PARA QUÉ SIRVE LA UTOPÍA

 

 

Hoy lunes trece de abril del año dos mil quince, ha muerto Eduardo Galeano.

Aquí, en la ciudad donde vivo, el día amenaza tormenta. El cielo ya es oscuro apenas a las cinco de la tarde. Negras nubes algodonan el cielo. De norte a sur, de oriente a poniente, se dejan escuchar roncos truenos, como si una gran roca viniera rodando por escalones de nubes pétreas.

Eduardo Galeano, escritor.

Llueve a momentos. Gotas frías, ralas, caen entre las hojas reverdecidas del almendro y el canto de los pájaros anuncia, al menos para ellos, la hora de dormir.

Galeano, el de El libro de los abrazos y las venas abiertas de América Latina. El de Memoria del Fuego y Bocas del tiempo.

Me enteré temprano, por el noticiario vía internet. Me sorprendí. Permanecí desconectado del mundo un buen rato. Hasta que un llamado de trabajo me hizo despertar.

Hay gente que no debe morir, renegué.

Hay gente que no muere, mentí para mis adentros.

Cuántas lúcidas ideas, cuántas disertaciones filosóficas de Galeano podría traer ahora a estos renglones. Cuántas. Ah, entonces tendría que borrar, una por una, todas mis letras.

Fue un hombre sabio. Pero antes fue valiente. Era un personaje inspirador, pero antes fue solidario. No es el propósito definirlo. ¿Alguien podría definir a un ser humano?

Casi oscurece. Este día, la noche llega más temprano. Allá, en el cielo, sigue amenazando la tormenta. Truenos como rocas cayendo por escalones de nubes pétreas en direcciones opuestas. Amenaza pero no llega.

No quiere o no puede.

Es una pena que la muerte no sólo haya amenazado a Galeano, sino que le haya llegado de lleno. Abatió sus latidos. Lo dejó sin voz, esa que él usó siempre muy bien.

Ah que muerte tan cabrona. Pero no abatió sus libros. Las letras están, estarán ahí, a la vista de todos, mientras haya en el mundo seres humanos sensibles al dolor ajeno y fieles a sus raíces. Y como es creencia ciega en mí, que personas de tal estirpe, siempre habrán de existir, entonces digo, que el espíritu de Galeano, disperso en sus libros –en cualquier punto del mundo donde haya uno de sus libros– nunca morirá.

O tal vez sí: dentro de cinco mil millones de años. Cuando el sol se apague y la tierra sea una inmensa bola de hielo. Pero eso, es probable que algunos de nosotros no lo lleguemos a ver.

Para qué sirve la utopía, contaba él. La utopía está en el horizonte, si te acercas unos pasos, se aleja un poco, si corres tras ella, se aleja un poco más, entre más la sigues, más se aleja: para eso sirve la utopía, para caminar.

Ahora. Justo ahora. Aquí. Llega la lluvia. En pocos segundos cae a mares. Es una tormenta. Parece que el cielo, de un solo golpe, se cae a la tierra. Relámpagos iluminan por tres segundos media ciudad. Los espejos se velan. Los pájaros no cantan. Se va la luz eléctrica. Uno tras otro, truenos de tal intensidad, nos dejan sordos por más de medio minuto. El viento, enloquecido, vuela, a todo cuanto da su fuerza, entre las ramas de los árboles.

Qué sucede.

Así, es probable. Sólo es probable –qué otra cosa puede escribir alguien como yo– que así, le haya llegado la muerte a Eduardo Galeano.

¡Hasta siempre!

 

 


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