La comida silenciosa

 

Adriana Altamirano

 

Mediodía lleno de vida en el centro de Florencia, las calles como siempre atiborradas de turistas, en el mercado de San Lorenzo los puestos con sus mercancías invaden las calles y el camino de pasaje de los peatones. Las voces de los extranjeros se confunden con aquellas de algunos florentinos que todavía venden sus artículos y con voces altas nos invitan a comprar alguna prenda. Después de una mañana de trabajo en solitario gozo de este baño de confusión, camino sin prisas, un poco cansada y en mi recorrido mis ojos tropiezan con el anuncio de un restaurant chino: PEKING, y sin pensarlo dos veces, entro, cierro la puerta y estoy, verdaderamente, en otro mundo. Está todo en penumbra, al fondo hay mesas con grupos de turistas chinos, los meseros y todo el personal del restaurant son orientales, hay también algunas parejas y a la derecha de mi mesa está un hombre solo, de piel oscura que me parece pakistaní. Me siento y doy la espalda a la puerta de entrada y observo todo en silencio.

Todas las personas son orientales, yo las veo como figuras ligeramente esfumadas, la única que resplandece nítidamente es una joven de una belleza extraordinaria, parece una “Modigliani oriental”, su piel blanquísima y sus brillantes cabellos negros lacios. Me maravillo al ver la manera tan delicada que tiene ésta mujer al comer y usar los palitos de madera, enrolla los espaguetis de soya y forma un perfecto ovillo y sin que uno se dé cuenta, como magia desaparecen en su boca roja, sólo un hilo queda fuera colgado y ella lo aspira en un modo noble, su figura siempre recta no pierde compostura, es como si los alimentos se acercaran a ella para nutrirla.

Yo disfruto mi platillo y a mi manera con tenedor quedo satisfecha de mi comida silenciosa, salgo del restaurant al bullicio y regreso a casa en bicicleta.

 

 

 

 

El baño de invierno

 

Un cuerpo menudo

aterido

liviano

bajo un chorro de agua caliente

envuelto en el beso de Klimt.

 

El agua caliente es lluvia dorada

el cuerpo queda inmóvil

la cabeza

cae

lenta

reclinada en el hombro

deja correr la caricia de agua

en el rostro

en el pecho

baja al ombligo

en ese instante se puede morir

morir en el placer


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