DÍAS DE GUARDAR

 

 

Días de guardar, sin excepción alguna, son aquellos que hemos visto pasar –y los que no– desde que el primer rayo de luz escindió nuestras pupilas. Uno cree que sólo lleva en sí los días que recuerda, los que de una y otra manera marcan ese breve lapso de años que es la vida; que los demás, se esfumaron como por arte de magia y permanecen invisibles en un lugar lejano y desconocido. Uno cree muchas mentiras. Esa es una de ellas. Lo cierto es, que no guardamos en el universo interior sólo días terribles o memorables, sino que los llevamos todos: desde el primero, cuando todavía ni siquiera abríamos bien a bien los ojos, hasta aquel que quisiéramos, por pudor o vergüenza, haber podido olvidar.

Es así como los días vividos, sin énfasis ni descrédito para ninguno en especial, forjan y forman las personas que hora tras hora vamos siendo. ¿Y qué otra cosa somos? Personas. Qué palabra tan simple, de apenas ocho letras y que, sin embargo, encierra todo un cargamento de amaneceres, mediodías, tardes y, por supuesto, noches y madrugadas. Quizás esta es la explicación de por qué en algunas ocasiones respondemos como jamás lo hubiéramos imaginado ante situaciones inesperadas.

En nuestra memoria –ese baúl tan vasto como el espacio que imaginamos al mirar el cielo– están, dormidos, borrachos o solos; desolados, despiertos o acompañados; descarados, espirituales o locos; escondidos, humildes, apenados; están, decíamos, todos los días vividos. Desde nuestro nacimiento hasta hoy.

Muchos de ellos no los recordamos. Pero este hecho no significa que no estén en nosotros. Algunos los traemos a la charla cada vez que nos queremos regodear con lo que nos gusta de lo que somos o cuando precisamos de una caricia para el propio ego. Otros más, brotan –esa es la palabra– como flores repentinas en una tierra considerada infértil. Y cada uno –cada día pues– a su modo, desde su época, imprime un rasgo, una manera de ser, de hablar, de caminar; genera un modo de ver la vida, de equivocarse, de arrepentirse; perpetúa una manera de reincidir en lo que habíamos jurado abandonar para siempre.

Los días dormidos, los tirados, aparentemente, a la fosa del olvido, son, muchas veces, los que de mejor manera nos definen.

Los días de guardar no son dos o tres por año. No fechas precisas ni cambiantes. Son, todos los días de ese andar –despiertos y dormidos, de noche y de día– por este teatro experimental al que se le ha dado en llamar, la vida.

Guardados van en una maleta que podría ser el cerebro, en un bolso pequeño que pudiera ser el corazón. Guardados en un lugar secreto que quizás sean los huesos, en millones de puntos precisos que podrían ser los poros.

Guardar los días. Los de amor y desamor, los muy largos como siglos, los más cortos que suspiros. Guardar los días. Los de cielo despejado, los oscuros de las cero a las veinticuatro horas. Los de amigos y detractores. Los de lectura de poemas ante quinientas personas expectantes, los de lectura de textos frente a dos escuchas en un teatro con cupo para cuatrocientos. Los de la risa a carcajadas, aquellos de alegría de río crecido. Los tristes cuando la muerte. Guardar los días.

Quizás esta sea la razón del por qué, nadie sabemos quiénes somos. Ningún ser humano tiene la capacidad –el don, la maravilla– de recordar, uno por uno, todos sus días. Si nos preguntaran: cómo eras a los diez meses de edad; qué sucedió tres semanas luego de tu cumpleaños número doce; qué pensabas un día de agosto a los diecinueve; por dónde andabas el amanecer del tercer domingo de abril a tus veintiocho; que te dolió la noche del primer martes de mayo a los cuarenta y siete. Viendo la retrospectiva desde la edad en donde cada uno de nosotros ahora se encuentra, qué diríamos.

Y sin embargo, si alguien tuviera la fantástica posibilidad (una locura, pero qué más da, de eso se trata este texto, de la mayor de todas las locuras: llegar hasta nosotros), si alguien tuviera, insisto, el ficticio prodigio –un microscopio, una computadora, una instancia de ficción inédita– de ver y desmenuzar nuestro interior día por día, tal vez nos podría acercar a un atisbo de luz: eres lo que eres por éste y aquel día, por esta y aquellas noches, sería su conclusión. Y entonces accederíamos a un abanico infinito de momentos. Y en ese mapa portentoso, en ese planisferio propio, tal vez –y digo tal vez– encontraríamos opciones posibles para las preguntas que nos han perseguido de por vida.

Ese, quizás, sería uno de los primeros pasos para acceder a ese universo inexplorable e inexplorado que es el propio yo.

Y sin embargo, existe otra variable que también tiene mucho qué ver con lo apuntado en estas letras: la genética. Pero ese es otro cantar. Ya algún día, en otro texto, se intentará relatar cómo, una noche cualquiera, algunos padres hemos pedido perdón a los hijos porque, en su momento, nos fue imposible depurar el contenido de nuestros cromosomas.

Pero volvamos a los días.

Días de guardar no son tres o cuatro por año. ¿Ya se dijo? Bueno, pero es que se necesita decirlo muchas veces. No son fechas pendientes o preestablecidas. ¿Ya se había escrito? Bien, pero es que urge decirlo aquí otra vez. Necesitamos saberlo, recordarlo, hoy, ayer, mañana.

Días de guardar son, sin distinción de ninguna índole, todos aquellos en los que hemos tenido la gracia de abrir los ojos al amanecer y cerciorarnos, una vez, más de que aún estamos vivos. Cada uno, aportando instantes, ríspidos y celestiales, almibarados y amargos, altísimos y abismales, forjó lo que hoy, en éstos precisos instantes, somos.

¿En qué parte de nosotros habremos de guardar, por ejemplo, el día de hoy?

Todo ser humano lleva todos los días vividos en cada una de las partículas de su cuerpo. Ese es el milagro que nos hace únicos e irremediables.

 

 


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