Mi pinacoteca en el cielo

ADRIANA ALTAMIRANO

Tengo mucha suerte de vivir en un departamento en el quinto piso, luminoso con grandes ventanas, donde las molduras de madera crean marcos muy bellos, los marcos de mi pinacoteca. Durante mis tardes dedicadas a la lectura y a la escritura, sentada cómodamente en un sillón puedo gozar de esta fantástica pinacoteca que es el cielo.

Hay días en que se aparecen las nubes de René Magritte, blancas, celestiales, de un momento a otro podría aparecer un paraguas, una pipa, una imagen de mujer. Otros días en cambio, sobre todo durante las auroras invernales, se ve un cielo plomizo de un intenso azul de Prusia aterciopelado con estrías apenas esbozadas de rosa y celeste y un gajito blanco de la luna, esta visión me hace sentir mística y pienso en La Resurrección de Cristo, en San José, en Toledo; las pinturas del Greco.

Ciertas tardes, a la hora del ocaso cuando el cielo se vuelve rosa, sensual y sentimental me transporta a un cuadro de Turner, de ahí en pocos instantes se consuma el amor entre Isis y Osiris haciéndolo explotar como un corazón de granada que se quiebra en dos pintarrajeando el cielo con riachuelos bermellón, y de repente es Munch que se lleva Osiris en un grito desesperado y nos hace caer en la oscuridad, esa la oscuridad donde no siempre Isis se deja ver.

Cuando la noche es serena y brillan las estrellas, el espectáculo de la luna es maravilloso, la luna como el filo de una uña que nos sonríe y es de nuevo Magritte. La luna llena, gruesa, preñada por los escritores Sardos: Niffoi, Fois, aquella luna la he visto salir de la montaña en pleno verano y esa ha sido la más bella pintura jamás vista antes; igual a como la describe Marcello Fois en su libro “Memoria del vuoto” (Memoria del vacío) : “La noche de la matanza, la luna llena, gruesa y sentada, había estado agazapada por horas a espaldas de las montañas….”

 

Sábado de gloria

 

El concierto de música barroca del Renacimiento tardío es público y gratuito en el Palacio Viejo en el Salón de los Quinientos. De gran sugestión es este magnífico ambiente con frescos de Vasari y esculturas de Miguel Ángel. La gente llega una a la vez y lentamente se llena el inmenso salón (54 m de largo y 23 de ancho con una altura de 18 m), puntualmente, como de programa, a las cinco de la tarde inicia la música.

El hombre que suena el clavicémbalo es pequeño, medio calvo con su poco pelo chino y despeinado formando una corona en su cabeza, su cara tiene un aire burlón y parece divertirse al sonar su instrumento. La mujer que suena el violoncelo es todo lo contrario: grande, con un aire severo, sin gracia, trasmite poca alegría en la ejecución musical y contrasta fuertemente con la joven soprano que es de una belleza excepcional. Ella viste con un elegante vestido largo de seda negro con un corsé estrecho que hace resaltar su púdico seno, un chal gris antracita envuelve ligero su espalda. Y sus cabellos negros largos están recogidos desordenadamente en su nuca.

Las luces de los reflectores dan pinceladas de blanco en su vestido, en su cuello, y la hacen aparecer como en un retrato del grande pintor Boldini. Tiene una voz encantadora y es muy graciosa. Las hortensias rosas alrededor de los músicos dan un aire de primavera al espléndido Salón de los Quinientos. Aunque hay mucha gente el silencio es absoluto y así el concierto se me hace muy íntimo, como si fuera reservado solo a las Cortes.

Monteverdi, Strozzi, Gabrielli, Hendel me hacen compañía en este sábado de gloria.

 


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