OTRO DÍA MÁS

ARTURO GUERRERO CAMERO

Atraviesa la puerta color miel. Cobijado por la oscuridad y teniendo el silencio como aliado entra a la habitación en la que duerme su amada. Un rayo de luna se cuela por la ventana. La foto de ambos descansa en el buró; fue tomada aquella tarde en la que sentados en una vieja banca reían y comían nieve, felices, riendo como niños. Ella duerme. A un lado de la almohada está un pequeño corazón rojo, él lo depositó en sus manos cuando la abrazó por primera vez. Se sienta a su lado. Las yemas de sus dedos juegan con su cabello rizado. Acaricia sus mejillas y toca con dulzura aquel abismo de paz y tormento que son sus labios. Recorre lentamente el cuerpo que tantas veces adoró apenas rozando su piel, ese cuerpo que cuando estaba en sus brazos era como si abrazara el cielo. Piel suave y tibia como viento de mayo.  Acerca sus labios y deposita en su oído palabras de amor.

Ella, aún dormida parece escuchar su voz. Sus labios dibujan una ligera sonrisa al tiempo que su cuerpo se estremece de frío. Abraza una cobija, huele a su perfume, huele a él.

Se pone de pie. Los labios de ella se mueven y le parece escuchar su voz pidiendo que no se marche. Él sabe que no puede estar más tiempo ahí.  En silencio abandona la habitación. Necesita caminar y al tiempo de iniciar su andar nocturno una espesa niebla lo rodea.  Camina hasta llegar al lugar en el que la vio por primera vez, figura delgada, alta, cabello loco, imposible peinarlo, unos labios que cuándo sonreían hacían sentir que la vida valía la pena, por sólo eso, el verlos sonreír.

Camina por las mismas calles que caminó a su lado en aquellos días de juventud. Llega bajo esos árboles de mango que tanto le gustaban.

Dice su nombre en voz baja una y otra vez.

Inicia su andar. La noche se hace vieja, tan vieja cono sus recuerdos. Aquellos días en los que caminaba libremente riendo de todo y por todo. Fines de semana jugando en el parque cercano a casa, noches enteras charlando en una vieja barda, hablando de sueños y de ilusiones, ella siempre estaba ahí.

Después la vida se la llevó, sus pasos la llevaron a un lugar lejano, él se quedó ahí. Después… ¿Qué pasó después?

Y así, entre recuerdos y suspiros se encuentra de pronto cruzando ese viejo portón pintado de negro. Algo en él se resiste a cruzarlo, pero no puede evitarlo. La niebla se hace más espesa, su andar se torna más lento, como si tratara de alargar el tiempo.

Siente la necesidad, la urgencia por regresar con su amada, pero no puede. Busca el lugar al cual pertenece. La niebla parece abrirse justo frente una placa de mármol blanco. Tiene su nombre grabado en letras negras. La fecha del inicio. La fecha del fin. De sus labios, en voz baja escapa una vez más el nombre de ella. Es hora de descansar. Otra noche la visitará.

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