JUAN JOSE MORALES RODRIGUEZ

—Padre—pronunció el niño, mas su palabra se hundió en la neblina de gritos proveniente de fuera de la iglesia.

El mayor, con barba de una semana, y arrugas invadiendo cada rincón de su pálida cara, desvió la mirada a éste. Hasta entonces había permanecido mirando uno de los tantos coloridos murales que adornaban el templo. La imagen del espíritu santo descendiendo del cielo parecía haberlo puesto en un ligero estado de trance, eso, o la copa de vino que tirada en el suelo, dejando un rastro del líquido que ahora manchaba los blancos manteles de la mesa, había tenido algo que ver. Las hostias desparramadas en el regazo del padre lo hacían parecer una especie muy rara de vagabundo, su mirada perdida tampoco ayudaba. Lo único que dejaba en claro que no se trataba de uno, eran sus ropas típicas de un padre.

— ¿Sí? ¿Qué pasa, Andrés? —cuestionó con unos ojos llorosos y una voz ronca.

El muchacho dudó antes de hablar.

—Todos se están yendo—comenzó a explicar—. ¿No piensa irse, Padre? Dicen que hay una cosa, una cosa mala que está matando gente allá afuera—estas palabras salían de su boca acompañadas por leves señales de llanto, movía sus manos ansiosamente—. Y mi mamá dijo que viniera por usted rápido, está afuera esperando en su coche y…

El mayor levantó la mano en señal de que el chico guardara silencio. Tosiendo un par de veces trató en vano de levantarse por cuenta propia, Andrés lo ayudó a levantarse con dificultad, ya de pie recogió la copa casi vacía y sorbió lo último que en ella quedaba, para después pasársela a su intento de salvador.

—Váyanse ustedes—dijo antes de eructar—. No me va a pasar nada—mintió, los dos sabían que eso no iba a ser. El mayor se limpiaba las sudorosas y a este punto apestosas manos sobre su antes blanca túnica, se relamía tanto barba como bigote, empezando a sudar e ingeniándose qué más podía decirle al niño para que se largara. El foco de ideas se le encendió a medias—. Andrés, has leído la Biblia, ¿no?

El niño asintió tímidamente ante la cuestión.

—Pero no toda, sólo lo que nos enseñan en el catecismo—admitió un poco avergonzado de sí mismo.

— ¿Llegaste al Apocalipsis? —preguntó a Andrés.

—No—reveló, jugueteando con la parte delantera de su playera, ansioso—. Mi mamá dice que hasta que sea más grande, que puede asustarme o algo así—luego de esas palabras se encogió de hombros, desviando la mirada al suelo, y canalizando sus ansias en comenzar a soltar pequeñas patadas al aire.

El padre Toño lo observó, impaciente, deseando poder sacarlo a patadas de ser posible. ¿Y por qué no? El mundo de por sí ya era un completo caos allá afuera, ¿qué tanto sería un niño más pateado fuera de un templo? Y luego reflexionó, ¿eso sería parte del plan de Dios en realidad? No sabría decir si la anarquía —a la que aún no se llegaba, mas no faltaba mucho— formaba parte de todo el embrollo que la humanidad corría.

Extrañaba los tiempos simples… más que a nada. Sus tiempos de juventud regresaron por breves segundos, y se preguntó si en estos mismos se hallaba perdido antes de que el chamaco entrometido y su aún más entrometida madre, le hayan hecho volver a la maldita realidad.

—Entonces vete, ya—pidió, cierto fastidio se le dejaba denotar en su tono de voz, ronco—. ¡Ya, Andrés! ¡Dile a tu madre  que puede largarse, que yo… tengo cosas de Padre qué hacer!—lo tomó de los hombros y trató de llevarlo hasta afuera.

El niño se dejó empujar hasta medio camino de la entrada, sin embargo, cuando el padre le soltó para que recorriera lo que quedaba de camino a la salida, él volvió a voltearse para mirarlo.

—Pero, Padre—insistió, con la voz casi apagada. Ante esto Toño apretó sus puños, a punto de estallar en ira. El niño lo advirtió—. Bien.

El templo volvió a estar vacío en cuestión de segundos. Finalmente solo, paz y quietud, al menos si ignoraba los claxon de los coches allá afuera. De prisa cerró las puertas de la iglesia y emprendió carrera hasta estar de vuelta donde se hallaba tirado, antes de ser interrumpido por el niño oportuno. De debajo de su mesita sacó con cuidado, con manos temblorosas, y la mirada de un completo lunático, una gran botella de vino sin abrir. Oh, sí, la tenía guardada desde hace años para un supuesto momento especial. ¿Cuál era el mejor que el mismo fin del mundo, aun si éste fuera como lo dictaban las escrituras o no?

La abrió, se dejó embriagar por el olor, se dio la vuelta, sonriente, y al alzar la vista por un repentino escalofrío allí estaba la figura alta y blanca.

La sal fue derramada otra vez, el vino junto con ella y el templo quedó vacío otra vez.

 

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