CARLOS ACOSTA

1

Ahí está la pareja. Mirémosla bien ya que la escena es mucho más que una visión. Permanecen de pie en la banqueta de la calle. Andarán, según la piel curtida por el sol y el pelo entrecano de ambos, ya rebasando la cuarta década de sus vidas. Los dos son ciegos. Ella lo tiene tomado, con ambas manos entrelazadas, del brazo izquierdo. Él toca una guitarra de madera cuya tapa es color café claro y cuerdas de metal. Los dos cantan. La mujer lleva la primera voz y lo hace de un modo, que en cada nota se le rasga la garganta, y aunque no parece que le duela, al escucharla uno siente que en cualquier momento le saldrá un pájaro en llamas por la boca. Él, además de pulsar las cuerdas, canta en segunda voz.

2

Dos pasos al frente de ellos, en el piso, han dejado un pequeño bote de lámina destinado a colectar el dinero que los transeúntes tuvieran a bien dejarles. De vez en vez, el tintineo de algunas monedas les traerá buenas noticias con respecto a la economía familiar. Detrás, a modo de telón de teatro, hay un cortinaje de metal, en color azul fluorescente, que está cerrado. La gente va de prisa. Algunos los miran con un interés que les dura diez, quince segundos. Otros dejan algunas monedas en el botecito. Otros más pasan sin verlos.

3

La canción les viene de la entraña: mi vida es tu vida/ amor de los dos/ tú me haces sufrir/ ya lo pagarás/ tú no tienes perdón. Luego, un lapso breve de silencio. El silencio es elemento esencial en la música. El dueto de invidentes, toma un respiro, al tiempo que los arpegios de la guitarra se encargan de embellecer el viciado ruido citadino. No sé la hora que es. Olvidé la fecha. Tengo la impresión que vivo un sueño del cual soy consciente y sin embargo no puedo despertar. O una alucinación que desde el primer momento se percibe como transitoria y, a su vez, no termina de pasar.

4

Retoman el canto, ahora se ven más conmovidos: perdóname/ si te he ofendido/ perdóname/ ten compasión. Y no sólo la garganta de la mujer, sino la del hombre también, se desgarra en cada nota. Ambos estiran el cuello cuando vienen los registros vocales más agudos y con ojos cubiertos por sendas gafas oscuras, buscan, o parecen buscar, algo en el cielo. Desde luego, esta reflexión es metafórica, pues, como ya se ha mencionado, a ninguno del dueto le fue dado el natural privilegio de mirar. No buscarán en lo alto aunque así parezca; en todo caso, la búsqueda será cielo adentro. Y esto, en ningún momento se escribe en sentido figurado.

5

Habían empezado de este modo la canción: vivir en el mundo/ con una ilusión/ es loca esperanza/ sufre el corazón. Las primeras notas trajeron consigo una parvada de recuerdos: una banca de madera afuerita en una tienda de abarrotes que fuera de los abuelos, la siete  y su penumbra deslumbrante en la noche que comienza, los momentos previos a la función de cine en el territorio infancia. Pero parvada al fin, se deshizo en el horizonte. Ah que los recuerdos.

6

Después de varios compases musicales –acordes de guitarra en este caso– se repite la segunda estrofa y terminan con el coro. En el instante en que las voces dan las últimas notas, hierve en mis manos la pulsión por aplaudir, aplaudirles mucho y fuerte. Me había descubierto la piel con piloerección en brazos, nuca y espalda, secundada por lapsos de latidos desordenados. Señales ambas, que las emociones pugnaban por desbordar o de plano ya lo habían hecho. Lo más que pude fue acercarme al botecito y dejar en su interior unas monedas.

7

El dueto empieza a reorganizarse: el hombre toma a tientas el bastón que había dejado recargado en la cortina metálica, mientras la mujer, también a tientas, va en busca del bote que hace las veces de monedero. El hombre se tercia la guitarra al hombro y tantea el rumbo para caminar. La mujer vacía el puñado de dinero en un  pequeño morral y lo asegura debajo del antebrazo.

8

A tientas se van. Se puede ver al hombre buscando con el bastón por dónde es más apropiado caminar, calculando si hubiera otras personas, si la calle termina. La mujer dejándose guiar, a un ladito de él, tomándole del brazo izquierdo. Se van. Es un dueto de ciegos que se gana la vida haciendo música en la banqueta de las calles céntricas. Cuatro, cinco, diez cuadras más adelante, en algún lugar impreciso se detendrán otra vez a cantar.

 

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