GRACIAS ALBERTO

MIGUEL ÁNGEL VILLALOBOS GÓMEZ

Esta vez, por una sola y única vez, les contaré algo que nunca sucedió.

Una noche desperté, no recuerdo la fecha, debido a mi mala memoria y a que sucedió hace casi medio siglo, solo puedo decir que eran los últimos de los años sesenta del siglo pasado. Una noche desperté, decía, y me encontré en el piso de tierra de una casa de lámina de cartón negro y de apariencia aceitosa, sobre un cartón de una caja despedazada y una colcha con olor a guardado. Me asomé al mundo y descubrí la casita en la que me acosté la noche anterior a casi unos treinta metros de ahí, recordé el trajín de la noche anterior, la precipitada caminata y traslado de las pocas cosas que teníamos, la construcción, si así se le puede llamar, a los martillazos a diestra y siniestra que propinaban los adultos a la madera que sería el “esqueleto” de nuestra nueva residencia. Miré el que sería nuestro patio, en ese entonces me pareció grandísimo, al fondo habría una montaña de escombros que alguien llevaría a tirar y que serían para relleno del solar y a la que subiría un tiempo después a ventilar mis tristezas, ahí, a un lado de ella, habría también un platanar que me escondería de la gente que pasaba.

Un sueño me acompañó durante toda mi infancia: sembrar un árbol con mi madre y quitarme la vida. El árbol lo sembré con mi padre, o más bien, sembramos la semilla que dio vida a un pequeño árbol de guayabo que, cuando creció, me parecía enorme y cautivador. En una de sus ramas, algunas veces, amarré la cuerda que sostendría mi cuello, solo la amarré, nunca sostuvo mi cuello.

A inicio de los años setentas, del siglo pasado, escuché una canción de la que nació el sueño. Una fiebre por sembrar árboles era desatada por el gobierno de Echeverría mediante una fiera campaña publicitaria, entonces no sabía ni me imaginaba, lo terrible que había sucedido durante su mandato. En alguna parte tuve oportunidad de leer la letra completa de esa canción y, en ella, nació ese sueño de lo que sucedería con mi vida. Solo una parte sucedió, y un poco diferente.

Ese arbolito no lo plantamos mi madre y yo, fue con mi padre. No fue “en el límite del patio donde termina la casa”, fue un poco más acá del límite y la casa ni siquiera era casa. Tenía menos años que cinco, no era una rama, era unas semillas que mi padre sacó de un envoltorio de periódico, no recuerdo la estación, no hubo abono ni barrera, pasó mi infancia, pero la escasa sombra que dio alguna vez solo existe en el recuerdo. La adolescencia fue una de las épocas más terribles de mi vida, nunca perdí la inocencia, para algunas cosas, y el tiempo de estudios fue escaso cuando salí de casa, más bien fue tiempo de locura y sí, me ganó la ausencia. Diría “que cosas tiene la vida…”.

Mi infancia fue muy entrañable, a pesar de mi tristeza, de la pobreza y de algunos otros sinsabores, fue muy divertida. Nunca, nadie, me hará olvidar lo que mi barrio y mi familia me dieron.

Hace unos días escuché la noticia, el poeta más querido de mi infancia, el que despertara el sueño, lo ha dejado en la orfandad.

Después de “Mi Árbol y Yo” escuché muchas más canciones de él, le siguió Serrát, él abrió también la puerta para Silvio, Pablo, Atahualpa, Nacha Guevara, Violeta Parra, Mercedes Sosa y muchos otros cuyos nombres se me escapan y que contribuyeron para mejores tiempos. En buena medida, él contribuyó para mi salvación y para mi pensamiento. Él me arrastró, con sus letras, hacia ese sueño, al sendero de la poesía y con éste, al camino de la vida.

En donde estés, Alberto, quiero agradecerte por todo lo que me hiciste soñar, por llevarme de tu letra muchos años y por traerme a este camino. Quiero decirte que tu infancia y tu vida con ese árbol fue mi sueño alguna vez, cuando, en mis días más oscuros me diste una luz que seguir. Y quiero decirte que, aunque no fue realidad el sueño que soñé, si dio frutos, y que sigue vivo, conmigo clavado a su costado. Gracias Alberto, por todo, gracias.

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