EL CUARTO DE LOS DIEZ MIL ESPEJOS

CARLOS ACOSTA

Escribir es una bendición. Acomodar las letras, una después de otra, y entre ellas, los puntos y las comas, los signos de admiración y los acentos, es mucho más que sólo dejar palabras en el papel. Porque cuando uno escribe, habla de sí mismo. Es una tendencia natural del ser humano. Aun cuando en la historia escrita haya dos o tres personajes, diez caras, doscientos cuerpos, todos, a fin de cuentas, son uno mismo: el que escribe. ¿Cómo se puede ser, al mismo tiempo, tantos a la vez, y ser cada día, sólo uno? No lo sé. Es como si en tu habitación tuvieras diez mil espejos y en cada uno te vieras desde distinto ángulo. No en cada espejo serías el mismo. Y a la vez te multiplicarían al infinito. Así las cosas, una persona puede ser todas las personas. Un niño todos los niños. Una mujer todas las mujeres. Si escribes realidades, encontrarás, en primer plano, la propia. Cuando se escriben fantasías, son éstas los sueños que uno ha incubado de por vida. Luego, si hay alguien por ahí, perdido, ocioso, muy ocupado, triste, jubiloso, para el caso da igual, y un día se encuentra con las letras y se engancha y se pone a leerlas, entonces se puede decir que, de alguna manera, se cierra un círculo. Un punto de tinta, que es el principio en el hecho de escribir, empieza, sin saber, a dibujar una línea. A media que se escribe la historia, al mismo tiempo se va trazando, lenta, pacientemente, la curvatura de esa línea, que en algún momento, aunque se haya terminado de escribir lo que se quiso contar, permanecerá a la deriva. Ahí están las letras. Dicen de un relato. Elaboran un ensayo. Abren un poema. Pero todavía es un círculo inacabado. Hasta que, como ya se ha dicho, aparece alguien por ahí, de prisa, aflojerado, alegre, deprimido, sereno, colérico, para el caso da lo mismo, y se engancha con las letras y se pone a leerlas. Y si siente que aquellas letras fueron escritas para él, para ella en caso de que se trate de una mujer, y ese alguien se ve reflejado, dibujado –esto lo debí haber escrito yo, se dice con una sonrisa entre retorcida y cómplice–, ese es el momento en que, adivino, se cierra un círculo. Ignoro qué opción es la mejor: encontrarse a la deriva o cerrar círculos. Los cuerdos, ya se sabe, son partidarios de la segunda opción. Cerrar círculos. Todos lo hemos hecho. Yo mismo, cuando termino de leer un libro que causó algo parecido a un terremoto o una crecida de río en una parte de mí, he sentido que, de alguna manera cierro un círculo. Y he dormido como un tronco de árbol talado hace tres meses. Pero también sucede que uno lee libros que no sólo causan crecidas de río o terremotos, sino que provocan, a su vez, que las aguas se desborden, rompan represas, inunden ciudades y causen pérdidas económicas y humanas, que los terremotos terminen derrumbado casas y edificios, provocando la histeria colectiva, sepultando gente. Es aquí cuando no cierras círculo alguno. No hay líneas curvas que en un punto se encuentren. Quedas a la deriva. Solo. Como si tu ciudad fuera un desierto y las casas y los árboles de pronto de volvieran dunas y arenales. Escribir es una bendición. Cerrar círculos o andar a la deriva luego de hacerlo, ese ya es otro cantar. Y no depende de uno. Quién te leerá. En cuál año. A quién vas a leer. Qué día. Sea la que fuera de estas posibilidades, nada tiene qué ver con el momento en que, absorto, alucinado en distancias innombrables, uno va dejando caer de los dedos a la hoja en blanco o a la pantalla de la computadora, letra por letra, signos por comas, puntos por acentos, lo que traía atorado en la garganta. Nada qué ver con el momento en que, frente a los diez mil espejos –en las paredes, el piso, el cielo de tu cuarto– estiras la mano, abres esas puertas donde tu imagen se refleja, y entras a otros mundos. Y parece que te multiplicas y te pierdes, que te buscas y no te encuentras. Y escribes, que escribir, es una bendición.


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