Epígrafe del pesimismo

 

Ausencio Martínez Lucio.

 

Darel fuma un cigarrillo.

Entre la humazón se respira el perfume de horas fermentadas,

el aroma lejano de días que rezumaron pubertad.

Mil sonidos emigran;

van y vuelven hasta siempre,

y dejan la resonancia de acordes y voces.

La canción lastimera.

El rock de los setentas.

Las notas de Mozart.

 

Sólo las sombras se mueven en silencio,

entre una y otra bocanada;

entre las manos

que amasan desesperación y dudas.

Los años en exilio fueron

desde el primer día

una dura prueba para lo manso de su persona,

muchas veces había tenido tardes como esa,

y había necesitado varias horas para reponerse.

Pasada la medianoche

podría decirse que las crisis eran superadas,

que la salvación estaba en acercarse al interruptor,

como quien va hacía la balsa

tras un naufragio que ha durado cien años.

 

Darel fuma.

Mira las vigas del techo.

Mira la lámpara,

el sitio donde está la lámpara,

adivina colgado el cordel para encenderla y

deja ir una tregua de humo

entre los pensamientos que no acaban de emerger.

Hay una cuerda

que sostiene la hora quieta del reloj.

Una cuerda que sujeta los zapatos al tobillo.

Y una hora cuerda

que ahora ya no existe del todo en su memoria.

En la habitación contigua

esperan unos libros,

un pijama blanco

y unos lentes para evadir la miopía.

La costumbre de leer es

como lo que sería para el alcohólico

la costumbre de beber,

se conoce la magnitud del daño

pero resulta una proeza

sustraerse al deleite

de pasear la vista por las letras

o paladear un dulce trago fermentado de uva.

 

Caos en los cristales

que añoran la luz de aquellas letras,

en la cubierta de aquel volumen

que se perdió por siglos

en algún lugar de cachemira,

en la mentira de papiros enterrados en Egipto.

Caos en los escritos del poeta libanés,

en las rimas de Bécquer

y en la memoria de los que fueran a la mar y

se quedaran en una isla azotada por ciclones.

Caos en las manos

que deshacen el nudo del silencio,

en los ojos que se llenan de sal

y de rutina.

 

 

Darel navega entre las olas de un océano inexplorado,

busca una soga para enlazar los sueños

y entre un continente y otro,

vacila el momento de pender.

Encuentra la viga.

No hay momento para lamentaciones,

basta creer que los nudos

harán la elegancia

en aquella noche sin fin y sin principio.

Nadie habrá de mirar el péndulo en la noche,

nadie citará salmos ni reproches

ni encontrará influjos de luna perdida

desde el cuartomenguante.

 

 

Darel llevará su cigarro en la mano,

verá la oscuridad adentrarse en sus ojos

y ensayará la migración final

hacia el exilio perfecto.

 

 

 

 

 

 


A %d blogueros les gusta esto:
comprar-ed.com