SIGUE ADELANTE. ESTOY A TU LADO

ARTURO GUERERO CAMERO

Sigue adelante. No tengas miedo. Voy a tu lado. Tal parece que ayer me fueron dichas esas palabras. En realidad las escuché hace más de treinta años.

Es un sábado como cualquier otro. El sol abraza la calle en la que crecí. Ahí estoy siempre buscando algo por hacer.

Sentado en la soledad de mi esquina (y es que no recuerdo él motivo por el cual estaba solo, sin algún otro amigo de mi edad), en ese momento observo que al final de la calle están colocando una red para jugar  Volibol. Mi curiosidad infantil me lleva hasta ahí. Son los vecinos que viven al fondo de la calle. Mi hermano mayor Alfredo está con ellos y entre bromas y risas colocan una red para jugar. Hacen dos equipos. La verdad no recuerdo si es que juegan bien o mal, pero aún me parece escuchar sus gritos, las bromas y apodos que se dedican unos a otros entre risas. Claro que yo apoyo a mi hermano Alfredo. Está ahí, fiel a su costumbre discutiendo cada jugada, pero riendo feliz.

El juego llega a su fin, pero no así las risas. De pronto escucho los planes de ir a nadar a un balneario, me acerco enseguida a ellos.–¿Quieres ir?—pregunta mi hermano. ¡Claro que sí! Voy corriendo a pedir permiso a mi madre y a los pocos minutos ya voy con ellos en la parte trasera de una camioneta. Todo es alegría, no paro de reír. Llegamos a un camino de terracería el cuál corre a un costado de un ancho canal de riego. Tengo sólo ocho años y hace algunos pocos meses que he llegado de Antiguo Morelos. Él único canal de riego que conozco es el  pasa a una cuadra de las casa de mis padres, pero éste es muy angosto en comparación del que ahora veo. ¡Un pato! ¡Una garza! Grito asombrado al ver esas aves en el agua. Aunque sé que algunos de los amigos de mi hermano ríen de mí, también estoy seguro que él me escuchaba con atención. Hola

¡Ya llegamos! Dijo alguien. A un lado del camino veo un anuncio con letras azules que dice “El Nacimiento”. Había escuchado hablar de ese lugar pero no lo conocía. Enseguida se detuvo la camioneta bajé lleno de curiosidad, corrí a la orilla del agua y la vista a mis ojos fue en verdad hermosa. Aguas cristalinas con un color verde claro brotan de una cueva al pie de la gran montaña. Hay muchos pequeños peces en la orilla y familias enteras disfrutando de aquél hermoso lugar. Camino de un lado a otro hasta que mi hermano me llamó a su lado.

Nuevamente soy testigo de su alegría, y entre carcajadas los vi a uno de ellos y entre bromas fue q dar al agua. No podía dejar de reír. En cuánto pude pedí permiso a mi hermano para entrar al agua. — ¿Sabes nadar?—me pregunta seriamente. –Sí, en el canal aprendí y nado muy bien—dije orgulloso. Me pide que lo espere y enseguida regresa con una cámara de llanta, de esas que rentan en el lugar para quienes no saben nadar. No es de mi agrado porque sé que no la necesito, pero las ansias por entrar al agua me hacen aceptar y subir a ella. –Vamos a la otra orilla—dice mientras toma la cámara con una mano y  con la otra comienza a nadar. Descanso plácidamente en ella, veo el paisaje feliz y asombrado. La montaña se ve más alta que nunca y justo en el centro del Nacimiento, la otra orilla se ve muy lejana que al inicio de la travesía. De pronto mi hermano detiene sus manos y se aferra a la cámara. – ¿Seguro que sabes nadar? – pregunta. Todavía no termino mi respuesta y siento la cámara girar haciéndome caer al agua. Ante mis ojos pasan burbujas y más burbujas de agua cristalina. Mi instinto más que nada me hace mover los brazos y salir a la superficie. Veo a mi hermano abrazando la cámara riendo de mí. —si sabes nadar vas a llegar a la orilla nadando—por un momento pienso que bromea, pero enseguida me doy cuenta que habla en serio. Comencé a nadar.

Avanzo lentamente, una brazada y una patada a la vez. Llegó el momento en el que siento la desesperación se apoderándose de mi mente. Escucho la voz de mi hermano. ¡Sigue adelante! ¡No tengas miedo! ¡Voy a tu lado! Nadé con fuerza. No puedo decir si lo hice de forma veloz. Pero llegué.

Es mi primera visita a El Nacimiento. La primera vez que cruzo sus aguas nadando. Confieso que aunque una parte de mi tiembla de miedo, sé que no estoy sólo. Mi hermano Alfredo está ahí.


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