¡TODO POR LA LLUVIA!

ALICIA CABALLERO GALINDO

No para de llover. Si te fijas, Pedrito, no sopla ni una brizna de viento y pareciera que una regadera gigante estuviera descargando el agua sobre la ciudad. De hecho, ya llegué tarde a la oficina, lo malo es que checo con mi huella digital, ni modo que algún compa lo haga por mí. Eso sí que es una desgracia, ya no nos podemos ayudar.

Baldomero Argumedo se asomaba por la ventana del bar donde hacía estación antes de llegar a la oficina por las tardes; era un mal hábito, pero ni modo, así era él y no lo podía ni lo quería evitar. El cantinero, Pedrito, quien le servía sus copas en la barra, siempre le guardaba a esa hora su lugar al lado de la ventana; le  gustaba ver el movimiento de la calle mientras  bebía, disfrutaba viendo los rostros de los transeúntes y jugaba a adivinar sus pensamientos según sus expresiones. Baldomero no tenía en su casa a quién rendirle cuentas, y en la oficina yo creo que algunos de sus compañeros ni siquiera sabían que existía; todos los días checaba y subía por la escalera a la segunda planta, dejando atrás el bullicio que desde el pasillo se escuchaba y se veía a través de los cristales en la planta baja. Cuando llegaba a su escritorio, después de subir prácticamente a gatas al segundo piso de aquel vetusto edificio, ya iba con los ojos viscos por la  ingestión de sus copas de tequila. Su trabajo le permitía esos lujos, ya que tenía muchos años como encargado de los archivos muertos de las defunciones y nacimientos del siglo pasado; virtualmente vivía entre papeles muertos, rara vez pedían un acta vieja, menos ahora que todo estaba digitalizado, nadie acudía a su departamento en busca de información, por lo tanto, dormía la mona sabroso después de echarse el tanque de copas. Propiamente a nadie le importaba su vicio ni su trabajo porque casi nunca hacia nada; suele suceder que existan empleos así. A Baldomero le permitían sus vicios y excentricidades porque tenía muchos años de servicio y no deseaba jubilarse, para él su trabajo  era como su casa. ¡Ah! Tenía un ayudante, Tomás, era medio sordo y cojeaba de la pierna derecha porque tuvo un accidente en el trabajo; un día se resbaló y se hizo dos fracturas en la pierna; para  evitar líos prefirieron conservarlo cuando se recuperó, era más fácil dejarlo trabajar al ritmo de su incapacidad que indemnizarlo y, como no reclamó, pues ahí estaba con Baldomero. Eran los únicos que trabajaban en el segundo piso de aquel edificio. Era todo un espectáculo, la raza les llamaba Batman y Robin, sin embargo, los que tenían, más años ahí y conocían su historia los respetaban, aunque eran ya muy pocos.

Baldomero, por fin, cuando bajó la intensidad de la lluvia, abrió su viejo paraguas negro, al que le faltaba una varilla y, armándose de valor, se lanzó a su trabajo que estaba a dos cuadras del bar. Pedro lo despidió con una palmada en el hombro y siguió con sus parroquianos. Al llegar a la puerta del edificio, cerró con parsimonia su paraguas después de sacudirlo, miró hacia el cielo y movió la cabeza con preocupación, volvió los ojos al portero diciéndole:

-Viene más agua, don Roge, debemos estar preparados. Mis huesos me lo dicen y esos no fallan.

Subió las escaleras como de costumbre, dando tumbos y recargándose en el viejo barandal, que crujía con las sacudidas de Baldomero al detenerse para no irse de cabeza. Su escritorio estaba entre estantes llenos de contenedores transparentes donde se almacenaba las actas originales, todas  estaban ya en el sistema, pero él se sentía importante porque sabía dónde estaba cada uno de los papeles que tenía almacenados aunque nadie le pidiera nada. Se sentó en su silla, desde ahí, por una ventana que se encontraba a la altura de su escritorio, veía el ir y venir de la gente que corría para refugiarse del viento y la lluvia que arreciaba; se avecinaba un huracán y Baldomero ya tenía todos sus archivos cubiertos con plásticos para protegerlos de la humedad. De pronto, vio desde su ventana cómo un viejo poste de luz caía sobre un transformador, produciendo un sonido muy fuerte e impresionante seguido de una deslumbrante cascada peligrosa de chispas azules; por fortuna nadie pasaba por ese lugar, pero de inmediato la corriente eléctrica se extinguió en todo el sector. Tomás, con el trapeador en la mano, se acercó cojeando y se quedó hipnotizado viendo el espectáculo.

Baldomero, para espantar el sueño y disfrutar la vista, le pidió a Tomás que le subiera un café de la cafetería que estaba en la entrada; no era la gran cosa, pero serviría para no dormirse y disfrutar del hecho de salir de la rutina.

Mientras tanto, en la oficina de abajo el caos se hizo, sin electricidad todo estaba parado; se quedaron con un informe urgente de nacimientos y fallecimientos de muchos años atrás, debían entregarlo a toda costa, pero no había sistema. El director del departamento estaba histérico por la presión. Se hizo un profundo silencio, solo se escuchaba el jadear del jefe y sus pasos desesperados. En medio de tal ambiente, escucharon a Tomás en la cafetería, en ese momento todos los ojos se volvieron al viejo conserje y se acordaron de Baldomero.

-¡Baldomero y Tomás pueden ayudarnos! Ellos tienen todos los originales, a falta de sistema…

Se escuchó una voz joven que fue como un arrullo para el jefe, a quien le empezaban a llorar los ojos y a inflamársele las venas del cuello. Tomás, ajeno a lo que se les avecinaba subió con el café de Baldomero, que estaba aún atontado por los tequilazos que se había tomado.

En un santiamén, el jefe ordenó que organizaran los datos faltantes y subieran al archivo muerto para recabarlos; los jóvenes que solo sabían de computadoras no estaban contentos, desconocían cómo hacer una investigación directa, y con velas y lámparas, porque no había luz. De inmediato subió un emisario a anunciarle a Baldomero que tendría que trabajar, creyó que se molestaría, pero grande fue su sorpresa cuando aquellos ojillos apagados y rugosos adquirieron el brillo de otros tiempos. En menos de un cuarto de hora, su archivo estaba lleno de gente desorientaba que no sabía qué hacer ni por donde comenzar. Baldomero se irguió, desapareció su acostumbrada indiferencia, reunió a los compañeros y les indicó dónde buscar cada dato. Sus últimos veinticinco años los había pasado entre esos archivos. Las miradas que antes eran de burla de aquellos jóvenes computarizados, se tornaron respetuosas, aprendieron de la experiencia de aquellos dos fantasmas de la segunda planta. Tomás camino más aprisa que nunca, subiendo y bajando cajas. Aquel lugar se llenó de bullicio, voces, ires y venires de gente, y al poco tiempo el trabajo estaba terminado gracias a Baldomero. Eso de la tecnología no se le daba y nunca aprendió ese asunto de las computadoras, decía que confiaba más en su memoria. Era increíble cómo retenía fechas y espacios donde estaban los archivos. El jefe que había mandado subir su escritorio nuevo para él, miraba complacido el trabajo de Baldomero y Tomás, que, en esta ocasión, sí se ganaron a pulso el título de héroes, porque salvaron al jefe que, a pesar del corte de energía eléctrica, terminó a tiempo su trabajo.

Pasada la contingencia todo volvió a su ritmo, pero la lección aprendida por los de la planta baja fue buena, ahora saludaban a Baldomero, que se quedó con el escritorio nuevo del jefe como premio, y a Tomás lo ayudaban a subir, debido a su cojera. ¡Y todo por la lluvia!

Cuento tomado del libro “DONDE QUEDÓ LA BOLITA” (2018)

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