SESENTA VUELTAS AL SOL (A COSTA DEL CORAZÓN)

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Y bien, aquí estoy. La Vida y La Muerte, no opinaron lo contrario. Llegué a los sesenta años. Lo escribo ahora, con asombro real, y no puedo evitar mirarme a los veinte, en el cuarto de azotea del edificio de la calle Pitágoras, en medio de aquel universo de luces que a las once de la noche me parecía, desde la ventana, la ciudad de México, pensado en que no iba a llegar más allá de los cuarenta. No son figuras literarias ni artilugios retóricos estas letras con las que inicio el texto. Eso pensaba a esa edad. Tenía mis razones para que por mi cabeza anduvieran esas ideas. Ya las he escrito en otros espacios y por hoy –a diferencia de otras, muchas, veces– no quiero que llueva sobre mojado, así que, las razones no las rumiaré aquí por enésima vez.

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Llego a los sesenta como nunca imaginé. Por principio de cuentas, porque, como ya he dicho, no estaba en mis planes llegar. Alguna vez, a mis dieciocho, cuando los altibajos emocionales empezaron hacerse presentes y a decirme, éste vas a ser toda tu vida, pensé, con un muy alto porcentaje de certeza, que a medida en que fuese ganándole edad al tiempo, poco a poco, me acercaría a ese estado de paz interior que ya por entonces empezaba a parecerme un ente esquivo.

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Sucedió que pasaron los días, se amontonaron en meses y éstos acumularon años. Y no. Ni por asomo se hizo presente aquella armonía interna, que, por cierto, a medida que más la he buscado, mayor ha sido el descaro por no encontrarla. Es cierto, he vivido momentos espléndidos y no pocas veces he gritado en mi silencio: ¡soy el hombre más feliz del planeta!, lo hice varias veces porque en realidad así, y no de otra manera, lo sentí. Podría haber una buena dosis de egoísmo en tal actitud, pero las sensaciones que en esos momentos me rebasaban así exigían que lo hiciera. Y, la verdad, yo nunca he sido usurero con mis emociones.

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Una de esas veces, fue cuando mi madre salió a despedirme al zaguán de la casa, allá en el Tampemol de menos de mil habitantes, mi primer día de clases. Esa imagen aparece nítida en mi memoria: está mi hermano mayor, mi madre y yo. Es probable, no recuerdo bien, que mi hermana menor y el más pequeño de la tribu, aún estuvieran dormidos. Ahí estamos: con los cuadernos bajo el brazo, recién peinados, estrenando pantalón azul y camisa blanca. Adiós mamá. Cuídense hijos, cuida a tu hermano, Miguel Ángel.

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Otra fotografía es aquella cuando a las nueve de la noche, ya con dieciocho años cumplidos, abordo el ómnibus que me llevará a la capital del país, donde habré de cursar mis estudios universitarios en los próximos años; la cara por la ventanilla, las manos de mis padres, pequeñas banderas al viento.

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Otra imagen, es aquella donde me veo –flaco en extremo, pelo rizado, enjambre de pecas en las mejillas, con anteojos– en ciudad universitaria, de pie, frente a la facultad de medicina de la Universidad más reconocida de Latinoamérica. Y no creerlo. Pellizcarme el brazo, una y otra vez, para cerciorarme que no estaba en un sueño.

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Desde luego que entre los años y días que separan a estas tres fotos, hay otras, algunas de las cuales, no por tristes, son menos bellas.

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Una, quizás la más recurrente en la memoria, es aquella del primer domingo de marzo cuando emigramos del pueblo: ahí está la camioneta, la colorada, repleta de nuestras escasas pertenencias; con una familia que partía de tarde –y partía su destino en dos– al irse a vivir a otra ciudad; con un niño a punto de cumplir sus diez mayos, quien, medio siglo después, no lo ha olvidado. La primera caminata de la mano de mi madre y mi hermano mayor por las calles del centro de la nueva ciudad y sus deslumbrantes aparadores; el estadio de futbol, la biblioteca; el bulevar, su césped oloroso a hierba fresca y sus álamos en larga fila desdibujándose en lo oscuro.

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Cómo fue que subí cada escalón. No lo sé. Cuando me daba cuenta ya estaba en el siguiente. Dormí cada noche sin saber si era la última; desperté cada día, sin proponérmelo, por obra y gracia del azar. Nunca hice planes, ni a corto ni a largo plazo. Tuve sueños, tengo aspiraciones, muchas, cada día más, aun hoy, soy propietario de tres o cuatro fantasías. Pero nunca tracé un plan: mañana haré esto, el año que entra tendré aquello, en diez años viviré de tal manera. Nunca.

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Se dice que es irresponsable quien no piensa en el futuro. Yo digo que lo es más, quien desperdicia su presente viviendo enmarañado entre proyectos.

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Muchos años pensé que tenía la razón al pensar y vivir de esta manera. Mucho tiempo creí que mi forma de vivir era la más sencilla y apta para estar bien con uno mismo, que no es poca cosa, porque de ahí deriva el coexistir bien con los demás. Al paso de los años, ahora por ejemplo, a punto de cumplir los sesenta, observo que no es totalmente cierta esta afirmación. Me equivoqué muchas veces, muchas, lo reconozco, especialmente en dos o tres puntos. Pero esas dos o tres minucias especiales en las cuales erré, pesan lo que un mundo en los hombros adelgazados de una espalda en llamas que a donde voy, va conmigo. No es queja. No tengo vocación de masoquista. Pero si algo he aprendido en los años dedicados a escribir –que no han sido pocos ni muchos ni quién sabe– es a intentar la verdad. O a decir mi verdad, que no es la absoluta, pero que en un mundo de apariencias, éste tan nuestro, algo es algo ¿no?

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Aunque claro, no soy (tan) ingenuo: dije escribir, no vomitar todo lo que soy, que además, y esto lo sabemos todos, es una empresa imposible, porque, para empezar, uno mismo no conoce lo que es, ¿cómo escribirlo entonces?

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Otra fotografía feliz es aquella en la que estamos Esperanza y yo, de diecinueve y veintidós años, respectivamente, viendo un atardecer, mientras el sol cae en el horizonte marino de la bahía: yo arrobado por la visión; ella, sorprendida de que a alguien le maraville tanto una puesta de sol como las que tantas veces ha visto en su vida.

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Otra foto de esas, únicas quiero decir, es aquella en que andamos los dos, ella y yo, y mi padre, que nos hace compañía, caminando por las calles cercanas al hospital, esperando el momento, porque en breves horas –que luego se alargarán terriblemente– nuestro primer hijo nacerá. Ella con su vientre abultado, serena, todavía sin mucho dolor.

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Ahora bien, éste, que describiré en seguida, más que fotografía, es un dibujo. Un dibujo hecho con pinceles de lumbre, a lápiz retorcido y como marco una realidad horrible. Al fondo del salón está un ataúd y dentro de él, mi hermano, el mayor, yace muerto. Toda la tribu ha venido a pesar de que son apenas las primeras horas del día. Somos muchos. Todos lloramos. No en secreto ni sobre un pañuelo. No. Lloramos a grito pelado y desgarrador. No nos importa quién observa, quién nos mire. Nuestro llanto se escucha en la baqueta de la funeraria, en los árboles de la plaza, en el cielo de la ciudad; en los recónditos rincones del universo se escucha nuestro grito de dolor. En los recientes sesenta años no había muerto nadie, nadie, de nuestra familia. Cargábamos con esa leyenda. Y a mi hermano le tocó romper esa cifra, qué puta desgracia, he dicho siempre.

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¿Más fotografías? Aquí hay una más. Es de mi hija, la segunda de mi clan particular: anda por los cinco años, está de pie, recargada en un trozo del tronco del eucalipto de casa de mis abuelos que traje a casa; viste pantalón de mezclilla azul y blusa blanca con vivos rojos y unas botitas negras. Me mira a los ojos y sonríe como lo hará, a partir de ahora y hasta siempre. Ella no lo sabe, nadie lo sabe, pero cuando yo vi aquella imagen, sentado desde una de las sillas del comedor, dije en voz baja: daría lo que de mi persona se me pidiera a cambio de que ella mire y sonría de esa manera toda su vida. Lo pensé con tal intensidad, que ahora, muchos años después, puedo asegurar que el ruego fue escuchado. La risa y la mirada de mi hija, desde entonces, tienen un efecto benéfico, como ninguna otra circunstancia o medicina podrían tener, para el sereno latir de ese animal desasosegado que llevo en el costado izquierdo y que responde al nombre de corazón.

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He dicho que no todo me salió bien. Y así es. La mayoría de mis amigos, que, según yo, equivocaban su andar, ahora a esta edad, se encuentran jubilados, con familias estables –bueno, esto es apenas es un decir, la verdad es que hay de todo–, mientras yo, ya entrando a paso rápido a la vejez, aún sigo trabajando de manera continua, diaria y no sé, ya dije antes, no planeo el futuro, cuándo o cómo es que vaya a suceder mi retiro de los terrenos laborales. No lo sé. Llego a los sesenta con la incertidumbre de siempre. Alguien, práctico, podría decir, búscate un buen abogado que se haga cargo y tendrás resultados. Pero de verdad, no sé. Creo que Esperanza anda tramitando algo de un seguro social que hemos pagado por años, pero desconozco los detalles.

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Fotos, más fotos. Aquí está una que también duele. Estamos recién casados. Esperanza me acompaña a un teatro a un concurso de canto. Subo al escenario guitarra en mano. Canto ante escaso público y numeroso jurado, la canción El Abuelo, que escribí hace cinco años. Nos vamos a casa sin ganar premio alguno. Al día siguiente, muy temprano abordamos el autobús que nos llevará al pueblo en donde vivimos. A las cinco y cuarenta y cinco de la madrugada el autobús choca de frente contra un tráiler cargado con bultos de azúcar. El autobús queda hecho un acordeón. Entre el griterío caótico, alcanzo a empujar a Esperanza para que salga del camión. Luego todo se me vuelve oscuro. Me desmayo. Ella me platicará después que dijo a los pasajeros: de aquí nadie sale –estaba en el boquete que se había abierto en el techo del autobús– si no sacan a mi esposo. Por suerte, había gente que nos conocía. Es Acosta, gritó alguien y enseguida se apresuraron a sacarme. No respirabas, así que debí darte respiración boca a boca y buscar entre tus bolsas del pantalón –rápido, muy rápido– el aerosol de Salbutamol que siempre llevas contigo y hacer que lo inhalaras por la boca seis o siete veces, hasta que por fin empezaste a respirar de nuevo. Luego, vinieron diez días de hospitalización, sello de agua en pulmón izquierdo, fracturas costales y de clavícula. Te debo la vida, le dije. Le debo la vida, lo sé. Y en este punto en especial, soy un deudor vasto: también le debo la vida a Jacobo y Adelaida mis padres, a Lucio mi cuñado, a Ricardo mi hijo. Y todas, sin excepción, son deudas impagables.

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Estoy en deuda conmigo.

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Tengo aquí muchas instantáneas. Algunas en blanco y negro, otras en color, aunque algunas, por el paso de los años se han ido destiñendo: tengo la de aquel día en que mis amigos y yo salimos huyendo de una casa a donde nos habían invitado a una fiesta, porque un servidor, ya guitarra en mano y tres cervezas entre pecho y espalda, empezó a cantar cosas que a la familia, que apenas conocíamos, le lastimaban los oídos y el espíritu; tengo la del día en que decidí separarme del grupo, de diez amigos, con los que vivía, mientras cursaba la universidad, porque yo quería vivir solo, estar en silencio, escribir lo que traía atorado en la garganta y porque, perdonando la expresión –de verdad, ruego se me perdone, pero comprendan, sólo tenía diecinueve años–, porque quería ser poeta.

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Tengo aquí esta otra, en la que camino, a paso lento, por avenida universidad mientras llovizna; voy sin rumbo y sin pensar en la hora en que volveré a casa. Camino, soledad, llovizna, eso es todo; creo que es una de las fotografías más hermosas, si no la que más. Siempre seré un hombre solo. En pareja, en familia, con amigos, en el trabajo, entre la muchedumbre: solo. Tan fuerte es esta imagen, que la escribiré veinticinco años después en aquel poemario editado por la UAT cuyo título, justamente antipoético, resultó ser Escarbar.

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La del día en que fui aprobado para el ingreso en la subespecialidad de cirugía pediátrica en uno de los hospitales más representativos del país, esa es loquísima, por inesperada, por ser el mayor sueño profesional convertido en realidad y por el número de Residentes aceptados en mi generación: cuatro. Luego, la primera intervención quirúrgica en un niño que tuve a bien efectuar, uno de los primeros días de junio del ochenta y cuatro, claro, guiado por mi compañero médico de mayor jerarquía.

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La noche, cuando cantamos guitarra en mano, mi padre, mis tres hermanos, mi madre y yo: y tuve la sensación de que el tiempo se detenía justo en ese momento.

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Las crisis de pánico una y otra vez, devastadoras, a cualquier hora del día, en cualquier lugar –nunca en el transcurso de un procedimiento quirúrgico, debo aclararlo–, hasta que una de esas, me llevó a la Unidad de Cuidados Coronarios en un hospital del alta especialidad. Y después, pasar la prueba de esfuerzo: correr en la banda sin fin, literalmente, por tu vida, para al final escuchar la voz, ¿alegre?, del cardiólogo: ¡excelente!, puedes seguir viviendo a costa de tu corazón.

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La noche interminable cuando en Tampemol, rodeado por los ancianos del pueblo, a la luz del quinqué, pasé la noche más disneica que niño alguno –cinco años– en el mundo, pudiera pasar. Siempre he pensado, cuando recuerdo esta fotografía, que no era casual la presencia de los ancianos del poblado rodeando a un niño que en cada respiración parecía morir. Algo esperaban.

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Hay más fotografías. Muchas más. Pero ya no me da el tiempo, ni tengo el humor o la desvergüenza, para ponerlas aquí todas. Además, algunas recientes jamás las podría poner en sitio alguno; nunca, nunca de verdad lo haría. No lo soportaría, no al menos ahora. Pero ahí están, no puedo negarlo. Y no me atormento demasiado por que así sea: sé que todo ser humano tiene en su haber, fotografías propias –vivencias, pues– que nunca mostraría.

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Así que ahora describiré la fotografía de mi presente: estoy sentado, frente a una computadora, mi cuerpo sigue siendo en extremo delgado; el pelo aún crespo, aunque ya entrecano. Los anteojos son los mismos, quiero decir, yo no sería yo si no llevara lentes. Visto pantalón de mezclilla y camisa en cuadros pequeños en tonos verde claro, blanco y gris. Por dentro, sigo igual que siempre: sin sosiego; precisamente ahora, caen por la espalda llamas de lumbre y entre pecho y garganta llevo un nudo –ciego seguramente– que sólo por momentos logro deshacer; tal vez por la noche, cuando ingiera tranquilizantes menores indicados por un profesional, lo logre del todo, y sólo por unas horas.

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Antes de terminar, veo aquí esta imagen que no podría dejar de mostrar: es mi hija, la menor. Estamos en una fiesta. Toma el micrófono y, sobre una música pregrabada de acompañamiento, empieza a cantar esa joya de canción que es El hombre del piano. Canta como yo hubiera querido cantar una vez; una sola vez en mi vida hubiera deseado cantar como ahora lo hace mi hija. Su voz le brota nítida, clara, tan clara como sus quince años: toca otra vez viejo perdedor/ haces que me sienta bien/ es tan triste la noche y tu canción/ sabe a derrota y a miel. Yo no sé si llorar o salir corriendo hasta alcanzar el horizonte. ¡Qué hice, digo en mis adentros, para merecer tanto!

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Pero volvamos a la foto de este momento: me pongo de pie, dejo las letras; voy a la ventana, miro largo rato el cielo oscuro sin estrellas. Vuelvo a la mesa. Quiero seguir escribiendo. Todavía no soy poeta, no al menos el que soñé a los diecinueve. Espero no llegar a serlo nunca: todos los días dejar la vida en el intento y nunca serlo.

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Tomo la guitarra que está por ahí, cerca. En casa siempre hubo guitarra y siempre estuvo cerca. Doy un acorde, quiero cantar. Cuál es mi canción a los sesenta años. ¿A mi manera?, ¡no me jodan! ¿Cantares, Unicornio?, podrían ser. ¿Si te preguntan de mí?… ¡sí, esa!, la que escribí con mi hermano cuando andábamos en los veintiuno, ¡esa es! Y empiezo a tararear –estoy solo: la noche, la guitarra– una canción que sólo diez o doce amigos conocen.

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Estoy aquí. La Vida y La Muerte no dijeron lo contrario. He llegado a los sesenta años. No parece que así sea. Todavía no lo creo.

 

 


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