FORT DAVIS

 

 

Alicia Caballero Galindo

 

El viento corría con fuerza sacudiendo mi cabello y haciendo volar la bufanda de seda que llevaba en mi cuello. En otro momento, Robert hubiera sonreído al verme y me diría algo gracioso.  Estoy de pie en medio de la calle vacía de este pueblo olvidado, Fort Davis; cómo no recordarlo si fue uno de los lugares que visitamos hace algunos años. Era el último punto que tocaríamos en nuestro viaje de bodas y después de esa visita, iríamos a  nuestra casa a sólo unas horas de ese lugar, cerca de la frontera con México. Todavía recuerdo sus ojos verdes que por momentos, en el sol despedían destellos dorados, su cara varonil y su atlética figura; tenía poco tiempo de haberse retirado con honores de la fuerza aérea; fue  alcanzado por una granada produciéndole una grave herida en la pierna izquierda.  Aunque quedó muy bien después de muchas cirugías, tenía cierta dificultad para caminar; cojeaba ligeramente y de vez en cuando sufría de fuertes dolores. Lo licenciaron quedando como reserva. Mientras contemplaba el ríspido paisaje sacudido por el viento, una lágrima resbaló por mi rostro.

Mientras contemplaba en silencio el chofer de la camioneta del hotel, que fue quien me trajo, se mostraba inquieto; vio mi clara intención de caminar por la única calle de aquel pueblo fantasma y a pesar de ser las diez de la mañana, el hombre se miraba temeroso, lo asustaba aquel lugar, relataba que en 2010 un incendio misterioso destruyó gran parte del pueblo. Ese lugar fue fundado  por orden del Ministro de Guerra Jefferson Davis, en 1854. No lejos de una pequeña colonia, conocida bajo el nombre de Chihuahua, que entonces existía. El fuerte se construyó sobre el lugar de emplazamiento de un antiguo pueblo indio, los europeos lo nombraron  “Painted Comanche Camp”. El fuerte fue abandonado en 1891 sin una razón aparente; algunos mencionan que el pueblo indio, maldijo el lugar y corren peligro sobre todo, aquellos que han servido a la milicia de alguna forma, porque los soldados, exterminaron al pueblo nativo del lugar.

Por mucho tiempo estuvo abandonado hasta que fue declarado patrimonio histórico y se rehabilitó para ambientar la vida de aquellos tiempos, pero a decir de la gente, siempre pasaban cosas raras. A pocos kilómetros había un nuevo hotel que fue donde me hospedé apenas ayer con la intención de recordar… aquel día. Debo superarlo; cuando visitamos el pueblo y veíamos el paisaje árido y ventoso, desde una de las edificaciones de dos plantas, algo empujó a Robert al vacío y como tenía dificultad al caminar, cayó hasta el piso rocoso desnucándose al instante; nada pude hacer, cuando bajé corriendo aquella escalera de adobe irregular por el tiempo, solo me encontré con su cuerpo boca arriba con una pierna doblada y esos ojos que tanto amaba y llevo clavados en mi alma, abiertos, tranquilos, como buscando respuestas en el infinito azul del cielo. Me parecía increíble que hubiera superado los peligros de la guerra y haya caído aquí de manera tan extraña En esa ocasión, igual que hoy, no había turistas; sólo me acompañaba el viento y las esferas de arbustos secos rodando por la calle solitaria.  Llamé a emergencias y tardaron cerca de quince minutos en llegar, solo me acompañaba mi dolor. Las  aves de rapiña que parecen oler la muerte y empezaron a llegar silenciosamente para pararse en lo más alto de los muros sin techo…fueron los momentos más difíciles de mi vida que me persiguen desde entonces, por eso, hoy he decidido volver al mismo lugar donde cayó Robert. La vida me ha enseñado que debemos enfrentar a nuestros fantasmas para vencerlos y seguir adelante.

Me sacó de mi introspección la voz del chofer del hotel:

-Debemos irnos señorita, este lugar está maldito, ocurren cosas extrañas-

Con una sonrisa triste le respondí:

-Lo sé, lo he experimentado en carne propia, pero debo ir hasta, ¡bueno!, hasta el lugar donde me ocurrió algo que llevo a cuestas desde hace años.

El hombre desconcertado, solo acertó a sonreírme y al ver que me internaba en el pueblo abandonado, entró al vehículo, encendió la radio y murmuró,

– Yo aquí la espero, por favor, cuídese y no tarde mucho-

Entró al transporte y colocó los seguros a sus puertas, yo suspiré y me dirigí al lugar donde había muerto Robert, debía enfrentar mis miedos y tratar de superarlos. Con paso inseguro empecé a dirigirme al lugar del accidente, a medida que me acercaba, mi corazón se aceleraba, pero avancé cada vez con mayor seguridad. ¡Ahí estaba! Sobre un montículo rocoso se alzaba lo que fue una casa de dos plantas; aun tenía la escalera y veía la ventana sin marco desde donde cayó Robert; con paso vacilante, venciendo a mis propias emociones, subí primero el montículo rocoso y después, uno a uno aquellos peldaños de adobe. Lo hice con miedo y precaución, mirando al suelo y luchando con mis emociones. Cuando estuve en el preciso lugar donde cayó, me detuve de la pared porque se me doblaban las piernas y empecé a llorar sin freno…me senté un momento en un adobe caído.

El momento pareció congelarse y no supe cuánto estuve así, acompañada solamente por el viento que soplaba y las cigarras con su ensordecedora y monótona voz. Y unos negros nubarrones oscurecieron el cielo tapando al sol en forma intermitente porque el viento era fuerte.

No sé si fue sueño, sugestión o…verdad, pero vi a Robert asomando tras uno de los muros de esa casa abandonada, me levanté de prisa sin penarlo y llegué a la puerta, no había nadie, pero encontré un sobre amarillento atado a la vieja madera del marco con aquella cinta que él llevaba en su cuello donde colgaba sus placas militares de identificación y nunca se quitaba. El viento hacía tintinear las pequeñas láminas grabadas con su nombre y sus datos. Temblando de emoción, pero con mucho cuidado, rescaté la cinta con sus placas y aquel papel donde distinguí de inmediato su letra, lo desdoblé y empecé a leer entre lágrimas:

“Querida Susan”

“Estoy contigo siempre; vive y ama”

¡Era todo! Me quedé paralizada por el impacto. Sequé mis lágrimas y bajé con cuidado por los escalones, las nubes, habían formado una delgada capa uniforme  que indicaban pronta lluvia, apuré el paso para para llegar hasta el vehículo que me esperaba. De una de las casas abandonadas salió un hombre, también militar, me miró con simpatía y me dijo:

-Parece que me dejaron plantado; un amigo me trajo hasta aquí porque me vería con…¡bueno! Ya no importa; ahora debo regresar.  Lo  bueno es que veo un transporte  del hotel, no tendré que esperar.

Me pareció extraña y divertida la situación y esos ojos enigmáticos color miel me agradaron…

Ambos subieron al transporte mientras entablaban una amena plática; compartiendo sus soledades.

Empezó a caer una lluvia mansa y bienhechora que fue como un bálsamo para las almas.

Síguenos y regalanos un LIKE:

Te recomendamos....

Leave a Comment