CARLOS ACOSTA

1

Un cocodrilo sale a caminar por la Avenida. No lleva corbata ni traje de vestir. Altas aguas, hijas de torrenciales lluvias, lo empujaron del estero al pavimento. Viene en sus cuatro pequeñas patas. Arrastra un mundo de piel gruesa y ojos saltones. No hace caso del semáforo ni de los automóviles, que se han detenido ante su presencia. Parte la calle en dos, en tres, en cinco partes iguales. Los transeúntes lo miran con asombro y miedo. La mayoría quieren tomarle fotografías, aunque el animal, con el movimiento de la enorme cola en vaivén continuo, parece decir No, No, No. El tráfico citadino a esta hora no aparenta visos como para detenerse. Y sin embargo.

2

El cocodrilo es uno más entre la gente. Aun así, se le concede especial deferencia. El agente de tránsito detiene, mano en alto, el andar de los peatones y regula el movimiento de los autos. El animal cruza despacio, en cámara lenta, la calle. Todos lo seguimos con la vista. No lleva parasol ni lentes oscuros, también a él lo atosiga el perro calorón de las dos de la tarde. Por momentos, tengo la impresión de que se da cuenta de lo que sucede. La aparente sonrisa de su gran dentadura, la mirada vidriosa y atenta de los ojos abultados, lo delatan.

3

Los peatones –de a poco y de a muchos– le van rodeando cada vez más. Aunque a todos les urge llegar a sus respectivos destinos, van haciendo un círculo más estrecho. Entonces, justo cuando la paciencia de los que esperamos está por agotarse, una mujer se desprende del grupo que rodea al animal. Ella es joven, lleva blusa roja, falda azul y pelo corto. Se le acerca. Lo hace con seguridad, sin miedo. El cocodrilo no le quita la vista de su cara mientras la chica se aproxima. Llega un momento en que ambos quedan muy cerca uno del otro, casi rozándose.

4

Y es cuando sucede.

5

Con un movimiento rápido, inesperado, a un mismo tiempo el cocodrilo alza la cabeza y sus patas delanteras; para hacerlo se apoya en la enorme cola. Ya en posición vertical, resulta que es mucho más alto de lo que parecía cuando se arrastraba. Los mirones se asustan. Yo también, mucho. Una exclamación de asombro y miedo irrumpe en el ambiente. Todo indica que el animal agrede a la mujer.

6

En ese mismo instante – ¿coincidencia?, ¿ensueño?, ¿azar?– de algún sitio impreciso, aparecen cuatro músicos que ejecutan una melodía ruidosa y alegre. Se abren paso entre la gente. Vienen con paso cadencioso y firme. Visten trajes en color negro, moños rojos en el cuello; portan sombreros de copa alta y zapatos de charol. Cada uno carga y toca su instrumento: tambora, clarinete, trompeta y trombón.

7

Como si de antemano supiera de qué se trataba, el cocodrilo de pie, el erguido, pone sus patas delanteras en los hombros de la mujer. Pareciera que rasgará su blusa. Y no lo hace. Por el contrario, y para fascinación de los mirones boquiabiertos, empiezan a bailar. Todos tenemos los ojos agrandados a más no poder: hay quien se los frota como para despertar de un sueño loco, otro más parpadea y parpadea y no sabe si estos movimientos ya se le están convirtiendo en un tic, y no falta quien se echa a correr despavorido. Aparecen más cámaras fotográficas, muchas. El animal no se inmuta. La mujer, de manera alegre y festiva le sigue el juego. Bien se sabe, según la Cocodrilopedia, que estos animales poseen un oído muy especial. Y aquí queda evidencia de ello.

8

Una vez recuperados de la sorpresa, pero todavía sin salir del todo de ella, la gente empieza a seguir el ritmo con las palmas de las manos. Se acercan todavía más los que andan a pie, bajan de los autos quienes conducían. El tránsito deja la organización vehicular y se agrega a la fiesta. El círculo cohesionado anima a la pareja bailadora. El cocodrilo permite que la chica vaya y venga, se aleje, se acerque. A momentos la mira con ojos entornados. Los músicos se inspiran todavía más, aumentan volumen y ritmo en la canción. El del trombón resopla con energía brutal y la tambora retumba a dos kilómetros de distancia. Trompeta y clarinete hacen divertido dueto. Y ahí, sin espacio ni tiempo, en una escena surrealista por demás, la mujer y el cocodrilo, felices, bailan a media calle y a pleno sol. Van y vienen con movimientos acompasados, hacen pasos con tal sincronía que parecieran haberlos ensayado muchas veces. La gente se anima, aplaude al ritmo del baile, algunos gritan. Nadie quiere irse sin tomar fotografías.

9

Termina la pieza musical. Todos aplaudimos, frenéticos, todavía más. Los músicos se van, o desaparecen, no sabría precisarlo, aunque creo que la segunda expresión es la apropiada. El cocodrilo hace una pronunciada reverencia ante su bailadora. Los aplausos siguen. Pero es tan vehemente la inclinación del galante animal, que termina por ganarle el peso de su cuerpo y acaba otra vez recostado sobre el suelo en cuatro patas.

10

Un cocodrilo va por la Avenida. Es lento su andar. Transeúntes y automóviles pasan del asombro a la desesperación porque tarda años en cruzar de una banqueta a otra. Luego de largos minutos, que aquí en el relato son siglos, llega a la otra acera. Antes de irse del todo, una mujer joven –falda azul, blusa roja, delgado el cuerpo– aparece en escena y le acaricia la piel áspera y escamosa. El animal la mira con sus ojos saltones, tristes: qué pena no haber traído corbata ni traje de vestir, parasol ni lentes oscuros. Avanza un poco más, siempre en cámara lenta. Baja a las orillas del estero. Al fin llega. Hunde su cuerpo en el agua.

(*Para Juancho y su Laguna del carpintero)

 

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