LA HABITACIÓN DE MI MADRE

 

Alicia Caballero Galindo

 

Despierto entre la noche de un profundo sueño; veo el reloj, son las tres y quince de la madrugada. Con la luz de la mesa de noche, alcanzo a ver entre las sombras mi vaso con agua, me siento en el borde de la cama para beber unos cuantos sorbos porque tengo la boca seca. Trato de volver a dormirme, este día no hay despertador porque es sábado, el pensamiento me relaja y dibujo una sonrisa de satisfacción en mi rostro. Permanezco unos instantes en silencio; en el ambiente se percibe el aire enrarecido, no sopla el viento, los grillos están en silencio sólo se escucha el aleteo casi imperceptible de las lechuzas en su nocturna cacería y el canto de los sapos saliendo de sus escondites. Por la tarde empecé a sentir punzadas en una rodilla lastimada ¡seguro que viene un norte! Ya es tiempo. Antes de meterme debajo de mis cobijas para continuar durmiendo, empieza a soplar el viento hasta parece que a mi invocación hizo presencia. Tal como lo esperaba, en ese momento recordé la expresión de mi abuela y de mi madre cuando decían: “no tarda en llover o venirse el norte; lo siento en los huesos” …

Martín, mi marido, dormía a pierna suelta, no se dio cuenta de las primeras ráfagas de viento, es claro que el aire caliente y enrarecido se eleva provocando un vacío que lo llena el viento frío, es un fenómeno típico en nuestra tierra. Yo me quedo como hipnotizada escuchándolo colarse por todas las hendiduras que entra; azotando ventanas, tumbando cosas mal puestas en el patio, abriendo y cerrando ventanas que no estuvieran aseguradas y haciendo rodar las cubetas de lámina galvanizada donde se enjuaga el trapeador. Me recordó los tiempos de mi infancia, cuando quedaban los grandes baños donde se lavaba la ropa, colgados en la pared y el viento otoñal los hacían caer y rodar sin control por el patio… También recuerdo las “carreras” de mamá al patio para bajar la ropa limpia del tendedero antes que el aire se la lleve, la desgarre o la ensucie de polvo. Por un momento me quedé recordando mi niñez y mi vida, mecida por el viento. La casa parecía respirar, crujir, como si tuviera vida propia, el ulular del viento hacía parecer que los recuerdos en aquellas paredes, despertaran. Voces ocultas en el tiempo y otras vidas. Esta casa donde yo nací está llena de historias y gratos recuerdos, nostalgias y esperanzas, por eso, no temo caminar sin luz entre sus cuartos.

Esta noche me siento abrumada; mi madre tiene unas semanas de haber fallecido repentinamente; una mañana, no despertó; murió de un infarto fulminante mientras dormía y no tuvo tiempo de nada. Para mi fue un golpe duro porque éramos muy unidas, desde que murió mi padre. Ella conocía mi vida y mis pensamientos como un libro abierto. Para ella, morir así fue lo mejor porque tal vez no sintió que moría, pero para mí fue un golpe terrible, no me acostumbro a su ausencia.

Entre recuerdos y preocupaciones, se me espantó el sueño. Finalmente, mi madre sabía que la amaba entrañablemente, era mi amiga, consejera sabia y confidente, nunca tuvimos diferencias que nos separaran. Me obsesionaba pensar que no la abracé por última vez y no le dije el último “te quiero”. Una lágrima rebelde resbala por mi rostro sin poderlo evitar. Ante el insomnio, decidí cerrar las ventanas y postigos abiertos para evitar el ruido y la entrada de tanto polvo; la falta de lluvia provocaba ese problema por la sequedad de la tierra. Antes de acostarme de nuevo me prepararé una taza de té para conciliar el sueño.

La recámara de mi madre está a lado de la mía, así como ella la dejó, su sillón en la ventana, su tejido inconcluso sobre el tocador… Desde el día en que murió, no he movido nada de su lugar. Tengo que entrar a cerrar ventanas, aún está ahí, su perfume a pesar del tiempo. Cuando entro a sus aposentos me invade una mezcla de nostalgia y añoranza…

Camino descalza para no hacer ruido, Martín tiene el sueño ligero y no quiero despertarlo. Me dirijo a la ventana de esta habitación vacía y por unos minutos siento el viento frío acariciando mi rostro y sacudiendo mi cabellera suelta que flota y me hace cosquillas en el rostro, se empieza a percibir un olor a humedad, preludio de la lluvia y el tiempo frío que se aproxima. No supe cuánto tiempo estuve suspendida entre el viento, la penumbra y mis recuerdos añorando a mi madre con los ojos cerrados sintiendo el viento y la música que produce al sacudir las hojas de los árboles que empezaban a caer, danzaban por última vez para formar parte en unos segundos de la alfombra otoñal. La sensación es grata, me tranquiliza. De nuevo el sueño acudía a mis ojos. Algo golpeó mi mano suavemente, una piedrecilla tal vez, pensé.

Al cerrar la ventana, noté que tropezaba con algo, prendí un foco para ver y me quedé sorprendida; era el anillo de bodas de mamá que nunca se quitaba y se lo llevó puesto en su último viaje.

Dibujé una sonrisa mientras cerraba la ventana, coloqué el anillo en mi dedo lo acaricié y sentí su perfume más intenso. Ella estará conmigo siempre. Regresé a mi lecho y dormí tranquilamente. Donde esté, sé que ella está conmigo porque soy parte de su esencia

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