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Hoy desperté con tristeza, una tristeza de esas dulces, que se meten despacito en los huesos como un animal; no la había sentido desde hace muchos años. No parece haber ninguna razón objetiva y como en este mundo normalizado siempre tiene que haber razones objetivas para estar triste de pronto estoy tentada a recriminarme. Pero no. No puedo juzgarme por estar triste como no puedo juzgarme por tener una nariz a medio rostro ni por la curvatura de mis falanges..

Mi parte lógica, entonces, intenta hacer su taxonomía recordando otras tristezas, por ejemplo esa que permanece ovillada detrás del diafragma, como una piedra que una arroja a un pozo, o esa otra que se transforma en fuego, que nos sacude el cuerpo y nos impele a quemar paredes. También está la tristeza que se nos trepa a los hombros como una niña para mirar la copa de los árboles, las azoteas de las casas, la nube más lejana.

Y creo entonces que esta tristeza viene de las veces que no tuve tiempo para llorar. No necesariamente cosas trascendentes, como la vez que perdí mi juego de té de la infancia, luego están esas cosas que sí son importantes, como la última vez que oí a mi abuela al teléfono y le dije te quiero, y la lucidez no volvió a su mente… Y, claro, todas las tristezas que he extraído del cuerpo de mis hijos, en los días amargos, para ponerlas en el mío.

Pienso, es también un hábito, a veces el cuerpo necesita estar triste para limpiarse de las pelusas emocionales que se le pegan a la superficie. La tristeza es, pues, un antídoto contra tanta motivación, tanta explotación de la felicidad, que nos recuerda nuestro lado más humano, que nos hace entrar en sintonía con todos los dolientes del mundo y, finalmente, ver con mayor gratitud un rayo de Sol.

Mi hijo siempre nota, aunque yo lo calle, aunque parezca no haberse movido nada en la superficie de mi rostro, los días en que estoy triste y los días en que estoy feliz. él es quien mejor me lee el alma en este mundo. Y cada vez que me describe, de forma espontánea, lo que estoy sintiendo, recuerdo los días en los que él era un bebé y yo, literalmente, olía sus emociones, sabía con claridad cuándo tenía hambre y estaba a punto de llorar; aunque su sueño era irregular, sabía con precisión cuando estaba a punto de despertar y cuando se sentía incómodo. Cada emoción y sus estados de vigilia y de sueño tenían olores particulares, podía olerlos incluso desde otra habitación. Yo creo que eso es el instinto materno. No es algo a priori, es decir, no es una condición con la que las mujeres nacemos y por ello “debemos” o “estamos destinadas” a ser madres, sino algo que se activa cuando nos sintonizamos con el hijo. Como cualquier otro instinto, su función es la supervivencia. Esta es la sabiduría del cuerpo.

¡Bienvenido, 2020!, te siento como si fueras un hijo mío, te rodean circunstancias difíciles, pero seré contigo como la madre responsable de darte la mejor forma posible. Tu antecesor fue bueno conmigo, a pesar de todas las dificultades que una y otra vez se presentaron me sentí amada y protegida, hubo días que me acurruqué sobre mi propia sombra, pero también hubo días que gocé con todos mis sentidos abiertos. Muchas heridas las sanó el amor sincero, y espero haber, en alguna medida, retribuido con el mismo amor a otras personas. A todos mis amigos y amigas, les deseo que este año haya mucho conocimiento, que no falte el pan en la mesa ni el calor en la entraña.

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