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miércoles, abril 1, 2020

ANTES DE MORIR

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Carlos se levanta de la cama agitado, ha tenido una pesadilla, tal vez fue por haber bebido tanto antes de dormir, ésa y otras razones son las principales que tratan de darle una explicación a su adolorida cabeza. Con los minutos pasando y el sueño volviendo a su ser, piensa que no fue nada, e intenta volver a conciliar el sueño, pero no puede. Un raro sentimiento de culpa va carcomiendo lentamente lo más profundo de éste. Comienza a pensar que quizá no pueda dormir por aquel recuerdo, ese recuerdo que le provocaba un gran remordimiento incomparable incluso al de haber golpeado a su hermanita cuando ésta tenía apenas cinco años. Él lo sabe, debió frenar, pero no lo hizo, debió haberse entregado, pero prefirió enterrar el cuerpo para evitar problemas, él no sabía que iba a tener un problema mucho peor.

Ya han pasado exactamente seis días desde ese desafortunado accidente y, aun así, él no se toma enserio aquella advertencia que apareció en su sueño. “Patrañas”, le decía a todo lo que se escapaba de su comprensión. Luego de darle un trago más a su botella de líquido amargo, logra volver a dormir y sumergirse en su profundo sueño, pero eso no evita que después de unos minutos vuelva a despertar por la misma pesadilla. Comienza a aterrarse, pero después trata de tranquilizarse…

Sin embargo, los extraños ruidos que empiezan a escucharse alrededor de la casa logran hacer al hombre de treinta años caerse de la cama al igual que un niño pequeño. Carlos comienza a entrar en pánico, como un buen escéptico, cree que algún ladrón trata de entrar a su casa, así que sin perder más tiempo mete su mano bajo la cama y saca un bate de béisbol. Si hay un ladrón tratando de entrar, Carlos no se la dejará fácil, o al menos eso pasa por su borracha cabeza.

Baja las escaleras que dejan oír un rechinido irritante, con su linterna en mano y el bate en la otra, llega a la cocina, pero aun así vuelve a escuchar ruidos continuos y nauseabundos, parecidos a chillidos de miles de ratas siendo hervidas, además, esta vez acompañados de una risa aterradora. ¿Las ratas pueden reírse de una manera tan asquerosa? Él quiere creer que sí. Rápidamente se dirige a uno de los interruptores de luz, pero para su infortunio éste no funciona, de hecho, ninguna lámpara de la casa funciona. Me he encargado de eso yo mismo…

Sólo le queda su linterna. Él, apegado a su escepticismo, piensa que de seguro el ladrón ha cortado la luz. No es del todo cierto, ya que no soy un ladrón. Carlos se sienta en el sofá para esperar ahí, ya más harto que nada, pero cuando voltea a ver la ventana, el pánico se apodera de él… Allí, en la pequeña ventana donde apenas hay iluminación por las lámparas de la calle, hay un rostro asqueroso y putrefacto, que parece todo menos un humano, o por lo menos, uno vivo: es de piel grisácea y grasosa, en su rostro se puede apreciar aun de lejos sus cuencas completamente vacías, acompañadas por el líquido rojo coagulado que deja salir un hedor de putrefacción, similar al de estar cerca de un animal muerto. Y sin lugar a dudas, el movimiento de mi boca, que causa un sonido parecido al de un perro masticando carne molida, también es la fuente de las continuas risas que se habían logrado apoderar de su cabeza. Todo mi rostro, o como él le consideraba, “campo de horror”, cabe perfectamente en esa ventana…

Carlos, de forma inmediata salta del sofá y como si un animal salvaje lo persiguiera, sube a su habitación a toda prisa, buscando su teléfono móvil, pero cuando sus manos dejan de temblar y marca al 911, lo único que puede escuchar es una respiración, que por más ilógico que suene, le pareció que si un cadáver volviera a ser consiente, su respiración sería ésa. El horror que siente no le deja a sus músculos ni siquiera colgar el artefacto, para su mala suerte, quien fuera el que estuviera al otro lado de la línea, cuelga, mas antes, como de costumbre, me despido con una frase:

—Mereces la muerte.

Carlos arroja su celular lejos, estrellándolo y haciendo que se destroce contra la pared, el miedo lo invade por completo. Corre nuevamente a la sala para huir por la puerta principal, pero cuando toma la perilla, algo o alguien al otro lado de la puerta comienza a golpearla, él cae de espaldas temblando, no obstante, por sus reflejos, rápidamente se levanta y huye a su habitación para saltar por la ventana, pues es lo único que se le ocurre para poder escapar de la cosa que lo asechaba; huir de mí. Mientras sube las escaleras, puede escuchar cómo la puerta es derribada, provocando un sonido ensordecedor. 

Cuando llega a la habitación, logra ver algo inexplicable para sí mismo y para cualquier otro que hubiese vivido en esa casa los mismos años que él; la ventana que había estado siempre en esa bendita pared color blanco, ya no está, no tiene ninguna escapatoria. Por más que se quiso hacer creer a si mismo que sólo es un efecto del alcohol y nada más, un siniestro sentimiento en su pecho le asegura que por más que se lo niegue, esto es real, y le está pasando justo a él. Se voltea y nuevamente corre hacia la puerta de su habitación y la cierra con tanta fuerza que causó un sonido tan fuerte, que sin lugar a dudas ha logrado despertar a algún vecino… 

Está a salvo, eso es lo que se quiere hacer creer, al igual que un niño que escapa de los entes de la noche tapándose con su cobija hasta la cabeza. Respira y exhala aliviado, pues después de unos minutos él ya no escucha nada más relacionado a aquella experiencia de muerte, que sin duda lo va a dejar traumatizado, aunque seguramente tratará de ocultarlo bajo su alcoholismo. Pero bueno, uno siempre cree que las cosas malas nunca le van a pasar a él… Al parpadear y levantar la vista él me observa de pie frente a él. Me tomé mi tiempo para comer un aperitivo en su cocina. Alto, con chaqueta y cabello largo, mis colmillos alargados y grandes garras le hacen saber que todo ha quedado aquí, sin darle tiempo siquiera para arrepentirse por sus actos. Después, todo se desvanece.

Encontraron al hombre muerto en su cuarto, ya que su hermana había ido a visitarlo y al no recibir respuesta, se vio obligada a entrar, pues justo la noche anterior le había encargado un dinero que seguramente en vida, hubiera seguido desperdiciando en bebida. Pero ése no es el punto, cuando lo vio no gritó, simplemente se mantuvo en silencio con una cara que revelaba ese trauma que jamás podrá ser borrado de su ser. Estaba tirado, con heridas en el cuello y pecho, pero sin duda lo que más logró dejar perturbados tanto a ella como los forenses, fue su falta de ojos…

Ya unos días después en el funeral, al que sólo asistieron primos y hermanos, el cuerpo fue enterrado de manera digna, demasiado para alguien como él que tarde o temprano hubiera acabado en una zanja. Sin embargo, su hermana, quien es la que más lo apreciaba, regresó poco después para volver a despedirse de la única familia con la que mantenía contacto. Pero un sutil ruido de pisadas le hizo darse cuenta de que en su tumba se encontraba un papel doblado, lo que más tarde descubriría era una carta, y lo más sospechoso era que un hombre encapuchado se marchaba del lugar a paso lento.

Ella tomó la carta, la abrió, pero cuando leyó su peculiar contenido, ésta decía… “Merecía morir”. Ella volteó a todos lados buscando a aquel hombre, pero ya no estaba, era como si se hubiera desvanecido, era como si hubiese visto un fantasma…

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