REMEDIO CASERO PARA NO EXTRAÑAR TANTO A QUIEN SE AMA

 

CARLOS ACOSTA

 

Nota: este brebaje se prepara y se bebe a solas.

Busque en esa alacena que es su propio pecho.
Tome, con sumo cuidado, la vasija que late en el costado izquierdo y póngala sobre la mesa.
De preferencia, que sea una tarde con sol y llovizna. Si no fuera así, baste con imaginarlo.
Deje que repose, aunque tampoco permita que se apaguen los latidos.
Agregue dos tazas de recuerdos, un frasquito de alegría, otro de aflicción. Cuatro cucharadas soperas de palabras de lo que alguna vez platicaron en aquella noche que después fue madrugada. Quince gotas de júbilo. Quince de melancolía. La polémica inconclusa. Una pizca de ternura.
Que hierva a sueño lento durante diez minutos, mientras, por la ventana, usted mira el horizonte.
Déjelo reposar otra vez, en tanto el nombre de quien extraña, juega en voz baja en sus labios.
Beba a sorbos lentos la mitad del remedio.
Luego, coloque el cántaro otra vez en su pecho. A fuerza de palpitaciones, la pócima se esparcirá por el cuerpo.
No se garantiza felicidad absoluta, pero sin duda, correrán por la sangre los más entrañables momentos.
Este bebedizo no tiene efectos secundarios. La sobredosis no es tóxica, sino más bien, adictiva.
Y ya que extrañar a personas amadas, una vez que se cura, vuelve a ser incurable, sería una bendición, que la vasija del pecho estuviera siempre llena a rebosar. Y viva.

(*para Ramiro Rodríguez).


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