EL NIÑO CAZADOR

ARTURO GUERRERO CAMERO

 

La noche todavía cubre la tierra cuando se escucha un silbido fuera de casa; un amigo de su padre llega y saluda entre risas y bromas, llega otro amigo, después otro. En medio de una alegre charla beben a sorbos café caliente y devoran pemoles recién hechos. Un niño es mudo testigo de la escena. Los adultos se preparan para salir de cacería con los primeros rayos del sol. Uno a uno ajustan la mira de sus armas, un poco de aceite por aquí y por allá, revisan las municiones que usarán al tiempo que deciden la ruta a seguir en su travesía.

Inician su andar, esa vez como tantas otras el niño los ve partir con la ilusión de algún día ser parte de ese grupo. Tal pareciera que su padre escucha el grito silencioso de su corazón, detiene su andar, mira hacia atrás y pregunta. –¿Quieres ir? –. El niño emocionado mueve la cabeza hacia arriba y abajo con frenesí mientras de sus labios escapaba un alegre –¡Sí! –. –Pues ve a la tienda, trae para ti el rifle calibre veintidós y suficientes balas –. No espera más indicaciones, corre hasta la tienda propiedad de su padre, toma el rifle y un puñado de balas que coloca en la bolsa de su pantalón, apresura el paso tras el grupo que ha iniciado su marcha.

Así inicia esa primera aventura de cacería para un niño siguiendo los pasos de su padre. Caminan y caminan por estrechas veredas, se abren paso por lugares en donde no hay camino, suben una colina para bajar por el otro extremo. Los adultos charlan entre sí, ríen y siguen charlando; de vez en vez se agazapan entre la maleza cuando creen ver o escuchar una presa, el niño los imita mientras su corazón late con la fuerza de la emoción. Sus pasos los llevan hasta un arroyo de aguas cristalinas, no es muy ancho, a unos cinco metros el otro extremo se encuentra bordeado por una barranca de algunos dos metros de alto, es un hermoso lugar, grandes árboles crecen a la orilla del plácido cause, el canto de las aves parece guiarse por la música que hace el viento al pasar por las ramas de los árboles. Los adultos charlan entre sí, hablan de seguir un poco más y después regresar a casa. Miran al niño y su padre le dice: –tú te quedas aquí,  te voy a dejar esta carabina 30-30, sube a ese árbol y ahí nos esperas, si ves algún animal que valga la pena, le disparas; pero ten cuidado porque en este lugar bajan pumas a tomar agua –. El niño toma el pesado rifle y sube a la rama más alta que le fue posible. Los adultos de alejan por una vereda, él se queda ahí; sintiéndose el mejor cazador del mundo.

Las aves no se inmutan con su presencia, revolotean en su alrededor mientas el murmullo del agua y el viento tranquilizan sus sentidos. Un ruido en la maleza lo sobresalta, mira hacia abajo al tiempo que sus manos infantiles sujetan con fuerza el rifle, busca algún venado o jabalí, <ten cuidado porque aquí hay pumas que bajan a tomar agua> recuerda las palabras de su padre y no puede evitar estremecerse, la maleza se mueve y su corazón se acelera, de pronto, surgen dos guajolotes; un par de gordos y graciosos guajolotes de piernas flacas y plumaje brillante, suspira con alivio, su cuerpo tenso se relaja al tiempo de sonreír. Los observa picotear de un lado a otro entre la hojarasca, se acercan al agua del arroyo. Por su mente pasó la idea de disparar a infinidad de animales, pero nunca a un ave de esas, pero bueno, tal parece que esa será la única oportunidad para poder usar el enorme rifle que descansa en sus manos; apunta al ave más gorda, contiene la respiración, coloca el dedo en el gatillo y hala de forma suave, muy suave como le ha enseñado su padre. De pronto… ¡Pum! El rifle golpea su hombro y se escapa de sus manos para volar por los aires, sus piernas aprietan con fuerza la rama en la que se encuentra montado al tiempo que con sus manos se sujeta de otra rama para evitar caer; un zumbido que retumba en sus oídos y el dolor en su hombro lo hacen su presa.

Escucha el revolotear de un ave, el guajolote vuela de forma errática, choca con las ramas de un pequeño árbol para después cruzar sobre el arroyo y estrellarse sobre la pared de tierra en el otro extremo antes de caer al agua. Con los ojos muy abiertos el niño observa el ave, baja de su escondite lleno de alegría por haber dado en el blanco, tiene que ir por su presa, pero… ¿Cómo cruzar al otro extremo del arroyo? Busca impaciente la forma de hacerlo; metros más adelante, corriente abajo, el tronco de una gran palma cruza el cauce, no se detiene a pensar, cruza corriendo sobre el puente flotante, llega hasta donde está el ave y baja como puede la pared de tierra, se deja caer sobre su panza para sujetar el guajolote que está en el agua, y así inicia la danza de la mano de un niño con un ave que revolotea evitando ser atrapada. Para su sorpresa el guajolote levanta el vuelo ante su rostro, mejor sea dicho, intenta volar ya que lo único que hace es cruzar nuevamente las aguas para llegar a la orilla en la que se encontraba antes. El niño no sabe ni cómo, pero sube la pared de tierra, cruza corriendo sobre la palma, y ahí está, frente al ave, se miran a los ojos, intenta atraparla, lo esquiva, una y otra vez lo esquiva. La persecución se torna intensa, de aquí para allá y después más allá el niño corre tras el ave, hasta que llega lo más cerca de ella posible, sin dudarlo se tira de panza sujetándola con fuerza, ahora es una lucha cuerpo a cuerpo; las grandes alas se agitan golpeando su rostro, picotea sus brazos y sus patas no dejan de moverse, pero el cazador no está dispuesto a perder la lucha y se acuesta sobre su presa apretándola con fuerza hasta que la quietud del oponente le hace ver que ha salido vencedor. Aun así no se mueve, se mantiene ahí, aprisionando en silencio su trofeo con plumas.

Ahora la tranquilidad ha regresado, pero no por mucho tiempo; un fuerte ruido entre la maleza llega de nuevo a él, recuerda el rifle que voló por los aires y que descansa en algún lugar cercano, lo busca con la mirada, lo encuentra a unos tres metros de él. Cuando el ruido se hace más fuerte corre hasta el arma y la empuña con fuerza. –No dispares, somos nosotros. ¿Estás bien?, Escuchamos un disparo y regresamos corriendo – se escucha la voz agitada de su padre. El niño sólo atina a señalar con el dedo índice al guajolote en el piso, los adultos sonreían, el padre acaricia el cabello despeinado del cazador. –Al menos no regresaremos con las manos vacías – dijo un amigo de su padre. –¿Oye, pues en dónde le pegaste? Éste pájaro no tiene ningún agujero. Quizá lo mataste del susto o por la aplastada – todos rieron, menos su padre. –No se rían. Ésta es la primera pieza de mi hijo, él la tumbó y no se diga más–. Todos quedaron conformes. Cortaron una vara delgada, amarraron el ave por las patas y la colgaron de un extremo –. Es tu pieza y tú te la llevas, hoy comeremos mole– le dijo su padre. Él aceptó con gusto.

El camino de regreso le pareció ahora demasiado corto. Los adultos reían ahora con más ahínco, y el pecho del niño ahora parecía más grande por el orgullo que había en él.

Llegaron a casa y así fue, comieron mole.

Gracias al niño que, en ese tiempo, era mi padre, en casa de mi abuelo, ese día, comieron mole.

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