EN LO QUE ABORDO UN AUTOBÚS   DIVAGO

 

 

                                       “ Hay días que se marcan en la piel como señal de propiedad, para cuando llegue la hora de reclamar silencio. Esos días, y no otra cosa, perseguimos sin darnos cuenta.”

Agité la mano en el aire un par de veces, con el dedo pulgar señalando el horizonte a mis espaldas. El autobús detuvo su avance apenas unos segundos después de que yo, parado en el acotamiento, con el ansia retratada en el semblante le pedía que me llevara. La puerta se abrió y me apresuré a subir los escalones; de inmediato, el recuerdo flotó  unos instantes  entre la mirada de los pasajeros y llegó a mí con su carga de olores y ruidos antiguos. Uno va por ahí a donde le lleven sus pasos, se detiene en algún lugar y crea la atmósfera que le conviene, se viste con ropajes extraños que a la gente parece gustarle y dice aquellas palabras que dulcifican oídos hasta el punto de hacer del lenguaje un cadalso y una hoguera; nos volvemos entonces dependientes del efecto que causa la palabra pronunciada y la manera de ser, equivocada o justa, es el artífice primario del animal que somos.

Todavía no he dicho que comenzaba a caer la tarde y el sol entraba por el sesgo de las ventanas. Entre los asientos, sobre el respaldo sucio de la mayoría, podía verse un resplandor parecido al aura de los santificados, es increíble la cantidad de imágenes que los rayos del astro amarillo pueden regalarnos. Mis ojos vacilaron todavía unos instantes más; una eternidad anduvo entre la puerta y la salida de emergencia, paseaba entre cortinajes abrumados de recuerdo y humo de cigarro, ese olor de viaje y añoranza de los que se quedan, de lágrimas contenidas por aquellos que no vendrán. Aromas que llevan años impregnados en paredes, en el maletero, en el piso que se veía gastado a pesar del material antiderrapante; los pasajeros me miraban, lo dije ya, como a un pájaro desvalido, de plumaje raquítico; que camina en vez de volar. Recuerdos me llegaron entonces, como se experimenta una regresión de días que permanecen ocultos, como la sinfonía que ignoramos desde los primeros acordes por el hecho de considerarla monótona.

Anduve unos instantes. Siglos. El pasillo se alargaba tal como ese tipo de recuerdo que desencadena tempestades. La distancia más larga es aquella que inflama nuestro pecho.  La lejanía más próxima es la que vemos ante nuestros ojos y nunca podemos alcanzar.

El asiento vacío me espera, con languidez de horas y oraciones ajenas. Hay conversaciones que llegan de todas partes, hay eternidades en el rostro de ancianos; tiempo que hace mucho fue destiempo y oraciones que perviven a través de la memoria y la vestidura raída de los pueblos.

Miro en la ventanilla las casas que se alejan, la represa casi llena tras días de lluvia, sinuosas veredas que recibieron amorosas mis pies de niño. Qué otra cosa sino eso habríamos de pensar mientras nombramos al amor. La tierra que nos habita desde siempre y a la que algún día volveremos. Los amigos que tuvimos, los que conseguiremos y los que, por suerte, nos encontraron cuando pendíamos del hilo siempre infame de la desolación. Qué es el amor sino tener estos recuerdos. Escribir esta letra que rezuma soledad.        Amor de la tierra y la sensación que atrapa con sus redes las horas que se vuelven abejorros y aturden la memoria hasta enredarla en nuestro pelo. Qué más podría ser este afán de mirar el paisaje cambiante, añorar la palabra y mirar las muchachas que andan por la calle en  busca de la vida.

Miro mis manos en el respaldo de enfrente, vacías entre yemas y muñeca; mis manos que no han sabido dar contigo, que tiemblan cuando una nota de música circula por los aires y que gozan cuando sostienen la pluma entre los dedos. Miro hasta el parabrisas el peralte la vía, curvas que me alejan del impulso suicida, suspiro que se vuelve meditación en mitad del bullicio. Miro al frente, a los lados, miro nada. Pienso nada. La gente desaparece la tierra desaparece y me suspendo en ese vuelo que practiqué de niño.

Ahora soy yo, con todos mis afectos desvirtuados. El camión se desliza y desaparece –del todo- vuelvo a mirar la gente que se ha ido, el eco ausente; el silencio que duerme su siesta dominguera. Mientras la hora espera y la eternidad me llama.


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