VICTORIA Y ANEXAS

ambrocio

Anexas/Ambrocio López Gutiérrez/TRES MESES EN UNA COMBI

Haciendo un paréntesis en mis accidentados estudios me ofrecí como voluntario para participar en una tarea política que, en mis años de adolescente, me pareció de lo más trascendental ya que recorreríamos ciudades, pueblos y rancherías en los estados de Puebla, Tlaxcala, Veracruz, Tabasco, Campeche y Yucatán recolectando firmas de personas mayores de edad y apoyar el registro electoral del Partido Comunista Mexicano, venerable organización ya desaparecida donde aprendí marxismo rudimentario y los valores socialistas cuya defensa ha provocado que algunos de mis amigos me consideren un sujeto con capacidades diferentes.

Luego de quince horas de viaje desde Reynosa, donde vivía en los años setenta, llegué a la Ciudad de México donde tuve la suerte de conocer a Lorenzo El Magnífico y a Cirilo El Salado, ambos de Guadalajara, quienes serían mis compañeros de viaje de tres meses, a bordo de una combi, en la que recorrimos miles de kilómetros conociendo parajes paradisíacos del sur de la república, además de interactuar con decenas de personas generosas y hospitalarias que nos compartían su comida, el espacio modesto que poseían y su tiempo ya que, en cada localidad, muchos hombres y mujeres, principalmente jóvenes, se sumaban a las actividades de recolección de firmas y de afiliación al PCM.

En la ciudad de Puebla comenzamos con el pie derecho ya que nos establecimos en la entrada de la universidad estatal, junto al Edificio Carolino, donde miles de estudiantes, profesores y empleados, hombres y mujeres firmaron las listas para impulsar legalmente la reforma política de gran calado que había ofrecido el entonces presidente José López Portillo quien, a la postre, reconocería a los comunistas, al Partido Socialista de los Trabajadores y al Partido Demócrata Mexicano como entidades de interés público ya que durante aquel sexenio los partidos y las asociaciones políticas fueron elevadas a rango constitucional.

Después de casi diez horas de actividades nos quedaban fuerzas para la convivencia y los poblanos nos instalaron en una casa del centro histórico que funcionaba como oficinas, comedor y dormitorio bajo la vigilancia autoritaria de Enedino, un indio de la región que tenía dificultades para caminar por secuelas de polio, pero también batallaba para expresarse en español porque sólo había hablado en su lengua original hasta la adolescencia.

Recuerdo que con las primeras cervezas que le invitamos a Enedino se disiparon sus actitudes dictatoriales y ya de madrugada entonaba canciones en su lengua materna interrumpiendo sus tristes interpretaciones artísticas para contarnos su desgraciada niñez y cómo “los compañeros del partido” lo habían “liberado” para llevarle a la ciudad donde le hicieron responsable de la vigilancia de la casa donde despachaban algunos de los líderes más destacados.

Enedino se sumó a nuestra brigada y nos acompañó por varias localidades poblanas promoviendo la reforma política pero también era incansable bebiendo cerveza y pulque que le transformaban el semblante de indio taciturno por el de un hombre despreocupado, optimista y convencido de que “nomás el comunismo puede lograr la verdadera justicia para los pobres”.

En Tlaxcala nos acompañó Roberto El Papalotla quien era pasante de Derecho por la UAP, pero vivía en el pueblo que era el origen de su apodo que presumía diciendo que cuando ingresó a la facultad nadie conocía su comunidad pero que, cuando dijo de donde era, Papalotla alcanzó celebridad lo cual le llenaba de orgullo (varios años después se tituló como abogado y fue alcalde de su municipio).

Nos encaminamos hacia Veracruz, pernoctamos en Orizaba donde nos hospedamos en casa de un matrimonio de clase media que tenía un hijo pequeño, muy listo, que se llamaba Galileo y que se encariñó con los jóvenes desliñados que promovían la legalización del comunismo como opción electoral; nuestros anfitriones se empeñaron en que camináramos hacia las faldas del volcán lo cual hicimos una fría mañana fortaleciendo las piernas y los pulmones.

Luego de recorrer algunos otros municipios llegamos al puerto de Veracruz donde nos recibió el abogado Chávez quien daba clases en la universidad Veracruzana, era soltero, vivía con una hermana y se sonrojó cuando nos dijo que durante nuestra estancia celebraríamos la navidad y el fin de año con una buena cena la cual organizó en forma generosa pues hubo pavo para todos y toda la bebida que cada quien pudiera consumir, además, salimos a las calles jarochas a la fiesta de La Rama cantando: “una limosna para este pobre viejo que ha dejado un hijo para el año nuevo” y la gente salía de sus casas a darnos más comida y bebida.

Fue un una localidad veracruzana cuyo nombre no recuerdo donde Cirilo hizo honor a su mote de El salado ya que, a pesar de que nos tenían unos catres para dormir en una casa, él se empeñó en dormir en la combi donde lo encontramos a la mañana siguiente con la cara hinchada por los golpes que le dieron unos vándalos que robaron los espejos del vehículo y, aunque nuestro camarada intentó evitar el acto reclamando la conducta de los malandrines, ellos eran tres y le golpearon, se llevaron los retrovisores pero lo que más le dolió es que se llevaron el saco de pana café que Rodolfo El Chicalli le había regalado cuando regresó de Moscú.

Pero nada nos detenía, éramos los héroes socialistas de la nueva democracia mexicana y allá vamos para Minatitlán y Coatzacoalcos pasando por Jáltipan y Cosoleacaque donde nos impresionó el tamaño de la planta de azufre que era dirigida por uno de los hijos del sindicalista Fidel Velásquez Sánchez quien en aquellos años ya era viejo, pero estaba vivo y gozaba de cabal salud.

Cuando llegamos a Tabasco ya llevábamos casi dos meses de viaje por el sureste de México, estábamos algo cansados y aburridos, pero nos animamos cuando un empresario y editor a quien llamaban El Alacrán nos hospedó en las instalaciones de su periódico, nos asignó a su hermano para que nos guiara por la región de La Chontalpa donde tuvimos oportunidad, en nuestro tiempo libre, de admirar las ruinas arqueológicas que mostraban la grandeza de los indios chontales.

Luego de disfrutar de la hospitalidad de El Alacrán y su familia fuimos a Jalpa de Méndez, Puerto Paraíso, Frontera y Villahermosa constatando en las calles y plazas la certeza de que los tabasqueños son una de las sociedades más politizadas ya que personas de diferentes clases sociales carecen de prejuicios dando la apariencia de que todos son felices, haciendo honor al pegajoso tema musical que recomienda: “Ven, ven, ven, vamos a Tabasco que Tabasco es un edén”.

En Campeche no teníamos contactos, entonces sólo improvisamos algunas tareas en las plazas principales de Champotón y la capital estatal donde pudimos admirar los respectivos malecones donde siguen instalados los cañones que en otra época defendían las costas mexicanas de los piratas que se convirtieron en una verdadera epidemia en las tranquilas aguas del Golfo de México.

Cruzamos Isla del Carmen y en panga llegamos al lugar conocido como Isla Aguada para tomar rumbo a Mérida llegando por la noche con hambre y con mucho sueño lo cual no impidió que recorriéramos las calles como si descubriéramos un nuevo mundo ya que, como jóvenes casi adolescentes, era nuestro primer viaje de tantas semanas y la mayoría de las localidades eran desconocidas pues nuestra única referencia sobre ellas eran los mapas.

Nos instalamos en la vivienda de una enfermera del Seguro Social quien, durante nuestra estancia en Yucatán, se fue a vivir con una de sus compañeras y los camaradas Roger, Pinelo, Chablé y otros miembros del comité surtieron la despensa con comida suficiente pero también con abundante bebida y nos dimos gusto con las cervezas yucatecas (Montejo, León Negro y Carta Clara) que todas las tardes y noches apagaban nuestra casi permanente sed.

A punto de concluir el recorrido debo decir que Lorenzo El Magnífico, aparte de manejar la combi, era nuestro líder, nunca se distraía, su disciplina era casi militar y me lo expliqué después cuando me enteré que su trabajo permanente era de mesero en el restaurante de un lujoso hotel de Guadalajara; en cambio, Cirilo El Salado fue reclutado por los comunistas en el mercado de San Juan de Dios donde se ganaba el pan haciendo mandados y ambos coincidieron conmigo en uno de los viajes más placenteros y aleccionadores de mi vida; que Dios los bendiga.

Correo: amlogtz@prodigy.net.mx


A %d blogueros les gusta esto:
comprar-ed.com