UN VIAJE PERFECTO

ARTURO GUERRERO CAMERO

Se niega a caer en ese abismo frío y relajante que parece quererlo absorber en medio de aquella cama. Abre los ojos para entrecerrarlos en cuánto una luz blanca lastima su mirada. En medio de la confusión en que se encuentra se dibuja la silueta de un ángel con ropas blancas resplandecientes que camina de un lugar a otro, uno más llega a su lado, agita sus alas mágicas, le regala una sonrisa y se retira. No quiere estar en ese lugar, en voz baja pide una y otra vez lo dejen marchar a casa, petición denegada. Cierra los ojos, de inmediato a su mente llegan momentos mejores. Una ligera sonrisa se dibuja en sus labios ante el recuerdo de su madre.

Eres un cabeza dura muchacho, pero tienes buen corazón.

Corrían los años sesentas; el mundo giraba al ritmo de “esa música endemoniada” como le decía su abuela al naciente rock & roll. Sobre sus hombros descansaba un abundante cabello lacio color negro, su vestimenta, camisa color naranja y pantalón morado como las uvas.  Eran días de estudiar por las mañanas y pasar las tardes con sus amigos escuchando música, soñando con un mundo nuevo, libre de prejuicios sociales, sin guerras, un mundo de amor y paz. Su madre, pobrecita su madre de andar lento y voz dulce. Ella tenía que ser madre y escudo a la vez para su hijo ante la fuerza del padre. Es un parásito, bueno para nada; sólo le gusta perder el tiempo con esos greñudos que llenan su cabeza de humo. No pasaba un día sin que su padre dijera esas palabras llenas de enojo, y su madre, siempre ella las recibía por él. No me entiende mamá, no se quiere dar cuenta que el mundo está  cambiando, ya no somos esclavos “del qué dirán”, somos una nueva generación. Hay mijo, ojalá ese nuevo mundo tuyo nunca  deje de girar, procura hacerle caso a tu padre, él quiere hacer de ti un buen hombre. Y lo soy mamá, soy un buen hombre que se niega a ser como todo el mundo quiere que sea. Hay niño,  tienes la cabeza dura, pero un buen corazón.

Su padre, hombre de piel curtida por el sol. Ojos que cuando miraban fijamente parecían mirar hasta los pensamientos. No era un hombre hecho de letras; como el mismo decía,  se hizo a base de darse topes con la vida, tropezar con piedras, caerse, pero siempre sin detenerse a quejarse por el dolor. Un día corrió treinta kilómetros de ida y otros tantos de regreso, lo hizo para comprar unas medicinas porque no te dejaban en paz las fiebres, contaba su madre. En aquellos años pocas veces hablaron. No me entiende decía uno a quien portaba el galardón de madre, y otro las mismas palabras a quien llevaba el galardón de esposa. Estudia muchacho, estudia mucho, para que no tropieces con las mismas piedras que yo; palabras de su padre.

Cuándo la educación secundaria llegó a su fin, después de festejar toda la tarde, justo al momento de marchar a dormir, vio a su padre, solo, sentado en una silla del comedor, diploma en mano, el orgullo brillaba en sus ojos. Poco después se creó una zanja de ideas entre ellos, pensó que nunca más vería esa chispa en los ojos de su padre, se equivocó. Cuándo concluyó sus estudios universitarios, al recibir su título, entre la multitud que asistió a la ceremonia no había ojos más abiertos y felices que los de su padre. Pensó que había cumplido con su viejo, que ese sería su mayor orgullo. Pero otra vez se equivocó. El día de su boda sintió su abrazo  lleno de frenesí, y cuándo  depositó en sus manos el primer nieto, vio como sus  ojos cansados se llenaron de vida y derramaron lágrimas, que sin saber por qué, hicieron que sus ojos se desbordaran de igual forma.

Llegó el día en él que su padre cerraría los ojos para siempre y alcanzaría a su madre, allá,  en “la mejor vida”, como ellos decían. Se sentó a un lado sujetando con delicadeza su mano, unos ojos casi sin chispa se abrieron y lo miraron, tuvo que pegar su oído a los agrietados labios para escucharlo decir… aunque hubo años que no te entendía, siempre fuiste mi orgullo, gracias a Dios tú si me entendiste a mí, y te hiciste el hombre que siempre quise que fueras. Quiso responder muchas cosas, quizá pedirle perdón, quizá  gritarle que lo amaba, pero no pudo; la mano de su viejo soltó la suya, sus ojos se cerraron.

Siente un golpe en el pecho, su cuerpo brinca por el impacto de la electricidad. Abre los ojos lo más que puede, ellos están ahí, su madre y su padre lo miran sonrientes. Los ángeles vestidos de blanco son ahora enfermeras que corren de un lado a otro dando voces llenas de alarma. Ya no siente temor; su madre extiende los brazos, él se pone de pie, con alegría infantil se abraza a sus padres.

Tenía un gran corazón,  pero no pudo más,  se ha ido. Escucha decir a una enfermera al tiempo de verla cubrir su rostro con una sábana blanca.

Toma la mano de sus padres, marcha con ellos.

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