TRÁTESE CON CUIDADO, CONTIENE SUEÑOS

CARLOS ACOSTA

El vendedor de chicles anda por las banquetas de la ciudad. Ágil, cruza de una acera a otra y luego vuelve, lo hace muchas veces en el transcurso de la mañana. Es un hombrecito de diez años. A fuerza de recorrerlos a pie todos los días, se sabe de memoria los laberintos del centro; conoce sus esquinas, los atajos, las penumbras, los escondrijos prohibidos. Camina de prisa, como si buscara algo, como si quisiera encontrarse con alguien. Lleva el cometido de una imposible venta diaria en cafés, restaurantes, peluquerías, oficinas de gobierno y en las propias calles. Vender chicles le parece un negocio rentable. Nada menos, hace tres meses logró comprarse una camisa de rayitas grises que luce, en especial, los domingos por la tarde. Pero en su andar hay algo más.

Vaga por escarpas agrisadas. ¿Vagar es el verbo apropiado? Hace unos días, dos señoras que estaban por entrar a un Café exclusivo, lo señalaron cuando les ofreció lo que vendía. Eres un vago, dijeron, a estas horas deberías estar en la escuela. No sabían, nunca sabrán, las muy distinguidas damas, que él, va en horario escolar vespertino y que además es alumno sobresaliente. Le viene una ráfaga de impotencia y rabia. Pero nunca fue bueno para el rencor. Olvida pronto. No, no es asustadizo ni es que le circule atole por las venas. Algo bueno tendrá el hecho de que es, en buena medida, un despistado. Deja ir pronto lo que sucede. No se aferra a lo que ya fue. Camina de nuevo. ¿Vaga? ¿Sueña? Ahorita, son apenas las diez de la mañana. Había empezado a las ocho y media y  ya lleva casi media caja vendida. No viene mal el día.

El niño que trabaja entiende que hay qué hacerlo. No se queja ni se amarga. Mucho menos se avergüenza. Conoce bien su trabajo. Sabe en cuáles lugares y a qué horas hay más venta. Además, aquí todos trabajan: el padre toca guitarra, en hermano mayor vende billetes de lotería, la madre confecciona ropa ajena. El trabajo dignifica, escucha decir a sus mayores y su ser se impregna de esas palabras.

Poco antes del mediodía vuelve a casa. En promedio, vende una y media caja en dos jornadas. La venta mejora los sábados porque ese día es doble turno. Nadie se lo exige. Él, por su cuenta va tomando ya desde temprana edad sus decisiones. Hace cuentas. Guarda las ganancias, deja en resguardo lo necesario para comprar la próxima cajetilla. Luego come algo. Y un poco antes de la una y media de la tarde se va a la escuela.

Son seis cuadras las que hay que caminar. Pero vaya, si en el transcurso de la mañana caminó más de dos kilómetros en ir y venir por calles céntricas, que no pueda andar ahora esta breve distancia. Carga los libros con su mano y antebrazo pegados a su costado izquierdo. Va de prisa. Como si buscara algo, como si quisiera encontrarse con alguien.

Por la noche, antes de dormir, mira desde la oscuridad de su cama, el cielo raso de la casa. Sus hermanos ya duermen. Para ellos es muy fácil quedarse dormidos. Para él no, a saber por qué la diferencia. Mirar en la oscuridad es no ver. Por más que abre los ojos, lo único que encuentra es negrura. Tal vez debido a ello, sin miedo ni desilusión, hace uso de su fantasía: Cuando sea grande seré astronauta, dice en voz baja. Mañana terminaré de vender lo que faltó de la cajetilla, planea. Y surtiré otra más. Sin saber en qué momento, queda dormido: no tiene aun edad suficiente como para pensar que, tal vez, así de simple, es morir. Así.

El hombre pequeño, el que tiene diez años y trabaja, no es ejemplo para nadie ni personaje para relato alguno. Nada qué ver con el drama que subyace en las calles que camina, ni con la violencia que, a cada paso, padece y sortea en la ciudad. Es un chico que, contra las normas internacionales de buena convivencia social y derechos legales de los niños, se ve precisado a trabajar.

Lo sabe, tampoco es tan inocente como a primera vista parece: otros niños, mayores o de su edad, venden otro tipo de chicles –por llamarles de algún modo– con los cuales tienen cuantiosas ganancias. No desconoce el tema. Lo han invitado. Pero no, hasta hoy no le entró. ¿Mañana lo hará?, no lo sabe.

Amaneció hace tres horas. Un sol rabioso cae sobre la ciudad delirio. De nuevo la gente invade las calles. Todos parecen saber a dónde se dirigen. Autos de todos colores y sabores se amontonan en la estrechez de las calles. Ambulantaje a granel. El vendedor de chicles va por la banqueta. Temprano desayunó tres piezas de pan y un vaso de leche. ¿Qué habrá más en el mundo, autos o personas? Sonríe para sí ante una de sus preguntas preferidas. Es un hombrecito de diez años. Camina de prisa, como si buscara algo, como si quisiera encontrarse con alguien.

 

 

 


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