Por CARLOS ACOSTA

1

Agosto, el despiadado, todavía nos tiene a su merced. Sus brazos de lumbre abrazan y abrasan lo que tocan.

Desde la hora en que el medallón enrojecido asoma en el oriente, hasta el momento en que, envuelto en llamas, muere al otro lado de la tarde, agosto sigue siendo tiempo riguroso. Su perro sol nos da de lleno en la cara, enrojece mejillas, destiñe cabelleras, percude antebrazos.

En los árboles dobla ramas y en los rosales quema pétalos.

Se sabe que en agosto, los animales prefieren, con mucho, no salir a monte abierto, sino permanecer en madrigueras. No pocos pájaros, mientras vuelan, sienten arder su plumaje y caen, como dice el refrán, del cielo al suelo.

Los rumores cuentan, que quienes nacieron en agosto, cultivan cierta tendencia a la originalidad impura y que al mismo tiempo, son de los que saben imponer criterios propios. Extraño sería que agosto no tuviera efectos peculiares sobre los llegados en sus horas.

Lo mismo, el octavo mes del calendario gregoriano, trae consigo el período canicular, que corresponde a algo así como “los días del año cuando la lumbre brota de la tierra”. Los conocedores le nombran “el período más caluroso del verano” haciendo los honores a la constelación Can Mayor –Canícula– y su estrella Sirio –La Abrazadora– como estandartes del mes de los días llamaradas.

No obstante, agosto, como tantas cosas despiadadas y severas, suele ser querible. Entregamos los ojos y las entrañas a sus días. No permanecemos encerrados en la primavera artificial. Salimos a la calle a mediodía, a las tres de la tarde, en el filo de sus amaneceres. La lumbre del viento nos anda por la espalda y las corvas. Entrecerramos los ojos para distinguir si todavía está en su lugar el horizonte.

También desde los días de agosto, se alcanzan a ver las orillas del otoño. La promesa de un tiempo manso y soles tibios. De muchas maneras, agosto es una esperanza. Sus tardes son ventanas que dan al período del año –como de un hombre o de una mujer– cercano a la vejez.

A lo lejos la certeza del remanso.

Y aun sí, no queremos convertirnos en cenizas.

2

Tú fuiste un niño querido, dice mi mujer, mientras conduzco el auto rumbo a casa. Vamos por el bulevar. Nos acompaña mi madre, de noventa y un años. Este fin de semana la tenemos como huésped. Mi hermana, mi hermano y yo, no hemos escogido, para ella, el asilo de ancianos ni una casa de retiro. Conservamos una parte de la tradición que vimos en la familia de la que provenimos: los abuelos viven en su casa o con los hijos.

Eran otros tiempos, nos dicen. Es verdad, eran otros tiempos, pero hasta hoy, por fortuna, podemos hacerlo. Tener una madre de noventa años es toda una experiencia, le dije el año pasado, sobre todo porque esa madre ya tiene hijos adultos mayores, agregué con cierto humor realista. Llegamos a casa. Baja mi madre del auto. Le doy mi brazo para que se apoye al caminar. Trastabilla un poco. Pasamos a la sala. Por qué lo dices, pregunté a mi mujer. Pues sólo basta ver la forma como te mira, las fotografías de tu álbum y lo que has escrito de ella. Hago lo que mejor me sale: quedarme callado. Luego de refrescarnos un poco, saco la guitarra y le canto unas canciones.

Ella dice que es feliz oyéndome cantar. A veces me sigue con su voz, intenta hacerme segunda. Sabe de qué se trata: andando en sus veinte años cantó en un concurso de aficionados junto a mi padre y un amigo común y los descalificaron porque, según el jurado, eran profesionales. Comemos juntos después de mediodía. Se pasa la tarde contándome recuerdos. Escucho como si fuera la primera vez que los contara. Vemos televisión. Pregunta por mi mujer, por mi hijo, hijas, nuera, nietos.

Hay un momento en que debo dejarla sola. Aprovecha ese tiempo y reza su rosario. Lo hace con entrega absoluta y fe. Por la noche, temprano, se retira a su cuarto a dormir. Le acompaño, pongo el ventilador y el aire acondicionado, la canícula nos ha traído días de más de cuarenta grados. Me duelen las piernas, se queja, y enseguida corrige, pero ya sé que a ti no te gusta que me queje. No contesto. Froto con mis manos sus pantorrillas. Ya casi se duerme. Fui un niño querido, no lo olvido.

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