DOS DE OCTUBRE

CARLOS ACOSTA

En octubre de mil novecientos sesenta y ocho, quien esto escribe, andaba en los catorce años. Vivíamos en la ciudad norteña que tanto quisimos, por la calle Ignacio Allende, entre la seis y la siete. Escuchábamos en la radio, novelas –Kaliman, Rayo de plata, La rebelión de la juventud–, canciones –Ahora estoy solo, Shake, Amor de estudiante– y noticias: Estudiantes revoltosos crean tiroteo en la ciudad de México.

Era el tiempo del tercer año de secundaria. Cuando a las seis de la mañana, íbamos en el camión amarillo, que cobraba treinta centavos por pasaje, y nos llevaba a la escuela mientras amanecía.

Mis amigos eran Gaspar, Joaquín, Cali. Gerardo ya se había ido a vivir a otra ciudad. Iban a casa y rasgábamos la guitarra. Reíamos mucho. El juego era que estábamos creciendo. Pero no sabíamos nada de lo que ocurría en la capital del país. Además, la prensa publicaba poco y malversado.

Luego, en Preparatoria, recibimos la visita de un grupo de estudiantes foráneos quienes traían una puesta en escena de obras de teatro subversivo, un bloque de guitarras y canciones de protesta y un discurso incendiario y comprometido (cuando aún se creía en la palabra compromiso).

Después presenté examen en la UNAM. Me tocó en Ciudad Universitaria. Y ahí sí, accedí a información de primera mano. Mis compañeros de clase hablaban por sí mismos. Conocí el libro La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska y una larga lista de literatura testimonial. Estuve en aquel marzo del setenta y cinco, en el Auditorio de Medicina, cuando el presidente Echeverría nos dijera “jóvenes fascistas manipulados por la CIA” y al terminar su discurso, ya en el estacionamiento de la facultad, una pedrada –un estudiante con muy buen tino, ¡bravo! – en su nada memorable calva.

Aun así, escribo con cierto pudor estas letras. La razón de mi vergüenza es porque yo no estuve ahí, no lo viví. Porque alguna vez un amigo dijo, de veras ¿quieres hablar de ello?, mira, y me mostró sus brazos con cicatrices. Porque otro se acercó, ¿quieres saberlo?, yo estuve dos años en Lecumberri, pensé que nunca saldría. O alguien más que, escupió al suelo con tristeza, ahí perdí un hermano. Aun así, he pasado muchos años queriendo escribirlo. Algún día tendría que hacerlo, y ese día es hoy.

De esta manera, accedí a otro lenguaje: Pelea callejera de muchachos. Invasión por la policía a preparatorias y vocacionales. UNAM y Politécnico unidos. Comité de huelga. Manifestaciones estudiantiles masivas. Sociedad civil solidaria. Autoritarismo del poder. Ejército allanando universidades y escuelas técnicas. Marcha del silencio. La respuesta está en el viento. Jinetes en la tormenta. Cantares. No nos moverán. Matanza de cientos de estudiantes el día dos de octubre en la plaza de Las Tres Culturas.

Ahora, en pleno siglo veintiuno, se llenarán de tinta los periódicos y revistas con el tema. La radio, redes sociales, televisión. Habrá mesas redondas, conferencias, coloquios, poemas, canciones, teatro. Es bueno que así sea, pienso mientras tecleo estas letras, es bueno que no perdamos la memoria. Sin embargo, me queda mucha amargura: nunca se hizo justicia.

En octubre de mil novecientos sesenta y ocho, andaba en los catorce. Era el tiempo del tercer año de secundaria. Cuando el camión amarillo nos llevaba a la escuela mientras amanecía. Por la ventanilla, miraba pasar las calles angostas, los árboles del boulevard, la sombra de la sierra al poniente. No imaginaba que, en un tiempo cercano, habría de conocer a esos muchachos apenas tres o cuatro años mayores que yo y por quienes fui albergando una admiración genuina. De quienes alguna vez me pensé muy cerca, pero en realidad, en su momento, estuve muy lejos. No sabía que el día dos de octubre sería una fecha que habría de recordar, durante muchos años, con rebeldía e indignación.

Mirando por la ventanilla del camión la Escuela Secundaria Técnica Industrial # 30 –con sus grandes explanadas, salones y dormitorios y talleres y muchachos– que me iba quedando cada vez más cerca, nunca imaginé, nunca, que medio siglo después, lo iba a estar escribiendo. Y lo que me marcaría desde entonces: debajo de los adoquines está el mar.

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