LA HIJA DEL POETA

KARLA ACOSTA

 

 

Cando desperté, la mañana apenas se colaba por debajo de la cortina. No había terminado de abrir los ojos, cuando casi de la misma manera que la luz, llegó a mí un pensamiento que no era como el resto; los demás enumeraban mis pendientes: que ya era tiempo para despertar, que no olvidara las llaves como el día anterior y que llevar el desayuno desde casa siempre era una buena idea.

En un cuaderno de espiral verde y hojas teñidas de tiempo una imagen en pluma azul contrastaba. Este recuerdo, inadvertido por quién sabe cuántos años, mostraba rayones claros y fuertes, manchas de tinta, trazados con bolígrafo. Era un dibujo de una casa, o mejor dicho, unas líneas que imitaban a un plano arquitectónico poco técnico, por cierto, pero que en definitiva servía al fin de plasmar una idea. En él se leían palabras como “recámara” (varias veces), “estudio”, “chimenea”, alberca”, dando sentido al boceto, en caso de que alguien mirara el croquis y no viera más que círculos y rectángulos como figuras geométricas dibujadas.

Esta imagen mental me hizo recordar el día que, con curiosidad, encontré este dibujo. Mi mamá, una persona empeñada en no olvidar alguna cosa, dejaba recados por toda la casa, costumbre que la hacía acreedora a una gran colección de libretas de vida infinita y de todos tamaños. El cuaderno de espiral verde, en el momento que lo encontré lucía como si hubiera dado la vuelta al mundo (quizás no al mundo, pero al país seguro que sí). Conservaba la pasta de cartón, pero ésta, de tanto doblez ya no era portada, igualmente el cuaderno seguía siendo útil para los fines prácticos de las notas “cerrar la puerta” o “fui a la tienda” que mi madre insistía en colocar bajo el título de “ojo” al centro de la mesa del comedor.

A los seis años, ya mi espíritu curioso me hacía revisar todos los cajones y vitrinas a mi sigiloso alcance; aún ahora, más de dos décadas después, no he podido dejar el hábito de echar un vistazo abriendo puertas de todos tamaños en cuanto vuelvo a casa de mis padres. Así, cuando era niña, encontré el cuaderno de espiral verde. En aquel momento vivíamos en el 818 de la calle Río Lerma.

Portarretrato a portarretrato, la primera casa de nuestra familia se convirtió en un hogar. Fue ahí donde mi hermano y yo crecimos. Incluso, muchos años después, fue la casa que recibió la sorpresa más grande que habríamos de tener: la llegada de mi hermana pequeña. Nos volvimos parte de la vida de la cuadra que en general consistía en hacer corajes con los perros de los vecinos y ahuyentar silencio con acordes de guitarra, piano y batería.

Mi mamá fue quien me contó que el dibujo de la casa nació un día, cuando aun de novios, mis padres soñaban con formar una familia. La letra de mi papá siempre me ha sido fácil de identificar por su caligrafía moderna y legible, que contradice a su profesión de médico. Así que no hubo necesidad de aclarar que aquellos trazos provenían de él.

La casa, que en un principio tenía solo dos cuartos, terminó con tres, una chimenea y un estudio, entre otras ampliaciones. Lo que inició como una vivienda pequeña, se convirtió en un ambicioso proyecto tres veces más grande gracias al trabajo duro de mis padres y su interminable paciencia de tener albañiles, plomeros, electricistas, en continua convivencia familiar.

Fue difícil decirle adiós al lugar donde crecimos, pero a mediados del año dos mil nos mudamos a una casa más grande, donde la nostalgia se reemplazó por la novedad. Esta casa es más bonita desde el punto de vista de la decoración, mucho gracias a que poco hicimos con nuestras propias manos; nos ha protegido desde entonces y ha sido nuestro hogar también. Se volvió más vacía cuando los hijos fuimos emprendiendo nuestros caminos, pero no cabe ni un alfiler cuando los nietos y la abuela paterna llegan por el fin de semana.

Eventualmente, entre tantos años, supongo que el cuaderno de espiral verde se quedó en el camino, pero el sueño de una casa como la que vislumbraron mis papás cuando jóvenes sigue vigente. Además de las recámaras, la chimenea y el estudio, ahora nuestra casa tiene cualidades que ni siquiera habríamos soñado. Lo único que tienen en común las dos casas que han sido propiedad de nuestra familia es que han tenido todos los elementos que mis padres visualizaron aquella vez, bic en mano. Y ambas carecen de uno en particular: la alberca.

A decir verdad, nunca eché en falta una alberca en casa (bueno, una vez: cuando encontré el plano del cuaderno de espiral verde). La vida trascurrió para todos de manera natural entre idas al trabajo, tareas, abrazos, canciones, regaños e incontables alegrías. Las prioridades de mis papás cambiaron y el concepto de la alberca se trasformó por una oficina desde la cual se pudiera trabajar sin salir de casa, o en un jardín que alberga ahora, entre otros, mi sauce, un huerto de tomates, un viñedo, un mango niño, una flor del desierto, un manzano y un árbol de limones.

La verdad es que quisiera tener una casa como la de mis padres, pero, sobre todo, la ilusión de hacer planos de casas imaginarias.

 

UNA CASA CON ALBERCA

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