CARTA FANTINI

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Por CARLOS ACOSTA

Francesco Fantini, soldado raso y su mujer, Lorenza Micheti, emigraron de Trieste, Italia a mediados del siglo diecinueve. Se fueron a la aventura, me cuenta su nieto Don Carlos, mientras sus ojos se pierden en lo lejos de la tarde; en Argentina, les ofrecieron tierras para cultivo; hicieron la travesía en barco, como exigían las circunstancias del mundo en aquellos años. En la provincia de Córdoba, nació Cándido Fantini Micheti, mi padre. Por aquel tiempo, una plaga proveniente de Brasil, devastó los sembradíos; dicen que dejaba pelones los árboles, sin hierba a la tierra, e incluso, era tal la nube de insectos, que al amotinarse, llegaron al punto de tapar norias completas. Fue por eso que Francesco y Lorenza, ya con hijos, emigraron, primero a Brasil, luego a Cuba y por último a México, que por aquel entonces tenía buena fama, porque Don Porfirio Díaz siempre dio facilidades a los extranjeros. Cándido, mi padre, llegó a trabajar como caballerango a Monterrey. Allí, por una patada de caballo perdió un ojo, así que el resto de su vida debió llevar un ojo de vidrio. Y como los Bortoni, que era la familia para la cual trabajaba, tenían tierras al sur de Tamaulipas, en Tanchipa, cerca de Canoas, luego Villa Juárez, hoy Ciudad Mante, allá se fue a trabajar. Y ahí, unos años después, conoció a una joven de nombre Rafaela Almazán, originaria de Congregación Quintero, con quien, en el año mil novecientos veintisiete, se unió en matrimonio. Yo fui el segundo hijo de Cándido y Rafaela. Mi nombre es Carlos Romualdo.

Aquí me tiene Don Carlos, otra vez de visita por su casa. Yo quisiera venir más seguido, pero ¿sabe?, soy un esclavo del tiempo: lo vivo con tal vehemencia, quiero todos los momentos, y eso, me ha traído a concluir, entre otras tantas otras locuras, que necesito días de, por lo menos, treinta y seis horas.

En el año de mil novecientos treinta, y esto no es un  corrido, nació Carlos R. Fantini, en Tanchipa, muy cerca de Villa Juárez, hoy Ciudad Mante. Sólo estudió la escuela primaria porque no había más. Fue un niño aislado de los compañeros, no por ataques de tristeza o berrinches de melancolía, sino porque siempre tuvo serias dificultades para correr, debido a las secuelas que le dejara en el pie izquierdo, aquella enfermedad de nombre tan extraño como injusto: poliomielitis. De ese modo, vio desde lejos a sus amigos jugando a la pelota, a los encantados, a la roña. Pero nunca fui un niño triste, dice él, y como un fogonazo me pasa por la mente un juego de palabras: no fue un niño triste, aunque la palabra Triste se parezca tanto a Trieste, de donde provienen sus antepasados. Locuras puras. Duras locuras. Por aquellos años, al niño Carlos, le enseña a leer y escribir su tía Eugenia, de modo que cuando entra a la escuela Juan José Rincón, lo inscriben ya en segundo grado. Eran los días cuando le gustaba escuchar, en su casa, en una vitrola, un disco, donde una voz desconocida declamaba poemas.

Mientras conducía el automóvil, vi caer el manto de penumbra sobre la ciudad; descubrí, en el oriente, lo cobrizo de la media luna; seguí con la vista a una ruidosa parvada de tordos que, al llegar a un ficus, de pronto, enmudeció.

A los doce años escribe sus primeros versos. Y le da por llorar cuando los poemas de la vitrola son tristes. Cuando me cuenta esto, viene a la mente, otra vez, el juego de palabras escrito hace apenas unos renglones. A los dieciocho, ya publica sus poemas. Recibe críticas y burlas de sus amigos; alguno le dice: Fantini, te voy a regalar un metro para que aprendas a medir… pero él sigue. Ya trabajando como Gerente en un restaurante, estudia para Contador Privado, profesión que ejercerá toda su vida. Descubre en una revista cubana una sección de cultura y envía uno de sus textos. Para su sorpresa –y felicidad, según él mismo cuenta– su poema es publicado en aquella revista.

Esto sucede todos los días, dirá usted, que tiene mirada de poeta. Y seguro que así es. Pero a veces la prisa y la rutina, esas lacras del siglo veintiuno, nos impiden ver más allá de nuestros brazos extendidos. En estos tiempos, por ejemplo, de noche, ya nadie mira al cielo. Esto propicia una ceguera mundana que, a su vez, germina en egoísmo, esa pandemia de nuestro tiempo.

Si no hubiera sido poeta, dice Carlos R. Fantini, hubiera sido un pobre diablo. Y yo pienso que no se refiere precisamente a la connotación que se le da a la expresión pobre diablo como alguien sin dinero y sin bienes materiales, sino que habla de algo más sustancial; creo leer en su mirada: si no hubiera sido poeta, sería uno más de tantos en la muchedumbre, que naufragan en la rutina, en lo mezquino, en la estulticia. Porque serlo es un don, agrega, cuánta gente hay que ha leído tantos libros, pilas de libros, y no escriben un poema. Se cree que con sólo decir, soy poeta, ya se es; como si un hombre, con sólo cerrar los ojos y decir tres veces: soy astronauta, al abrirlos, ya lo fuera. No saben (aunque en realidad, creo que lo saben y fingen ignorarlo) que poeta es una palabra sagrada y que pocos, muy pocos, pueden ostentarla.

Don Carlos: si usted indagara por qué pregunto y escribo estas cosas, yo respondería con las tres palabras que encierran toda mi sabiduría: no lo sé. Nada sé amigo mío. Ignoro las razones del nacimiento de un niño o de la infelicidad de los hombres. Desconozco los atajos de la vida, los paisajes del futuro, el destino de los árboles. A veces pienso que todos compartimos igual procedencia y que, al final, todos terminaremos en el mismo sitio. Pero no lo sé. Y tal vez por esa crónica imposibilidad de saber, he preferido la otra vereda: la del ser.

La poesía no me dio dinero, bueno sólo una vez que me gané seiscientos pesos (y sonríe con amargura) porque yo nunca escribí por dinero. Lo hice por una fuerza que me venía del sentimiento. Algunos amigos decían, tú estás loco. Pero yo seguí. Escribí la salutación para la Reyna de la feria del azúcar durante muchos años. Luego –y esto no lo dice él, sino quien firma este ensayo– de su pluma brotó el poema emblemático de la ciudad donde ha vivido toda su vida y que, dicho sea de paso, ha sido el principal motivo para su inspiración: Nací donde el azúcar es más dulce/ y las jugosas cañas crecen más/ en donde el cielo eternamente luce/ azul y las aves no cesan de cantar… y crecí al compás de la molienda/ y le robó la música mi lira/ al sordo rechinar de las carretas/ y a la tronchada caña que suspira/ porque le duele abandonar la tierra/ que la llenó de azúcar y de vida…(fragm.), poema, por cierto, declamado

innumerables ocasiones por escolares mantenses, los días lunes a primera hora, en los honores a la bandera.

Le decía, vi los canales reventando de agua y usted apareció por mi memoria. Entonces me sentí en paz con el mundo, sereno conmigo, porque no cualquiera, me dije, tiene la suerte de contar con un amigo poeta. Suerte, que ahí, mientras el rojo del semáforo me detenía, agradecí a los dioses.

En el año mil novecientos setenta y nueve contrajo matrimonio con Mary Estrada y de esa unión llegó su hijo, Octavio. En mil novecientos noventa, La Peña Literaria de la ciudad recibe su nombre. Él toma el hecho sin aspavientos y a veces, incluso, parece decir, eso es mucho para mí. Pero se le nota que es feliz. Ha sido editado en algunas revistas locales y nacionales, en dos Antologías de Poetas Mantenses y un cuaderno, propio, de poemas. Pero quien suscribe estas letras, sigue creyendo que El Mante le debe a Carlos R. Fantini, no sólo la edición de sus poemas completos, sino un reconocimiento tan grande –aunque eso suena imposible– como el amor que él ha dejado en sus letras dedicadas a la ciudad donde nació y creció. Quiero escribir una historia/ que haga vibrar a los viejos/ con la emoción del recuerdo. Quiero cantar a la gloria/ de esos gigantes pioneros/ de aquellos hombres que hicieron/ las bases de esta región… y que en las tardes inquietas/ aun escuchan las carretas/ rechinando en los caminos/ y el ruido de los molinos/ como una dulce canción…

Ya muy cerca de su casa, cruzando la vía del tren, me alcanzó la noche. El manto apenas grisáceo, se hizo cerrada negrura. ¿Es así como se va la vida?… ¿del claro al oscuro deteniéndose apenas un instante en la línea divisoria?

Amo la poesía, dice casi al final de la charla. Lo dice, y la humedad en los ojos aumenta. ¿Mi mayor dolor?… la muerte de mi padre. ¿Una multitud en torno a un hombre leyendo poemas?, es posible, sobre todo si ése hombre no soy yo. ¿Feliz?, sí, he sido un hombre feliz, aunque como en la vida de cualquier hombre, en la mía también hubo de todo. ¿La muerte?, bueno, qué decir ahora que ya voy caminando por la orilla del barranco. ¿El más bello tiempo?, cuando tenía veinte años.

Quizás mi única certeza, que seguro vale por todas las incertidumbres, es que creo en los poetas. Y justamente por eso, creo en usted.

Llevo ya once años en la silla de ruedas, treinta y cuatro de matrimonio y siglos escribiendo poemas. Lo que me duele de morir, es ver a mi tierra convertida en lo que es: un caos. Quisiera no morir, hasta que El Mante volviera a ser la ciudad tranquila de mi juventud. Entonces metería todos mis poemas en un veliz y los dejaría como herencia a mi mujer y a mi hijo.

Hace un mes, aquí sentado, una anciana se acercó y me dijo: espera juventud/ no te me vayas –hace un largo silencio, esa frase es parte de un poema de su autoría…

Y ahí, en el corredor de sus casa, a sus ochenta y tres años, dice con voz apenas audible: Un día/ como cualquiera de verano/ cuando el tórrido sol de mediodía/ me obligó a refugiarme bajo un árbol/ descubrí una paloma que dormía… Llevaba en sus alas/ como infamante huella/ los estragos de las balas/ y el cansancio infinito/ de siglos de volar sin rumbo fijo… Le tendí mis manos/ unas manos limpias de poeta/ con la ilusión de hacerle un nido… acurrucó su cabeza… / y pareció decirme con un dolor profundo/ que aun siento como un reto que me inquieta: ¡cómo podrán cambiar al mundo los poetas!…

Aquí me tiene Don Carlos, otra vez de visita por su casa.

Y aquí me quedo, en mi patio. Se me cansaron los ojos de tanto mirar distancias.

Ciudad Mante Tamaulipas Junio 2013

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