POR ALICIA CABALLERO GALINDO

Artemisa trabajaba como operadora telefónica en la presidencia municipal de una pequeña ciudad costera de Jalisco; tenía ya más de nueve años de hacerlo, desde que su único hijo, desapareció misteriosamente. Una mañana de verano, Eduardo salió a caminar; se sentía deprimido por haber terminado una relación con Ann Marie que había durado más de cuatro años, su hijo, estaba haciendo planes para casarse, pero antes que se lo pidiera a su novia, sin motivo aparente, ella le comunicó que le dieron una beca para estudiar pintura, que era su pasión. Partiría a Milán Italia. Ella, ya tenía todo listo y se iría al día siguiente.

Así, sin explicación alguna sencillamente, se marchó dejando a Eduardo dolido, y asombrado de un cambio tan radical. Con frecuencia hablaban del futuro y nunca dijo nada de su deseo oculto, él no se enteró de lo que estaba preparando, ni siquiera lo sospechaba… Desde que se fue su novia, se volvió retraído y pasaba mucho tiempo en los farallones, cerca de su casa; tal vez porque era el lugar favorito de Ann Marie; mientras ella pintaba, él disfrutaba de verla y hablaban de sus cosas. Nunca asimiló su partida. Una tarde de verano, salió con su caña de pescar y dando un beso a su madre, le dijo que saldría; habían visto un cardumen cercano e iría a probar suerte a la playa que estaba bajando las escarpadas rocas.

Fue la última vez que lo vio y de eso hacían ya nueve años. Ella en su afán de investigación buscó trabajo en la presidencia municipal para contestar llamadas de emergencia y estar en contacto con Protección Civil, con la esperanza de encontrar algún día indicios de su paradero…

Es día en especial se sentía melancólica porque su hijo cumpliría, si estuviera vivo 32 años.

A media mañana de aquel 23 de marzo, contestó una extraña llamada; era la voz de un hombre que con visibles signos de dolor y se dificultaba entenderlo:

-Estoy atrapado ente las rocas, auxilio, si alguien me escucha vengan a sacarme de aquí, mi pierna me duele mucho y no la puedo mover…

Era un celular, a ella, le pareció familiar el número, pero no lo recordaba. En poco tiempo se perdió la señal, pero lograron localizar la zona y de inmediato salió una cuadrilla de rescate a buscar a aquel infeliz hombre herido. Artemisa pensó que ella se conformaría con saber dónde quedó su hijo porque su corazón le decía que si estuviera vivo ya se hubiera comunicado con ella.

La zona era la del farallón; tuvieron que bajar con dificultad usando cuerdas y equipo de escaladores, el viento que soplaba a gran velocidad, dificultaba la maniobra; el descenso de los tres socorristas fue lento, no alcanzaban a ver claro, Artemisa corrió hasta el lugar con los socorristas, ya que estaba cerca, mientras esperaba, observando las maniobras de los que se quedaron arriba asegurando las cuerdas, rodaron lágrimas por sus mejillas penando en el dolor de ese hombre y recordando la desaparición de su hijo, el viento hacía volar su cabellera entrecana mientras el mar rugía con furia al estrellarse en las irregularidades de la roca…

Casi terminaban el descenso cuando encontraron un resquicio una osamenta humana y un viejo celular. Los socorristas se quedaron sin habla; no era posible que de ese teléfono hubiera salido una llamada estaba inutilizado al parecer desde hace tiempo.

Las ráfagas de viento y el ruido de las olas, eran la única respuesta. Con respeto, empezaron a reunir los restos óseos y los colocaron en una bolsa para cadáveres con las posesiones del difunto, aún quedaba intacto el cinturón que llevaba y un anillo de oro.

En un momento de calma chicha, antes de subir en silencio por la situación inexplicable, iniciaron el ascenso, pero el último de los socorristas, escuchó algo parecido a una queja humana y les dijo a los demás.

-¡Esperen!, escucho algo y no es sugestión. En ese momento, se hizo más fuerte aquella queja y alcanzaron a escuchar una voz clara pidiendo auxilio. De nuevo regresaron y bajaron a unas rocas cercanas. Su sorpresa fue mayúscula; encontraron a un hombre tirado en las rocas con una fractura expuesta en la pierna izquierda, pensaron que estaba todo claro; la llamada procedía del celular del herido y de inmediato procedieron a sacarlo del lugar. El rescate fue sufrido porque de nuevo el viento empezó a soplar con más fuerza dificultando el ascenso de la camilla donde transportaban al herido.

Terminada la maniobra, el hombre accidentado resultó ser un pescador que llevaba casi 24 horas en las rocas donde fue arrojado por el viento y las olas; su embarcación quedó convertida en astillas y se la llevó el mar.

Artemisa que no se movió del lugar, quiso estar pendiente de todo y cuando se acercó al pescador y a sus rescatistas, le dijo:

-De no ser por tu llamada, nunca te hubiéramos encontrado, gracias a Dios que conservaste tu celular.

El pescador aturdido y desconcertado, le dice:

-Yo no tengo celular no pude hacer ninguna llamada, no lo entiendo, fue obra de Dios que me buscaran, pensé que moriría allí porque es un lugar inaccesible y escondido…

Artemisa y los jóvenes rescatistas se quedan sin habla. Todo eso era muy extraño e inexplicable

La mujer, no entiende lo que pasó, pero se alegra del exitoso rescate. Antes de retirarse, ve con curiosidad que sacan la bolsa negra con los restos humanos encontrados en los farallones y escucha que uno de ellos decía:

 

-La única forma de identificar al difunto, es por este cinturón y el anillo de oro que llevaba puesto; parece que tiene una “E” inscrita; el celular ya no nos podrá llevar a ninguna parte porque está inservible; la verdad todo parece tan surrealista. Lo bueno fue que no sufrió; su cráneo muestra una fractura que indica una muerte instantánea, probablemente se cayó y se desnucó.

La pobre mujer siente un vacío en el estómago y que las piernas se le doblan; se acerca hasta ellos, pide ver el anillo y el cinturón; cuando los tiene en sus manos cae de rodillas sollozando con gran dolor:

-¡Hijo de mi alma! Tan cerca que estuviste siempre de mí y yo sin saber…

Después de dar cristiana sepultura a los restos de su hijo, dentro de su dolor, encontró la paz. En recuerdo de Eduardo, que tanto amaba el farallón, casi todas las tardes paseaba por ahí antes de irse a su casa. Una de esas tardes mientras observaba el romper de las olas, distinguió a Eduardo y Ann Marie sentados en su lugar favorito y no encontró lógica en la escena. Voltearon a verla y escuchó que le decía

-No te preocupes por mí, por fin encontré mi destino.

Después de eso, los vio alejarse entre las olas del mar para perderse en el horizonte.

Unos días después recibió la visita de la madre de Ann Marie, y le explicó que ella nunca le dijo que su hija, no se fue a Italia; padecía un cáncer terminal que ocultó hasta donde pudo y ambas se fueron a la ciudad para que Eduardo no la viera acabar de esa terrible enfermedad, nunca dejó de amarlo. No se acercó antes porque creía que Eduardo estaba vivo en algún lugar y no quería darle ese dolor. Ahora todo estaba claro para la madre de Eduardo; terminó su incertidumbre. Tenía la certeza que estaba feliz.

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