resulta imposible nombrar, sustentan la increíble afirmación de encontrar en el insomnio –fantasmas incluidos– una parcela propicia para la reflexión y el bien estar.

Como, antes, sucedió alguna vez, ahora no me corre prisa porque amanezca. Por mí, el sol puede tomarse su tiempo en recorrer los meridianos como mejor le plazca. Yo, tengo aquí una noche, una hoja de papel donde escribir y una lluvia allá afuera que a murmullos dice, o al menos eso entiendo: estar vivo es un milagro. ¿Entonces?.. Ah, olvidaba consignarlo, el reloj, ahora, marca las tres con veinticuatro.


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