MARÍA ME LO CONTÓ.

 

 

 

A mi abuela, y a cada mujer que hace de todos los días un campo de batalla para vencer y disfrutar de la gran aventura que es la vida.

 

Don cacahuate fue un personaje de cualquiera de las anécdotas que conocí en la infancia, personas cercanas a la familia hacían alusión a él, como si se tratara de un compañero de aventuras, o un héroe que de alguna manera mereciera el reconocimiento generalizado. Dormía siempre en los relatos que nada tenían que ver con él, así fuera si los contara alguno de mis tíos, mi abuela o mi madre. Nunca me gustó que mi abuelo materno contara cuentos sobre don cacahuate. No por otra cosa, sino porque luego se perdía en el relato y terminaba diciendo incoherencias, tal vez fuera por su afición a la bebida o porque simplemente don cacahuate no era su tema favorito. A veces pasa. Uno trata de desvirtuar personajes o personas si no son de nuestro agrado. Quizá por eso don cacahuate y don teofilito actúan en las mismas anécdotas dependiendo del narrador en turno.

María me lo contó la vez primera. Desde el principio me di cuenta que don cacahuate abrazaba la virtud de ser lo que podría decirse metiche, y no dije omnipresente, ese adjetivo sólo conozco de alguien que puede merecerlo. Ese señor aparecía en todos los cuentos, viniera al caso o no, hasta llegué a pensar que mi abuela estuvo mucho tiempo enamorada de él, y no de mi abuelo (o de la serie de abuelos que me hizo tener). Cuando hablaba de viajes o de labores difíciles ahí estaba don cacahuate; que si la cosa iba por equilibristas o marcianos, ya saben quién era el personaje principal, creo que no es necesario decirlo.

Una mañana, de las tantas que recuerdo, María pasó por el frente de la casa, mejor dicho, llegó hasta la puerta con pasos rápidos y silenciosos; mi abuela parecía tener prisa siempre, había ido por mí, para que mi mamá me permitiera ir con ella a cuidar las vacas. Y de paso cortemos unos varejones para hacer un corral a las gallinas, ese que tienen ya está muy apolillado, me dijo, como si nomas fuera de decirlo. Todo el día andar en el potrero, de un lado a otro al pendiente de las vacas, acarreando agua para llenar los bebederos. Desde que la veía venir, espiando por alguno de los muchos portillos que adornaban la casa, ya sabía que las horas de sol serían de un constante trajinar, nada de descansos porque luego se enfrían los huesos y resulta muy difícil retomar las labores. Si ya te cansaste de hacer eso ve a cortar leña para encender una lumbre y calentar el almuerzo. Y si no es esto será lo otro. O aquello. Es lo de menos, el caso es que hay que mantenerse activo, porque si no, le das chance a las enfermedades de lograr el abordaje.

Mi abuela ya tenía una edad abundante cuando la conocí, pero hasta el último de sus días estuvo activa. Jamás la vi espulgarse la cabeza. Tanto tiempo entre las vacas y las garrapatas no pudieron subírsele, a decir verdad, mientras le hice compañía y apoyo jamás una garrapata se me prendió de la piel, no había tiempo para eso. Cuando por mi madre me enteraba que mi abuela tenía gripa yo la miraba fijamente, y no, no se le notaba en absoluto. Creo que hasta era más constante su ir y venir por las labores de toda índole cuando un insignificante virus le atacaba.

Una vez, sin venir a tema, le dijo a mi mamá que yo ya estaba como don cacahuate, refiriéndose a que me parecía en alguna de las acciones de aquel. Creo que la comparación me molestó sin saber la razón, el caso es que estuve callado con ella durante días que luego me parecieron siglos. Seguí ayudándola en sus labores de campo, pero me propuse dejar de ir a escondidas a su casa para robarle las tortillas de harina, y eso es que cocinaba unas tortillas de harina deliciosas, creo que jamás he probado una como aquellas, quizá eso fue lo que más me afectó del distanciamiento que su comentario sobre don cacahuate provocó. Finalmente el sabor de las de harina triunfó sobre mi orgullo y afán de no parecerme a nadie, incluyendo a un personaje ficticio. Volví a ser el mismo con ella, aunque debo decir que nunca hubo variación ahora que lo recuerdo. Uno nunca deja de ser lo que los afectos le dictan.

María estuvo siempre acompañándome. Sus anécdotas y su manera activa de ser. De manera que cuando me alejé de los lugares de infancia, ella estuvo en cada palabra que buscaba al amanecer o cuando caía la noche. O las veces que tuve que caminar grandes distancias, su recuerdo fue el acicate para dar siempre el paso siguiente con la misma energía. Llegar siempre fue la meta de su camino. Lograr el dia siempre fue el objetivo de su amanecer.

Inevitablemente acabamos volviéndonos lentos, me dijo, una de las últimas veces que platicamos. Y me hizo pensar sobre su teoría de las enfermedades y las plagas. Uno se hace lento y le caen las calamidades, pero es la ley de la vida. Tuviste siempre razón. Ah, María. Abuela mía. Tus últimos años se volvieron lentos y el cáncer, ese maldito, se lanzó al abordaje. Aun así nunca te doblegó, y te fuiste con la determinación de quien sabe que la vida es algo que nos prestan y que en algún momento habremos de entregarla.

 

 


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