EL CLAN NUESTRO DE CADA DÍA

CARLOS ACOSTA

Antes de cumplir diez años, supe que mi familia era inmortal. Esa idea, la traje en la cabeza mucho tiempo y fue una de las convicciones que alimenté en las noches, cuando a solas, desde el patio de la casa, cerca del eucalipto, miraba el cielo estrellado por lapsos que podían ir de tres minutos a dos horas.

Una vez lo dije en la escuela: fue motivo de burla. Claro, en aquellos años era tal mi certeza, que no me di por aludido si los compañeros o, en su caso, los vecinos, chismorreaban sobre el tema. Cuando llegas a creer algo de tal manera que casi le pisas los talones a la fe, nadie tiene la fuerza ni la destreza para moverte un ápice de tu creencia.

Éramos inmortales.

De manera que cuando crucé aquella línea de lumbre invisible de los dieciocho, la idea seguía más viva que nunca. Sabía, sin que nadie me lo hubiera dicho, que mis abuelos vivirían más allá de los cien años –lo cual, a la postre sucedió. Que El Chato y El Poy, los perros de casa, llegarían más allá de los veinticinco noviembres. La leyenda crecía lustro con lustro. Se desgranaban los años y nadie de nosotros moría.

Cómo entonces no ser fiesteros, alegres, gritones, de llanto fácil, bailadores, enamoradizos, guitarreros. Cómo no reunirse cada fin de año en casa de los abuelos y junto al brocal de la noria, en la casa de la camioneta, en el molino de nixtamal, en la banca de la tienda, esperar ansiosos el amanecer sólo por el gozo y la locura momentáneos de los primeros rayos del sol. Cómo no reír hasta las lágrimas y no ser felices por un quítame estas pajas.

Éramos.

Todavía hoy, luego de ciento veinte años del nacimiento de mis abuelos, y aunque la vida ya nos dio varios zarpazos de pantera en lo más blando, seguimos locos y festivos, clarividentes y lágrima–pronta, afortunados e irreverentes, bienaventurados y entrañables. Llegaron esposos para las mujeres, esposas para los hombres y se apuntaron al clan como si desde siempre hubieran vivido entre nosotros. Y después sus hijos. Y los hijos de los hijos, De esta manera, siguen vigentes los abrazos apretados, la broma suave y la fuerte; el chiste verde, el colorado, el obsceno. El sentido de pertenencia, la certidumbre de ser parte de una familia muégano.

Sesenta años. Ese fue el número fatal. Justo cuando nadie había muerto en un lapso de sesenta años, sucedió que se nos fue el primero de la tribu. Por designio inexplicable – ¡malhaya designio!– fue llamado al otro mundo el primero de los nietos: mi hermano mayor. Ese día despertamos a la realidad pura y llana. Nos supimos, sin más ni menos, simples mortales. Luego se fueron yendo otros cercanos: tíos, primas, tías, abuelos. Nos fuimos quedando menos.

Éramos inmortales.

Hace unos días nos reunimos otra vez el clan nuestro de cada día. Ya los nietos peinamos canas y a su vez tenemos nietos. La generación que nos precede se mueve en esa década traicionera que va de los ochenta a los noventa años. Los menores, en ese capullo que abarca de los nueve meses a los diez años. Somos una mezcla de genes que ya quisiera Babel, una diversidad digna del más amplio criterio.

Y sin embargo, tenemos un rasgo, dos costumbres, tres maneras de ser, de caminar, de vestir, que de algún modo nos distinguen y sin decirlo en voz alta, sin delatarnos, cualquiera que conozca a los mayores, puede con alto grado de certeza, decir si un niño o una niña, son uno de los nuestros. Y no digo que nunca peleáramos. Un día supe que entre los míos también se daban equivocaciones, secretos, riñas, malos entendidos, años sin hablarse, dimes, diretes –nunca pleitos, no recuerdo uno.

Éramos.

Un tío que a los setenta y seis años se lo llevó el tren y sigue vivo. Un primo que casó a los cincuenta y siete y le creemos la ilusión y la risa. La tía mayor arañando los noventa. Siete muertos que hasta el día de hoy no acaban de morir. Tres arquitectos. Nueve tatuados. Cuatro químicos. Una declamadora. Diez u once profesores. Una niña que vuela. Un niño que cortaba el agua. Un Diyei. Nueve o diez abogados. Varios camioneros. Como treinta estudiantes. Niñas, muchachas, mujeres. Un sin fin de amas de casa. Cinco médicos. Una larga fila de bebedores que no se han arrepentido. Otra hilera, más corta: los arrepentidos. Seis músicos. Un futbolista. Tres yoguis. Cuatro o cinco beisbolistas. Los que emigraron al vecino país del norte. Otra larga fila con oficios y virtudes imposibles de nombrar. Y un poeta.

Éramos inmortales.


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