Por CARLOS ACOSTA

28 octubre 2019.

Hoy abrí los ojos cuando ya había amanecido. Se debe esta circunstancia al reciente cambio de horario. Apenas ayer domingo, se retrasaron una hora los relojes. De esta manera, finjamos un señuelo, ganamos una hora. Parece broma, de hecho lo es, porque todavía no está al alcance del ser humano, retraer o alargar el tiempo. Aun así, el día de ayer dio la sensación de que iba más lento, de que se alargaba mucho. ¿Apenas son las diez de la noche?, pregunté cuando ya el sueño tocaba con insistencia a mi puerta. Pero hoy ya es lunes. Regresa la rutina de pararse temprano, irse a trabajar, llevar el desayuno preparado, conducir el auto y en apenas siete minutos estar en el Hospital. Jornada tranquila. Se programa un niño para cirugía. Se valoran a otros pacientes post operados. Hago el recorrido por los Servicios que me corresponden. Una vez desocupado, pido permiso para ver actividades personales: voy a la Biblioteca Municipal, porque estamos planeando la presentación de la Antología Relatos de Tierras Lejanas, convocada por Mandrágora Ediciones, de Guadalajara, Jalisco. Donde uno de mis amigos, Juan José Morales Rodríguez fue seleccionado. Él está feliz. Es un chico de apenas veinte años, muy talentoso a la hora de escribir. La Editorial ha dejado claro que la intención es recatar el estilo pulp, wierd, de las novelas populares de terror y ficción. El personal de la Biblioteca se porta muy bien con nosotros, siempre el trato es cordial y el afán sumar, aunque debido a que tienen todo el mes de noviembre ocupado con eventos culturales, nos dieron lugar tentativamente para el día cinco de diciembre. Lejana la fecha nos pareció al autor y a mí debido al entusiasmo por su cuento publicado, por nosotros quisiéramos que se presentara esta misma semana, sin embargo debemos esperar. Por otra parte está mejor así, porque lo podremos programar con más detalle y cuidar todos y cada uno de los puntos para que la lectura nos deje, por lo menos, felices. Ya veremos.

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29 octubre 2019.

Ayer, mientras caminaba por la plaza principal rumbo a la Biblioteca, sucedió algo que ahora dejo aquí. Intento ser sobrio por obvias razones: Al ir caminando por entre la sombra de los altos árboles, me interceptó un hombre maduro. Dónde le puedo localizar, fue la pregunta que lanzó a boca de jarro, mientras extendía su mano y mostraba la sonrisa seguramente más amplia de su repertorio. Perdón, recuérdeme, interpelé con incertidumbre. Usted no se acordará de mí, pero yo sí Doctor; hace mucho tiempo, en el hospital civil, salvó la vida de mi hijo; eso nunca se olvida; el muchacho ya cumplió sus treinta años y acaba de ver nacer a su primer hijo; y yo quiero que usted atienda al nieto; ¿todavía trabaja? Se me vino toda la historia de golpe, no supe qué contestar. Sí, balbuceé. Dejé de hacerlo un tiempo. Si, algo supe, dijo consternado. Privaron instantes difíciles pero enseguida nos recuperamos. Cuando gusten, agregué. A pesar de lo atropellado de las palabras, habían logrado emocionarme. Como pude le expliqué de la Institución donde laboro y los horarios. El hombre, confiado, quedó en buscarme en los próximos días. Me volvió a estrechar la mano, a sonreír y se despidió. Cómo reaccionar ante sucesos como éste. ¿Guardarlos solo para uno mismo? ¿Es pecado contarlos? ¿No concederles importancia? ¿Tirarlos al olvido? No lo sé. Sin embargo, lo que es evidente, es la emoción que aumenta la secreción salival, los latidos del costado izquierdo y humedece un poco más de la cuenta los ojos: ser ahora el médico de los hijos de los pacientes que atendí cuando fueron niños: un buen regalo para el corazón, creo…

30 de octubre 2019.

Hoy aparece un recuerdo de la publicación que hace seis años dejé en facebook. Habla de la tarea diaria, al parecer irrenunciable, de todo aquello que nos rodea, por convertirnos en uno de los suyos. Medios electrónicos e impresos; amigos, no tan amigos y desconocidos; viajeros, políticos, perros; sabios, ebrios, indigentes; y todo aquello que un lector atento tuviera a bien agregar. Todos quieren que seas un poco menos tú, y un mucho más, ellos. Parece que no les basta con ser lo que son. O va con sus intereses. Y esto, que podría ser tema de adolescentes –ser o no ser– sorprende cuando la evidencia muestra que avasalla en todas las edades. Se sabe que es difícil mantenerse al margen del entorno en que uno vive. Nos guste o no, somos en gran medida, reflejo de la sociedad en que vivimos. Aunque también, es bueno decirlo: siempre hay alguien de quien se puede aprender. Este es el texto de entonces: Se acercó una nube y dijo: nada te vendría tan bien como ser lluvia. Y la ventisca de arena: naciste para desierto. Pasó un árbol: sé la selva. Gritó el aire: eres ciclón. Los pájaros: ¡a volar! Dios en mi oído: un Ángel. El Diablo: ve por el mal. Horizonte: eres camino. El río: serás la mar. Entonces vino La Vida, en su seno infinito me amparó: tú, eres yo.

31 de octubre.

Anoche vi por televisión el último juego de la Serie Mundial de béisbol. Astros de Houston vs Nacionales de Washington. Lo vi con mi padre. Él murió hace casi trece años, pero de alguna manera estuvimos en el partido, juntos. En mi niñez vi mucho béisbol en el pueblo. Mi padre fue pitcher destacado, luego ampáyer y al final manager. A cada jugada, venía un comentario de los que él acostumbró: “Contra la base por bolas, no hay defensa”. “Después de un buen faul, un buen ponche”. “Si el lanzamiento va por ahí, ¡no lo dejes pasar!” Los Nacionales regalaron una reflexión: Desde que iniciaron los playoffs, nadie de los expertos daba un centavo por ellos. Aun así, ganaron el juego de Comodines. Después, cuando las apuestas les eran adversas –sesenta contra uno– volvieron a vencer. Y al final, cuando los Astros los pusieron contra la pared, tres juegos a dos, y por jugarse los decisivos en campo ajeno, hicieron lo imposible: conseguir la victoria. En el último juego, los mantuvieron dos a cero hasta la séptima entrada. Y aún así, volvieron de atrás. Y ganaron. Nunca se dieron por perdidos. Era lo que yo le decía al oído a mi padre cuando estaba inconsciente en Terapia Intensiva: ¡Vivo, vivo, vivo! Usando su propia expresión como manager para alentar al equipo. ¡Vivo, vivo, vivo! Me escuchaba, estoy seguro. Pero ya no despertó. Y ahora estuvo aquí, en la Serie Mundial. Vimos a unos desahuciados Nacionales, recuperarse y ser campeones. Cómo me hubiera gustado que él, contra todo pronóstico médico, también hubiera podido rehacerse, volver.

2 de noviembre.

Aquí tienes mi fe.

Es toda nuestra.

Tómala en el vaso de agua.

Mírala en tu paso diario, en los latidos del corazón, en tu silencio.

Es flor del universo.

Aquí tienes mi fe. Es toda nuestra.

3 de noviembre.

Ella y él –Ellos, para fines de esta nota– no necesitan decirme: quédate tranquilo, respira hondo, la vida es bella. Ellos –Él y Ella, para fines de la comarca de los afectos– vinieron a casa. Y sólo con estar y ser, con mirar y sonreír, y además con muy pocas palabras de por medio, dejaron en el espíritu mío un recado de sosiego. Un breve apunte que, ahora que lo leo, me induce a escribir esta breve crónica. El recado no trae letras, está en blanco. Ella y él –Ellos para fines entrañables– me recordaron hoy, que sí, que dentro mío hay sitio para la serenidad. Y que es posible habitarlo

 

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