Por Roberto González Barba,

Durante un tiempo fui vecino de un médico cuyo pasatiempo era plantar árboles en el enorme patio de su casa. Desde mi ventana veía cómo día a día lo hacía. Lo que más me llamaba la atención era que no los regaba. Tanta era mi curiosidad que un día fui a preguntarle.

Me dijo que si regaba los arbolitos, las raíces se acomodarían en la superficie y quedarían siempre esperando el agua que él diariamente les daba.

Al no regarlos, éstos tardarían más en crecer, pero sus raíces se verían obligadas a profundizar en la tierra en busca de agua y de los nutrientes que se encuentran en las capas más profundas del suelo. Así los árboles tendrían raíces más profundas y serían más resistentes.

Al cabo de un tiempo me fui a vivir a otro país, cuando después de muchos años regresé a mi antigua casa, noté que mi vecino había cumplido su sueño pues tenía un hermoso bosque.

De pronto llegó el rigor del invierno y en un día muy ventoso, cuando todos los árboles de la calle estaban arqueados por el viento, pude notar la solidez de los árboles de mi vecino, que casi no se movían. Las adversidades por las cuales aquellos árboles habían pasado, al ser privados de agua, les había beneficiado mucho más que el confort o un trato más delicado.
Por ello todas las noches antes de ir a acostarme, doy siempre una mirada a mis hijos. Les observo y veo cómo ellos van creciendo. La mayoría de las veces, le pido a Dios que sus vidas sean fáciles, para que no sufran las dificultades y agresiones de este mundo, pero, ver el bosque tan firme, me ha llevado a reflexionar.

Le rogamos a Dios que los hijos crecieran con raíces profundas, para que se fortalezcan y enfrentaran las circunstancias y los sinsabores de la vida.

Siempre pedimos que las cosas sean fáciles, pero en verdad lo que necesitamos es pedir que en nuestro interior se formen raíces fuertes, de tal modo, que cuando las tempestades lleguen, sin previo aviso y los vientos helados soplen, seamos capaces de resistir en lugar de ser derrotados y destruidos como son los árboles sin raíces profundas.

Diciembre, época triste para algunos, de felicidad para otros.

Mi esposa y yo vimos volar a nuestros hijos en su búsqueda de nuevos horizontes. Los criamos con esa idea. Nos resignamos con esa realidad. Y no es que se vayan…la vida se los lleva.

Les mostramos que las raíces profundas tienen un valor.

Nosotros quedamos atrás…con nuestros pensamientos, observando esa estela luminosa que deja un barco al partir… les enseñamos rienda con responsabilidad y con una formación llena de luz. Era nuestra tarea y la cumplimos.
Alegría y tristeza nos embarga en éstas fechas…es la ley de la vida…Dios Nuestro Señor nos obsequió el privilegio de conocer hijos y nietos. Nos alegra saber que valió la pena haberles inculcado el sentido de responsabilidad…tan necesario en ésta época.

Les inculcamos a los hijos que “La Gratitud no es solo la mayor de las virtudes, sino el padre de todas las demás”

Respetuosamente.
C. P. Roberto González Barba Tel. 2 28 05 46
agrupo.jurasico@gmail.com🙏

 

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