LIBRE

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ARTURO GUERRERO CAMERO

 

Es un tipo como tantos que camina en la plaza de mi ciudad, andar lento y mirada inquieta. Su estatura pasa por muy poco el metro y medio, figura pesada que pareciera tener acumulada en sí una vida de trabajo y penas. De pronto se sienta a mi lado en esa banca de la cual yo me había adueñado. ¿Acaso no se da cuenta que en ese momento lo único que necesito es estar ahí, solo, y tratar de escapar del mundo que me rodea?  No, la verdad es que no se da cuenta de nada, mueve los pies de forma tan rápida que no entiendo cómo le ha hecho para liberarlos de sus desgastados zapatos color café, entrelaza las manos en la parte trasera de su cabeza y el tiempo de estirar sus piernas deja escapar un gran bostezo.  Mi ánimo no es nada bueno en ese momento y decido marchar de ese lugar, cierro el libro que minutos antes servía como refugio ante los afanes diarios. ¿Estabas leyendo? Pregunta con un tono curioso pero a la vez con una sonrisa dibujada en sus labios. Sí; contesto en voz baja al momento de guardar mi libro en la mochila. ¿En verdad crees que las letras te pueden ayudar a ser libre? Pregunta con un tono tan serio que en ese momento se adueña de mi atención. Veo como de la bolsa de su camisa saca una servilleta de papel, la extiende, y en ella tiene envuelto un puñado de arroz, hace un chasquido con su lengua para llamar a los pichones que revolotean en la plaza, y les arroja el arroz. Termina de alimentar a las aves, me mira de forma amable y con una sonrisa en sus labios me pregunta… ¿Las letras te pueden ayudar a ser libre? La verdad es que no sé si por instinto, por convicción o porqué carajos, pero respondo con un rotundo… ¡sí! Me mira como un maestro a su alumno, y con tono suave pregunta… ¿Por qué piensas eso? A grandes rasgos le cuento que tengo quizá un poco más de un año y medio que decidí sumergirme en el mundo de las letras, trato de explicarle qué es lo que siento al momento de escribir, él me escucha con atención, sin interrumpir. De pronto se pone de pie y pregunta… ¿Quieres una raspa? Agradezco el detalle pero le digo que no, lo veo caminar descalzo hasta el lugar que se encontraba el raspero a un lado del kiosco a unos diez metros de nosotros. Cuando regresa a mi lado lleva una raspa para mí. Tenía treinta pesos en mi bolsa y alcanzaba para refrescarnos los dos, ésta es la tuya;  me regala un raspado de tamarindo. Se sienta nuevamente a mi lado. Perdóname por la interrupción, ¿qué me decías? Retomo el tema, hablo y hablo de mi sentir desde el momento en que decidí adentrarme en el mundo de las letras. Mientras hablo veo cómo coloca sus pies en los desgastados zapatos y los va anudando con suavidad. Ha de ser muy bonito poder leer y escribir, dice de pronto. ¿Cómo? ¿No sabe leer? No, nunca fui a la escuela, después intenté aprender, pero las letras no son lo mío. No sé qué decir. Se pone de pie, extiende su mano derecha para saludarme. Cuando estrecho su mano veo esos pequeños ojos mirarme fijamente al tiempo de decir. Vive libre, escribe libre. Le regalo una sonrisa y lo veo marchar comiendo su raspado. Yo quedo ahí, sentado en una vieja banca intentando comprender lo que acaba de suceder. He compartido banca espacio, tiempo e ideas con un perfecto desconocido, el cual me ha enseñado a compartir de lo poco que tenía, y que solamente me ha dejado mensaje: vive libre, escribe libre. Así sea.

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