ES DE NOCHE

CARLOS ACOSTA..

Es de noche. Estamos, Miguel Ángel y yo, en una charla que paree no tener fin. Afuera los autos pasan como nubes que apenas murmuran augurios de lluvia. Más allá, imagino, la luna roja que en el horizonte, llora por una pareja de novios, que a esta hora, en una esquina, se declaran incompetentes en las lides del amor. Locas, las estrellas, tiritan alegres, sin ton ni son, por el simple hecho de que el sol emigró, por unas horas, a otras latitudes.

Es de noche. Mientras la conversación va naciendo, ambos esperamos al tercer amigo, Ausencio, que no tarda en llegar. En tanto, hablamos de cosas tan simples como pueden ser un libro, un país, la lluvia, los amaneceres. A la vez, que digo en voz alta lo que pienso, sé muy bien que soy escuchado. No hay palabras especiales: todas lo son. No medias tintas ni apariencias. Reímos sin recato, nos ponemos serios, rumiamos desengaños. Somos amigos.

Una hora después llega el tercero del trío. Ausencio pregunta si no es demasiado tarde. No lo es. Se sienta en la otra silla y entonces sí, ya el círculo ha quedado casi completo. Casi, porque en Colectivo3 somos cuatro. Más de una vez hemos coincidido la alineación completa, incluida Loida, claro. Por esta vez somos tres.

El recién llegado trae un nuevo libro de poemas escrito por él. Lo muestra con cierta reserva. Él siempre ha pasado por la vida sin hacer mucho ruido, a veces sin hacer ruido. Recibimos el libro. Lo hojeamos y lo ojeamos. Pasamos los ojos, posamos los ojos, en versos al azar. Cuatro, cinco minutos, ¿un año?, quedamos en silencio. Luego decimos: este sí que es un suceso. Él también está feliz, aunque lo disimula muy bien.

Es para escribirse – y por eso lo hago aquí: tres hombres cuyas edades fluctúan entre los cuarenta y los sesenta años, se reúnen para celebrar un libro de poemas, que uno de ellos tuvo a bien escribir, y a disfrutar la primicia de la edición. Cada uno tiene múltiples ocupaciones, muchas, son hombres del siglo veintiuno, léase esclavos del tiempo. Pero quizás ninguna otra ocupación, como esta de las letras y el poema, les haga llegar a su espíritu y luego reflejarla en sus ojos, una emoción tan apacible como la que ahora comparten.

Es de noche. Ahora estamos los tres en una charla que parece no tener fin. Afuera los pájaros duermen en las ramas del laurel de la calle Laureles. Más allá, imagino la oscuridad aterida apenas por luminarias amarillas cada media cuadra y una gaza de niebla, muy propia del otoño, a ras de tierra. Imprudentes, las ideas, libres en el aire, vienen y entran por la ventana, se escabullen por las rendijas, se nos pegan en los labios en la lengua y brotan en la charla como si fueran nuestras.

Las ideas no tienen dueño. Andan en el aire. Solas.

Leemos poemas en voz alta. Dos de nosotros, porque el autor prefiere escucharnos. Y no es que sea un placer en el sólo hecho de leer, que por cierto ya es bastante, sino que además queremos y creemos ver en las letras de nuestro amigo, un relato fantástico, crudo, reflexivo, de lo que este entorno, cercano y lejano, nos dice con sólo mostrar lo que sucede en el diario devenir.

Sabemos, imaginamos, que en este momento, hay, en otros lugares, cercanos o alejados, otros grupos de hombres conversando de temas diferentes al nuestro: unos, calculan las ganancias económicas de su empresa para el año entrante; otros, hablan sobre los puestos políticos que conservarán o habrán de conseguir en los próximos meses; no faltan los que celebran, entre licor en abundancia, que uno de sus amigos se arrepintió de contraer matrimonio, o aquellos que discuten cuál auto nuevo comprar el próximo año. También los hay, si no somos ciegos para no ver la evidencia, quienes se reúnen para organizar la próxima protesta ciudadana en la capital de un país al borde del abismo.

Es interminable de contar lo que infinidad de grupos de amigos o amigas, o amigos y amigas, ahora mismo, en un café, en la esquina de un cruce de calles, en una casa de pueblo, conversan.

Avanzó la noche. Se despiden los amigos. Éstos, los que me visitan cada dos o tres semanas. Imagino el regreso a respectivos hogares, lento; las llantas del auto apenas a vuelta de rueda en el asfalto. Y ellos, quiero creer, reflexivos, mirando, árboles, semáforos, gente que pasa deprisa, la calle repleta de autos, el oscuro cielo.

Y yo. Aquí. Escribiendo.

 


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