LOS AMIGOS QUE SIEMPRE QUISE TENER

 

¡Tenemos la voz!, decimos, casi a grito, al unísono, las cuatro voces. Somos tres hombres y una mujer que, frente a un público expectante, empezamos a leer poemas. La tarde anuncia una noche fría. El invierno apenas va a medio camino, estará entre nosotros todavía un mes y medio. Somos un grupo de amigos que, desde hace poco más de veinte años –unos llegamos antes, otros se agregaron después– nos hemos buscado y encontrado, y sobre todo no nos hemos abandonado, para ejercer el derecho a ser felices, con simple milagro de escribir un relato o intentar el poema.

Ahí estamos. Cada uno con sus versos en la boca. Con las hojas de papel y garabatos. Cada uno con su historia, sus sueños, manías y frustraciones; con virtudes y equivocaciones, altas cumbres y hondos abismos. Ahí nos pueden ver los escuchas. Cada cual dirá en voz alta lo que en silencio y soledad, cualquier tarde, alguna madrugada, triste o jubiloso, escribió. Nos pueden ver, significa que ahí estamos, eso es cierto, pero también quiere decir que en cada página escrita nos mostramos.

Nada hay del otro mundo en nuestros textos, al menos en los míos y ruego me disculpen mis amigos si piensan distinto, pero me parece que leemos algo que sucede a todo ser humano. Cualquier persona que nos escuche, podría verse como en un espejo. En alguna palabra, después de un párrafo, detrás de una reflexión, si escuchan atentos, se podrían descubrir. Porque a fin de cuentas, eso es la escritura: Reflejo del ser humano de manera universal sin que importen variables como edad, sexo, creencia religiosa, filiación política o nacionalidad: somos un manojo de contradictorias emociones, ideas sin fundamento, noches de insomnio, armonía interior a veces, alegría que desborda otras tantas, nostalgia que nos aplasta, ilusión que nos revive.

Y eso es lo que puede oírse –y verse y palparse– en lo que hoy decimos. Lee Miguel Ángel, luego Rosa María, después Ausencio y al final yo. La gente aplaude a cada uno. Qué son los aplausos. Me lo he preguntado hace muchos años. ¿Manos de las que vuelan palomas invisibles, andan por el cielo del salón, tocan el cabello y los ojos y la espalda de los lectores y luego, así, sin más ni más se van? ¿O algunas de esas aves hacen nido en uno de ellos, o en todos ellos, y quedan ahí, aleteando un canto durante seis, siete días, un año siempre? ¿Sólo son aprobación? ¿Caricias al ego? Sean lo que fueren, la gente aplaude.

No sabemos si los periódicos harán una crónica de nuestra lectura. No estaremos al pendiente del suceso. En todo caso, Miguel Ángel, quien es el encargado de la edición de nuestro Suplemento en este Diario –El Eco– me pedirá un texto alusivo y yo escribiré estas letras. Es así como aparecen, ahora, en este espacio, en el cual ya estamos pisando –cada catorce días– el año número trece. Qué cosas. Nunca lo imaginamos así. Y sin embargo.

Pero más allá de si nuestra lectura aparece en rotativos o redes sociales –yo mismo publiqué dos fotografías en facebook–, lo que en realidad creemos es que las letras son, más que noticia interesante o suceso de élite, un bien comunitario. Nos gusta pensar que el poema, el ensayo, el cuento, la crónica, deben llegar, deberían ser leídos, por la comunidad. Al decir esto, no pensamos sólo en nuestras letras, por supuesto, sino en la literatura que en el transcurso de la historia, el ser humano ha ido dejando en libros, papiros, cartas, recados, revistas, periódicos y, más recientemente, en redes sociales. Porque una sociedad que lee, pensamos, tiene más capacidad de discernir. Y este concepto no sólo es aplicable a la esfera personal o emocional, sino que tiene qué ver con discernir, digamos, sobre la conciencia social, el actuar solidario, la filiación política, actividades éstas, que para el ser humano exige el caótico siglo veintiuno, que, queramos o no, transitamos juntos. Si el nuestro fuera un país de lectores –por decir: diez o doce libros por persona por año– México y sus condiciones sociales serían otro paisaje; de ello no tenemos la menor duda.

Luego de los aplausos, ¿en qué quedamos que son los aplausos?, hay preguntas varias en una sesión interactiva que, como grupo, a propósito fomentamos. Se pregunta de todo. Se contesta lo que se puede. A cada uno de los preguntones, regalamos un libro de ediciones anteriores, propias, que cada uno hemos llevado para tal fin.

Después, una vez terminadas las reglas protocolarias, la gente se acerca para saludarnos, continuar una pregunta que había quedado a medias o para abrazarnos. Ah, y para que firmemos su libro. Si a los cinco años de edad, alguien me hubiera dicho: llegará el día en que este niño, junto a otros amigos, escribirá su autógrafo en un libro por él escrito, creo que nadie, incluido el niño, se lo hubiera creído.

Nos despedimos entre nosotros. Nos damos de abrazos. Decimos pocas palabras, ninguna casi. Somos depositarios de una emoción serena, algo así como armonía interior. ¿Alguien podría creerlo? Se nota en la manera como nos vemos, como nos damos la mano, en la manera en cómo sonreímos.

Ya venimos en auto a casa. Mi hija menor, quien me acompañó en la lectura viene conmigo. La noche ya oscurece la ciudad. El frío se hace presente, aunque, a decir verdad, leve. El invierno, que había empezado muy agresivo, ahora es benévolo, al menos en los recientes días. Los fresnos del boulevard pasan lentos por la ventanilla. Las luminarias brillan un poco más que otras noches. En algún lugar, tres niños y una niña, tres hombres y una mujer, son felices. Por unos segundos, el planeta, de algún modo –aunque claro, no lo sabe– es menos complicado. El auto viene lento, algo inusual por la persona que conduce, pero así es.

No es poca cosa, pienso: ¡tenemos la voz!


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