SER MÉDICO

CARLOS ACOSTA

1

Abro los ojos. El reloj marca las cinco y veinte. Todavía no amanece. Permanezco recostado en la cama, tres cuatro minutos, tal vez éstos sean los únicos del día que en verdad son sólo míos. Me pongo de pie. Busco el tapete de fomi, lo extiendo en el piso de la habitación y hago cuarenta minutos de estiramientos y posiciones en Hatha Yoga. Termino sudoroso, relajado. Entro a la lluvia de la regadera y en diez minutos vuelvo. Yo nunca invertí mucho tiempo en bañarme, ¿será que nunca me sentí lo suficientemente sucio? Me visto con la ropa que llevaré al hospital. Pantalón, camisa, cinturón. Soy médico, suspiro. Busco la bata blanca, el gafete, dos bolígrafos, un cubre bocas. Voy a la cocina, tomo el vaso de agua que acostumbro todos los días en ayunas, desde hace varios años. Para entonces, mi mujer ya preparó el lonche. Corroboro que llevo teléfono celular y cartera. Salgo de la cocina, subo al auto.

2

Llego a mi centro de trabajo. Todavía no amanece. Entro por el Estacionamiento. Mientras camino, voy tarareando una canción. En un momento dado me quedo viendo al cielo que empieza a teñirse en tonos rojizos. Empiezo a tomar fotografías. Un compañero de trabajo es testigo. De primera intención se ríe, luego dice algo sin sentido al tiempo que se apena quién sabe con quién, porque yo permanezco todavía un buen rato con la mirada en el horizonte. Llego al reloj checador. Oprimo con el dedo índice. Una voz femenina, españolada, dice gracias, al tiempo que aparece el signo de aprobación en la pequeña pantalla.

3

Entro a mi área de trabajo, Pediatría. Hay tres pacientes quirúrgicos. A dos de ellos los intervine yo; al otro, un compañero cirujano. Los acompañantes de los pacientes se sorprenden, todavía no amanece y ya anda por aquí, se dicen entre ellos, y no se dan cuenta que los escucho. Escribo a mano mis notas médicas –letra legible, en este sentido soy médico atípico– dejo indicaciones. Uno de los niños se va de alta. Hago los trámites y escribo la receta así como los cuidados en su domicilio, el tratamiento a seguir y la cita en consulta externa.

4

Paso al servicio de Urgencias. Está pendiente la valoración de un niño, de seis años de edad, que ingresó anoche. Tiene dolor abdominal, vómitos y fiebre. Lleva nueve horas de evolución. Me presento con la madre del niño, digo mi nombre y agrego que me solicitaron interconsulta. Reviso el expediente, las notas, exámenes de laboratorio. Hago la exploración física. Palpo el abdomen con gentileza, pero a la vez, buscando la patología más frecuente. Hago algunas preguntas. Y luego de la exploración, voy al departamento de rayos X para ver las radiografías que le tomaron a su ingreso.

5

Vuelvo con el paciente. Informo a la madre que el diagnóstico es probable Apendicitis. Pero que no es concluyente por ahora. Que el niño permanecerá en sala de Urgencias, en ayuno, con soluciones intravenosas. Que en cuatro horas se volverá a valorar. Hago mi nota en el expediente. Voy al comedor. Busco una mesa alejada. A esa hora hago mi primera comida. Debo reconocerlo: como de prisa. Esa es una mala costumbre que adquirí siendo médico Residente, porque entonces, era tanto el trabajo, que casi no teníamos tiempo ni para comer y por esa razón lo hacíamos muy rápido. Y en mí se quedó esa manía.

6

Voy a mi consultorio. Buenos días, saludo a las compañeras de siempre. Siempre, en este caso, quiere decir, por lo menos, veinticinco años. Me hacen llegar los expedientes de los pacientes tempraneros y ahí empieza la consulta. Veo niños que sólo requieren valoración pero que no llegarán a cirugía. Reviso a otros, que ameritan tratamiento quirúrgico; solicito exámenes de laboratorio y les pido cita para su programación. Valoro a unos más que ya intervine quirúrgicamente y vienen a retiro de puntos o a control de postoperatorio. Tengo pacientes que por el tipo de cirugía, los he de monitorear mucho tiempo, años, hasta la pubertad. Después de terminar con los programados, suelen venir una compañera, un compañero, de trabajo, que me piden una consulta para su hijo, hija, porque anoche empezaron a estar enfermos. Lo hago de buena manera. Siempre dije que es una distinción, como profesional, el hecho de que mis propios compañeros y compañeras de trabajo, me busquen para la atención médica de sus hijos.

7

Ya son las once pasaditas. Regreso a urgencias. Revaloro al niño. Veo las radiografías de control que solicité. Observo imágenes muy sugestivas, si no es que determinantes de Apendicitis. Palpo el abdomen del paciente y ya no queda la menor dura. El diagnóstico está hecho. Lo explico a la madre. Se angustia de sobremanera, llora, no lo puede evitar. Llame a su esposo, sugiero. En quince minutos, mientras preparamos lo que se requiere, llega el padre del niño. Le explico diagnóstico, plan de tratamiento y riesgo. También él se alarma. Finalmente, firman el documento de autorización de cirugía.

8

Entro al pasillo de quirófano. Ahorita están ocupadas las dos salas, pero apenas haya espacio pasamos a su paciente, se me informa. Mientras, voy a darles una vuelta los hospitalizados a ver cómo siguen. En este lapso, recibo dos llamadas telefónicas de padres de pacientes que solicitan consulta para hoy por la tarde. Quedamos que los veré a las cuatro y media, y cinco y quince, respectivamente. Rebasado el mediodía entra el niño a quirófano. Nos vestimos todos “de astronautas” con uniformes estériles. Después de los procedimientos preoperatorios de rigor, inicia la cirugía. Incido la piel del niño. Y otra vez, como siempre que lo hago, me siento el hombre más solo en el mundo. Está mi equipo de trabajo –anestesióloga, circulante, instrumentista, médico primer ayudante– es cierto. Y ellos, usualmente generan un ambiente de trabajo positivo. No obstante, el bisturí lo tengo yo en mi mano. Lo que a continuación ocurra nacerá de mis manos. Y mis manos son lo único que tengo, recuerdo la canción de Víctor Jara. Fluye el procedimiento paso a paso, de buena manera. Incisión pequeña, mínima invasión. Efectúo el procedimiento de Pouchet completo. Terminamos la cirugía. Doy las gracias, de manera personalizada, a cada uno de los integrantes del equipo. Esta es una costumbre que me inculcaron en la época de residencia. Y, hasta hoy, siempre me reconforta el hacerlo. Entonces pienso: ser cirujano pediatra, sin duda alguna, profesionalmente, es lo mejor que me ha podido suceder.

9

Regreso al área de lockers. Me visto de nuevo. Entro al baño, me lavo la cara y trato de acomodar el cabello. Me miro en el espejo: ese gesto ajado, marchito, no lo tenía antes de entrar al quirófano. Siempre he pensado que sería un buen ejercicio de psicología aplicada, tomar una fotografía a los médicos antes de entrar a cirugía y otra después, cuando salen. Habría ahí mucho material para estudiar la esfera emocional de estos profesionales. Estoy convencido que nadie –ni el cirujano más capacitado y hábil, ni el más engreído y lúcido– sale con los mismos rasgos en su rostro, después de efectuar una intervención quirúrgica. Ante el espejo digo, gracias, todo resultará bien. Es un mantra, es un ruego. Unos minutos antes había solicitado la presencia de la madre del niño. Salgo al pasillo e informo que el procedimiento se llevó a cabo sin contratiempos. Padre y madre se abrazan, ella llora con escasas lágrimas. Él permanece serio. Sin embargo, ambos, tienen para conmigo palabras de agradecimiento.

10

Son casi las dos de la tarde. Estoy en el comedor. Pido un yogurt con manzana. Lo ingiero lo más despacio que puedo. Descanso unos minutos. Ya casi es la hora en que termina la jornada. Aprovecho esos momentos. Debo ir a firmar la nómina de esta quincena porque ya pasaron varios días y yo soy un olvidadizo de primera. Firmo y vuelvo. Paso a pediatría antes de salir.

11

A las tres de la tarde, o un poco después, de nuevo dejo mi huella digital en la pequeña pantalla, que dice, gracias, con su monótono acento español. Regreso a casa. Comemos juntos Esperanza y yo. Platicamos, ella del gimnasio, yo del hospital. Me siento en la sala de televisión y veo deportes durante diez o quince minutos. Ya son las cuatro de la tarde. Me doy un baño rápido –ya se rumiaron las razones. A las cuatro y media doy la primera consulta que me habían solicitado por la mañana y enseguida veo al otro niño.

12

Son casi las seis. Voy a visitar a mi madre. Debido a su edad –noventa años y contando– yo quisiera pasar a verla todos los días. Ella y yo lo necesitamos. Yo, con mi madre, siempre me sentí muy cercano. Dicen que soy el hijo que más quiere, no lo sé, pero de lo que sí estoy absolutamente seguro, es que ella es la madre a la que yo amo como nadie lo hizo nunca jamás. A veces no es posible ir a verla diario. Hoy sí. Han sido solo dos consultas por la tarde. Abordo el auto y voy a su casa. Conduzco por el bulevar a velocidad media. El sol del otoño es manso y dorado, la tarde todavía es nítida. Voy escuchando –y a la vez cantando– Buenas noches primavera, con Joaquín Sabina. Estos breves viajes citadinos, los disfruto mucho. Y bueno, estos momentos, también me pertenecen del todo.

13

Llego a casa de mi madre. Está sentada en su sillón. Se alegra cuando me mira. Trata de ponerse de pie, trastabilla una, dos, tres veces hasta que lo logra. Nos damos un abrazo como si tuviéramos años sin vernos. Voy por la guitarra (en casa de mis padres siempre hubo guitarra). Le canto algunas canciones. Ella es feliz escuchándome cantar. Esa felicidad la conozco, porque la he sentido, a mi vez, cuando veo a mis tres hijos tocar guitarra y cantar. Canto algo de Los hermanos Martínez Gil, Agustín Lara, Mercedes Sosa, Serrat, Facundo Cabral. Una de sus canciones preferidas, si no la que más, es Invierno triste, de Connie Francis. Se la canto a mi modo. Y entonces puedo decir, con humildad y gratitud, que en estos momentos, mi madre está contenta.

14

Cae la noche sobre la ciudad. Debo irme, le digo. Sí, comprende, ya es hora, cuídate, no salgas a la calle (?), hace mucho frío, salúdame a Pera. Nos abrazamos, otra vez, fuerte, como si supiéramos que ya nunca nos volveremos a ver. Me despido de mi hermana y mi cuñado con sendos abrazos. A mí me gusta abrazar a la gente que quiero. Y me gusta que me abracen.

15

Llego a casa. Ya son pasadas las ocho de la noche. Platicamos un poco mientras Esperanza prepara los alimentos. Cenamos, a veces en el comedor y a veces viendo televisión: deportes, TV UNAM e IPN si es por mí; series de Netflix y You Tube si es por ella. Después de cenar, me acerco a mi laptop con intención de escribir algo. Puede haber un texto por revisar, lo hago. A veces no hay nada. Y así, de pronto, como si cualquier cosa, me llegan ideas y me pongo a escribir algo, algo por ejemplo como esto que ahora se va leyendo aquí. Hasta que dice mi mujer, ya es tarde, mañana quizás tengas una cirugía, lo mejor es ir a dormir; si por ti fuera, ya sé, te quedarías toda la noche escribiendo. ¿Será? Entro en las sábanas. Y en lo que conversamos y nos preparamos para dormir, nos dan las casi las doce. Buenas noches.

16

He tenido días, y noches de guardia, muy difíciles como médico y también como persona. Difíciles en extremo. Como nadie imagina. Como nadie podría imaginar. Y de los cuales no he podido recuperarme. Por fortuna han sido pocos. Pero el día que aquí describo, así fue. No agrego ni quito más.

17

Entro en la cama. Permanezco despierto algo que me parece veinte minutos o una hora. Ya sabemos que, en el insomnio, el tiempo es mucho más relativo de lo que Einstein pensaba (adió, ¿yo contradiciendo al sabio?). Y pienso mil cosas. Por momentos me angustio en demasía y algunas veces debo ingerir un tranquilizante menor. Tomo un libro de los que tengo en el buró, ahora leo a Clarice Lispector y, por enésima vez, a Juan José Amador. A veces permanezco sereno. Recuerdo lo que acabo de escribir. Pienso en que la introducción debe ser un poco más clara; en un pasaje que debería ser menos prosaico, más literario; en que el final pudo ser de manera más contundente. A veces me vienen recuerdos de la niñez o de los días universitarios. O pasa por mi mente el pacientito intervenido hoy y me asalta una ráfaga de ansiedad. Y así, me quedo mirando al cielo oscuro de la habitación.

18

De pronto abro los ojos. Son las cinco y veinte. Todavía no amanece. Soy médico, suspiro.

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