LA PRIMERA CASA

 

 

 

 

Vosotros, a quienes no pude salvar, escuchadme.

Intentad entender estas simples palabras

ya que de otras me avergonzaría.

 

Czeslaw Milosz

 

La primera casa que compramos estaba en una de las últimas calles, del último barrio, de la ciudad a la que recién, hacía apenas dos años, habíamos llegado como una tribu que vuelve al manantial. Yo, en especial, me quería comer, no solo la casa, sino la ciudad, el país, el mundo. Hablo aquí de la familia nuclear, que en aquella época estaba conformada por mi mujer y yo, el hijo mayor y dos niñas entre las que hay poco más de diez años de diferencia y que ahora, con el paso del tiempo, parecen gemelas. Aquella primera casa, la pagamos en abonos, luego de un préstamo y después de haber dado un tanto por ciento de su precio para poder habitarla.

Estaba –está– situada a distancia mínima de casa de mis padres, apenas a una cuadra. Al respecto, nunca mentí: desde que éramos novios, Esperanza supo que yo quería volver a mis raíces. Así que, quizás por el hecho de oírlo tantas veces, terminó viéndolo como un destino. De manera que el día en que dije volveremos, ella fue la primera que empezó a hacer maletas.

Para entonces, ya nos habíamos convertido en expertos en mudanzas. No sólo nos cambiábamos de casa, sino también de ciudad. Habíamos vivido en un pueblo de nombre Escárcega, al sureste del país. De ahí nos fuimos a Mérida. Luego volvimos unos meses a Campeche. Tres años en la ciudad de México. Y después caímos en la muy norteña Monterrey. Anduvimos, como se suele decir, del tingo al tango, dependiendo de a dónde me correspondiera ir para continuar mis estudios de postgrado. Entonces, debí reconocerlo, mi familia nuclear, tenía reminiscencias de lo que tanto les contara a cerca de mi niñez, cuando con mis padres y hermanos recorrimos de casa en casa de renta, de punta a punta y de un extremo a otro, toda la ciudad capital del estado en apenas cinco años, y de donde nos vino aquella frase que siempre hemos llevado con alegría y desparpajo: nosotros nacimos para decir adiós.

Ahora se trataba de mi mujer y nuestros hijos. Habíamos llegado rentando un departamento en el centro de la ciudad. El trabajo empezaba a llegar, primero a cuenta gotas, luego como llovizna y algún día quizás sería lluvia. Digamos que los primeros frutos del huerto del ejercicio profesional empezaron a madurar en nuestras manos. Y ya nosotros, de alguna manera lo empezamos a saborear, aunque a decir verdad, en aquellos días no éramos conscientes de ello. Con el paso del tiempo supe que si razonas, observas, presumes, e incluso si bendices, un momento feliz, en ese mismo instante, se disuelve, se va, o si no se va del todo, pierde su naturalidad. De modo que la felicidad sin adjetivos –la nuestra de entonces– es aquella cuando eres feliz y no te da tiempo para penarlo.

Siendo mi mujer una persona afecta al ahorro y a los buenos manejos de la economía familiar, en dos años decidimos echarnos la deuda. Era un dineral lo que costaba. No recuerdo la cantidad pero era un dineral. Para cualquier persona que conociera el monto de la cifra –incluso ahora– le parecería accesible. Para mí, no. Cifras como ésta, nunca, ni siquiera en mis fantasías alucinatorias al máximo, pensé que un día pudiera pagar aunque fuera, como fue, en pagos mensuales. No es pecado ni me avergüenza escribir que por la niñez, mis hermanos y yo, pasamos con estrecheces económicas tan serias que no pocas veces nos hicieron fajarnos los pantalones con la muy natural costumbre en casa de que todos, incluso los hijos, trabajábamos.

Pero nunca pensé que podría comprar una casa. Quizás construirla. Con muchos, muchos años de trabajo, con siglos de esfuerzo. Ladrillo a ladrillo, sueño a sueño, pero construirla. Nunca comprarla. No cabía en mi mente esa idea loca. Y no obstante sucedió. Cuando después de dos o tres años, logramos saldar la deuda, por fin pude dormir las cuatro horas que en ese tiempo había extraviado entre las guardias en el hospital y los insomnios ambiguos. Luego vino la etapa que dedicamos a ampliarla un poco y a remodelarla, pero eso es motivo de otro texto que algún día escribiré.

Cuando nos hicieron la oferta, inalcanzable en apariencia, mi mujer y yo nos desvelamos conversando hasta el amanecer de un domingo. ¿Nos animaríamos o no? ¿Podríamos? Pero rondábamos los treinta. Y como bien se sabe, en esas edades todavía queda mucho de arrojo y de irresponsabilidad –buena mixtura– lo cual nos permitió embarcarnos en la difícil empresa que significaba comprar la primera casa.

En especial para mí, que crecí con la consciencia de que lo más natural era andar cambiándose de barrio en barrio, de ciudad en ciudad, como quien se cambia de camisa. Era poco menos que imposible la idea de ya no irse de algún lugar, de estar ahí para siempre, de nunca más decir adiós. Si lo que había hecho toda la vida era pronunciar esa bendita palabra de cinco letras que ya formaba parte de nuestro ADN y que aún hasta el día de hoy me parece indeleble.

Por primera vez pensé, aquí para siempre. Pasó por mi mente el poema del sabio tlatoani: Nada es para siempre en la tierra: Sólo un poco aquí. Pero ya vivíamos en nuestra casa. No me lo podía creer. Era nuestra. Nuestra. Árbol ciudad con una rama para nuestro nido. Para siempre aquí. Y no obstante, una década después, volvimos a la añeja frase de cinco palabras y que termina, a su vez, con la bendita palabra de cinco letras:

 

Síguenos y regalanos un LIKE:

Te recomendamos....

Dejar un Comentario