SAL (3)

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JUAN JOSE MORALES RODRIGUEZ

 

 

–En una media hora están listos, es que acabamos de abrir, ¿no le importa?

–No es problema, esperaré aquí sentado.

–Bueno. Si gusta ahí está el control remoto, por si quiere cambiarle a la tele.

–Sí, Gracias.

“Diane restaurant” o algo así era el sitio donde Alejandro se hallaba esperando su comida momentos antes de que el rayo cayera en el estacionamiento a pocas cuadras de distancia. Se trataba de un nuevo restaurant (algo obvio por el nombre) que no tenía más de dos semanas de haber abierto, pero honestamente la pequeña ciudad ya estaba un poco harta de ese tipo de comida. Boneless, alitas, hamburguesas; mucho de lo mismo. En tan sólo ese año ya habían abierto seis restaurants que ofrecían exactamente lo mismo (Alejandro consideraba los de al lado del Centro de Salud como los mejores), y éstos no duraban ni los cinco meses antes de quebrar. Aunque en realidad él era un fanático de esta comida, le gustaba probar qué tenía para ofrecer cada uno de estos lugares, por más parecidos que pudieran ser entre sí, así que aunque la ciudad estaba harta, a él no le importaba. Todo ese raro gusto fue a causa su amigo Mike, que conoció gracias a que un programa de intercambio lo ubicó en su preparatoria algunos años atrás. Aquel tipo alto con peinado de cantante coreano  lo había invitado tantas veces a restaurants de ese tipo que terminó por obsesionarlo ligeramente. Aunque bueno, Mike ya no estaba más con él, ni con nadie más… ¿Inconscientemente hacía lo que hacía por tratar de mantener vivo el recuerdo de manera poco común al pobre joven, víctima de haber estado en un mal lugar a una mala hora? Quizá sí, quizás era sólo el hambre.

Mike no había tocado los pensamientos de Alejandro en un buen tiempo, al menos no directamente. Ya con veinte años y a punto de graduarse de la universidad, uno llega a borrar (o esconder) algunos recuerdos, aunque éstos solamente tuviesen cuatro o cinco años de haber ocurrido. Él lo sabía más que nadie, después de todo su carrera se centraba en comprender las emociones y pensamientos humanos. ¿Decisión suya? Podría ser, ni él sabía qué iba a conseguir luego de tener el título en manos. Quizá gritarle en la cara a su tío Eduardo “Lo logré, tarado. Ya no puedes decirme inútil, aquí tienes el título que tanto me jodiste porque te mostrara, animal.” Solamente le faltaba tener un trabajo estable, o eso era parte de su plan no muy estructurado. El hospital de la ciudad era buena opción, no le importaba qué fuera mientras pudiera obtener ganancia de ello, además conocía a la psicóloga Iris, fue con ella con quien hizo las prácticas clínicas hacía ya un año, y pues según él la relación era digna de llamarse “buena”. Tal vez con “mover algunas palancas” con ayuda de Gabriel, un primo doctor, su vida de allí a cinco años estaría resuelta.

Claro, uno tiende a plantear las cosas muy simples, pero a la hora de la verdad no cuentan con las variables que pueden terminar por arruinar todo lo planeado.

– ¿Quiere un vaso de agua?

La pregunta lo tomó desprevenido. Todo el rato, al menos desde que ordenó su comida, se la había pasado con la vista pegada en el televisor sin realmente estarlo viendo. El sentimiento de vacío existencial amenazaba con aferrarse a él aquel día, pero Alejandro no estaba dispuesto a dejarlo. La consecuencia de no tomar los medicamentos tal y como se le indica, le diría su madre. Ya con las ideas aclarándose de a poco en su cabeza, miró a la joven que le atendía; era morena y con el cabello rizado, algo despeinado. Le miraba con una sonrisa que aparentaba cortesía.

–Sí, por favor–respondió, y con su respuesta ella asintió. Segundos después un vaso de agua de jamaica fría, con las gotas del líquido deslizándose seductoramente por el cristal, estuvo en frente suyo. Sin pensarlo bebió media bebida de un trago. A pesar de ser invierno le caía muy bien.

El restaurant seguía vacío, desde que llegó ningún alma aparte de la chica y la suya hizo acto de presencia. Sintió un poco de pena al pensar que serían de esos negocios que no durarían mucho. Porque al fin y al cabo se trataba de un sitio con buen ambiente, con lugares cómodos, decoración bonita y TV (esperaba que también buena comida). Luego suspiró con pesadez, miró su celular y al darse cuenta de que la media hora había pasado volando, miró alrededor para poder ver a la chica.

Algo estaba mal. Él, al igual que cierta familia en un estacionamiento cercano y un hombre adulto de nombre Arturo ubicado en un orfanato, lo notó. ¿Por qué de repente la bebida sabor jamaica le resultaba más tentadora? Porque el invierno se había ido, no tardó demasiado en notarlo. De manera súbita el sol tomó más fuerza y sus rayos erradicaron todo rastro de frío.

Finalmente pudo ver a la joven a través de la puerta de cristal, se hallaba en la banqueta de la calle junto a una multitud de personas mirando al cielo. Tuvo miedo, la piel se le puso china y el corazón le retumbó cual batería en una banda de metal. No quería ver, trataba de convencerse

así mismo que debía ser algún helicóptero, avión de acrobacias o algo lo suficientemente llamativo como para que la morena hubiese dejado su orden friéndose de más en el aceite. Bajó la vista a su celular y la cosa no mejoró, pues notificaciones de amigos indicaban que transmitían en vivo. No quería hacerlo, pero terminó por deslizar suavemente su dedo en una de ellas. Y con sólo ver el aro que se formaba dando paso a ese rayo de sol, fue suficiente para que supiera que todas las demás transmisiones trataban de lo mismo.

–Estas cosas sólo pasan en la ficción–dijo para sí mismo, todavía queriendo convencerse de que no pasaba nada.

Luego se sintió el temblor.

Fue leve, no de mucha magnitud, una ligera sacudida dirían algunos, y otros incluso negarían que pasó. Pero lo que nadie podría negar jamás, fue lo que vino acompañado por el estruendo, que cayó en forma de rayo.

Sabía quién era, no sabría explicar cómo, pero de la nada estuvo consciente de lo que tenía que hacer, sin poder probar de su comida salió disparado del restaurant.

El hombre que cayó del cielo hizo acto de presencia y el acto final había empezado.

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