Por ARTURO GUERRERO CAMERO

1

Un viejo camión materialista llega ante una casa en construcción; es uno de esos a los que llamamos “de volteo”. Un grupo de niños corremos hasta él. En medio de una nube de humo y un fuerte ruido la caja trasera se levanta lentamente, nos llenamos de Júbilo al momento en el que, de ella, es expulsada una gran cantidad de arena para ser depositada en la calle. Antes de emprender la marcha el chófer nos da la orden de no hacer travesuras en ese lugar. Apenas el camión se pierde de nuestra vista entramos corriendo a la casa en construcción ante la que fue depositada la carga.

Es una gran casa de dos plantas, está justo a una cuadra de la casa de mis padres, nosotros fuimos testigos desde el día en que cavaron zanjas, levantaron columnas y más columnas de varillas y después paredes de concreto, y entre esas paredes jugamos a las escondidas, al trompo y a las canicas. Corremos por las escaleras y encontramos la forma de subir al techo de la segunda planta, y es justo ahí hasta donde subimos corriendo. Estar ahí siempre es una hermosa sensación. Desde ese lugar en las alturas podemos ver cómo se mecen las hojas del cañaveral que está apenas cruzando la calle, éstas, al ser movidas por el viento nos dan la sensación de estar ante un mar con apacibles y juguetonas olas verdes; a esa edad la mayoría de mis compañeros de aventuras, así como yo, no conocemos el mar, pero siempre tenemos la idea de que así se verá.

Desde ahí vemos también el viejo guamúchil, podría contar tantas y tantas historias que crecieron entre sus ramas, pero en esta ocasión lo que nos ha hecho subir hasta ese lugar es la montaña de arena que recién fue depositada en nuestro mundo. Desde arriba la montaña no se ve tan grande, tampoco tan cerca como lo habíamos pensado. Uno de mis amigos salta antes que todos, celebramos su audacia con gritos de alegría, después salta otro más , y así, hasta que llega mi turno, tengo una sensación que hace un nudo en mi estómago y al mismo tiempo aprieta mi pecho, miro hacia abajo, doy algunos pasos hacia atrás para tomar impulso, corro y salto por los aires al tiempo de gritar con fuerza, todo pasa demasiado rápido; veo el cañaveral y el horizonte azul, la calle de concreto y la arena acercarse a mí, vuelo, estoy volando, hasta que siento cómo mis pies se hunden en la arena.

Así, uno a uno de mis amigos vuelan por los aires, en ocasiones quedamos atrapados hasta las rodillas, y en otras más caemos y nos vemos obligados a rodar colina abajo por el impulso de la caída, de una forma u otra siempre es lanzado un grito de triunfo al final, para después correr entre risas, subir y repetir el vuelo. En donde quiera que estén mis amigos deseo que sigan volando, que sean felices como en esos días del ayer.

2

Se escucha el motor de un viejo camión, avanza lentamente por el camino de terracería, tras de sí va dejando una nube de polvo y humo. ¡Ahí viene una despeinada! Alguien grita, y un grupo de niños salimos del canal de riego en el que nos refrescamos entre juegos en las tardes de calor. Nos paramos justo a la orilla de la calle, al pasar frente a nosotros el chófer del camión cañero con cierto disgusto nos indica que no tomemos su preciada carga ¡sólo una! ¡sólo una!, gritamos entre risas al momento de abalanzarnos por nuestro botín; rara vez tratamos de arrancar las cañas que sobresalen por los costados; siempre existe el riesgo que implican las grandes llantas, además, unas gruesas cadenas cuelgan por los lados golpeado con los postes metálicos de la estructura del camión, lo mejor, los más seguro y divertido es correr atrás de él, halar con cierta fuerza las dulces cañas de azúcar que sobresalen de las demás, en algunos casos estas ceden a los primeros intentos, en algunas otras ocasiones corremos más de cien metros hasta lograr nuestro cometido.

Corremos descalzos, en short y sin camiseta, somos bañados por humo y polvo, pero no estamos dispuestos a regresar con las manos vacías ante nuestros amigos, tal pareciera que se nos va el honor en ello. Ahora es momento de regresar al agua, estoy con mis amigos en ese lugar al que llamamos “el martillo”. Es un puente angosto de concreto, que a la vez sirve como dique; tablones, rajas de tronco de palmas y costales retienen el agua.

Ese es mi mundo; un lugar en el que un grupo de niños juega, ríe, pelea y ríe de nuevo. Un lugar en el que corremos tras un camión cañero, y en las aguas de un canal lavamos nuestro botín, para después quitar su dura cáscara con la fuerza de nuestros dientes. Un lugar que en mi mente no ha cambiado, sigue estando ahí. Sigo estando ahí, descalzo, lleno de tizne y piel quemada por el sol, pero libre y feliz.

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