ECOS DE OTOÑO Y NAVIDAD

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CARLOS ACOSTA

*

Antes, el tiempo fue una variable que poco me interesó.

Vi pasar días con sorpresa. Sin pesar. Y sin saber.

Nunca pensé en el mañana, en el ayer, el ahora.

Vivía para vivir.

A últimas fechas me acosa la manía del reloj, de mirarlo cada rato: a la hora de comer, si voy de prisa o regreso; cuando me hostiga el insomnio, antes de ir al trabajo; si estoy alegre o me cala lo que sucede en el mundo; si alguien pronuncia mi nombre en un lugar que no sé.

Antes, no fue así.

Vivía para vivir, no para andar al pendiente de las horas del reloj.

Un amigo dice que eso es miedo. Otro, que es ociosidad. Yo digo que las estrellas le dan gracias a la noche (ah, disculpas, me traiciona Silvio).

Somos suma de momentos, desde el primero hasta el último.

Y aun cuando ya no estemos, seremos el tiempo de otros: en especial el de aquellos que algún día nos quisieron.

*

Ayer de tarde llegó un duende a casa. Anda con su caminar silencioso, casi, a no ser por el suave rozar de sus crocs en el piso de mosaicos. Viene y va con sus ochenta y nueve centímetros de altura y su amplio repertorio de palabras de dos sílabas con las que nombra todo: mamá, papá, agua, campana, esfera, árbol de navidad; todas las expresiones que uno pudiera imaginar, todo, es posible nombrarlo con dos sílabas.

Es poco de dar abrazos, por eso, cuando te da uno de manera espontánea, vale lo que dura, en oro. Duerme siesta a la hora que quiere: dos de la tarde, siete de la noche. Sin importar el horario, despierta cuando los ojos se le abren. Por ejemplo, desde antes de las seis de la mañana. Se queda de pie, junto a tu lecho, en silencio. Te observa tanto tiempo y sin parpadear, que por muy dormido que estés, sientes que alguien te mira. Abres los ojos y está él ahí, de pie, a un lado de la cama.

Le gusta ver televisión, tomar agua en vaso entrenador, ponerse el sombrero del abuelo. Andar, muy cerca, detrás de la abuela. Le asustan las máscaras colgadas en la pared. Quiere agarrar las guitarras. Tira los porta retratos, irrompibles por suerte. Arma y desarma la matrushka con una velocidad increíble. Recorre los pasillos, los rincones, los escondites de esta casa grande y reconocible en la cual se mueve a pleno gusto.

Ha llegado un duende de dos años y dos meses a casa. Con él, viene una larga lista de instantes alegres. Casi todos pues. Yo lo miro y una cascada de emociones me hace bien al espíritu. Viene a mi mente un fragmento de la canción de Silvio: … “Siempre, llega hasta el salón principal donde está el motor que mueve la luz. Y siempre allí, hace su tarea mejor, el reparador de sueños. El reparador de sueños”.

Y bueno, uno también tiene su derecho a ser feliz.

 

(para Santi)

*

Cómo me pesa no tener una foto que me hayan tomado con mi padre. Una fotografía donde los dos estuviéramos riendo para la cámara o llorando a escondidas. Mirando a la nada o abrazándonos. Ambos niños o ya viejos. Muy serios o cantando. Pero no, no la tengo.

Hay varias que yo le tomé: una en donde está a la orilla de la vía del tren, cerca de un puente de armazón de hierro en color anaranjado. Otra, sentado en su sillón de madera torneada y palma tejida. Hay una que nos tomaron: él con su sombrero de siempre no mira a la lente y yo que con la mano izquierda hago la V de la victoria; en esa foto también está mi madre. Pero una con él, solos, no.

Una fotografía en días postmodernos no es, en lo mínimo, un suceso; de hecho, a diario aparecen por miles en donde pongas los ojos. Pero yo hablo de una fotografía con mi padre. No sé si digo lo que quiero decir. Una foto con mi padre.

Ahora pienso que me hace falta.

Un retrato no sustituye a una persona, pero recrea su imagen y, de algún modo, nos trae lo único de aquel momento. Desde antes de su muerte escribí para él. Después del día fatídico, hace doce años, el pesar me extrajo de la garganta un libro de setenta cuartillas. No está publicado. Hay letras que, de tanto duelo, se vuelven propiedad privada.

Lo recuerdo seguido y lo sueño a veces, quizás no con la frecuencia que quisiera, pero sí con la bienvenida sorpresa cuando llega. Esto no es un panegírico ni letras arrepentidas. Nos conocimos muy bien. Nunca lo necesitamos.

Escribo estos renglones como si él estuviera, por encima de mi hombro, leyéndolos.

*

Una mujer embarazada nos atiende en la Cafetería.

Es amable, aunque sin exagerar.

Por eso me cae bien: desconfío de la gente que magnifica el buen trato.

Se acerca a nuestra mesa con su abdomen redondo, su libreta, el bolígrafo y una sonrisa que deja ver timidez y cansancio.

A veces le pregunto para cuándo.

Ella se cohíbe.

No es natural que un cliente haga preguntas como ésta.

Su andar lento crea una atmósfera como de ternura.

Hoy no vino.

Estoy solo en la mesa de siempre.

Donde estés mujer que esperas vida, ojalá que los cielos te concedan buena salud y buen hijo.

Así sea.

*

Es un poeta casero.

Escribe de lo que es, o lo que se cree que es

–aunque, claro, muchas veces precisa de un antifaz–

de lo que vive y pervive la gente que le rodea

de la oscura travesía en el barco de la duda.

Lejos del verbo ampuloso. Distante de la retórica.

Credencial de una corriente literaria no ha firmado.

Anda solo, así, nomás.

Se sueña a veces con alas, pero no con ser un ángel.

El estilo, si lo hubiera, es porque nunca encontró otra manera de hacerlo.

Le gusta decir adiós.

De las aventuras, ama, en especial, los regresos.

La falsa modestia le produce náuseas.

No se guarda lo que escribe para un libro en letras de oro, ni por ego ni vergüenza; tampoco porque le asalte la paranoia del plagio.

Es consciente de que mira elfos en plena avenida, lluvia de lumbre de noche, aves en color magenta.

Es como tú, como yo; es árbol en el espejo del río que lo alimenta; agua, nube, paz y guerra: una brizna milenaria de naturaleza efímera que termina siendo eterna.

Es un poeta casero; un hombre de a pie, común.

Su domicilio es La Tierra.

*

Estar bien sólo es eso.

No maravilla de maravillas ni felicidad absurda.

No los afanes de gritarle al mundo los prodigios de una vida

ni el oro que descubrimos en el patio de la casa.

 

Certeza es que cada uno tiene su propio estar bien.

 

El mío es abrir los ojos, caminar neblina adentro cerca del pinar vecino, comer tres veces al día, volver a libros perdidos, ir con mi mujer al cine.

No vanagloria ni embrollo, sabiduría ni jactancia.

Estar bien sólo es eso:

no saber dónde ni cuándo; ser, escribir y cantar.

Y a veces, algo de paz.

*

Ven a mi territorio.

Puedes cruzar la línea (que no existe).

Las fronteras son imaginarias.

 

¿Quién puede impedir que un pájaro

vuele de un país a otro?

¿Y en las aguas del océano,

alguien ha visto una raya

que demarque continentes?

 

Ven a mi territorio.

No hay muros ni bardas alambradas,

sino más bien,

el urgente deseo de que llegues,

desembarques

y mirarte cerca

y poder abrazarte.

 

(para Esperanza)

*

Quiero dar las gracias por el ahora

a quien lo haya traído hasta aquí

Estoy bien

Y al escribirlo

sé que no traiciono a nadie

En esta rueda de la fortuna que es vivir

más de una vez yo también estuve abajo

Gracias por el ahora  lluvia pertinaz

frío de cinco grados Celsius del otoño que camina

Mujer tan cerca de mí

tan lejos

Amigos

Canciones

Luna de la madrugada

Gente que escuche estos versos

Gracias por el ahora

Por traerlo hasta aquí

*

Nunca un año que se fue, volvió. ¿Por qué entonces habría de volver ése que fui entre sus días?

Y jamás un año que se fue, cayó al olvido. Así las cosas, no hay razón para no recordar, alguna vez, lo que tuve a bien vivir en sus horas.

Es verdad, soy un hombre común, sin embargo, todo cuanto sucede en mi vida, me parece extraordinario.

¡Armonía interior para este año! ¡Salud!

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