POR: ALICIA CABALLERO GALINDO

En la oficina todo era actividad, euforia, cuchicheos, sonrisas disimuladas, caras alegres, pícaras y… algunas truculentas y fingidas. Acababan de comunicarles que habría intercambio de regalos con motivo del fin de año y las próximas vacaciones. Se estableció una tarifa y que los regalos que se compraran fueran unisex porque les indicarían en el momento del intercambio la dinámica a seguir. Todo era expectación, conjeturas, suposiciones y más. Por supuesto que cada uno de los individuos integrantes de esa oficina eran distintos; diferían en edad, forma de pensamiento y sentimientos. Como en todo grupo, hay los intrigantes, “amarra navajas”, los buenos, taaan buenos que rayan en la tontería, porque no se dan cuenta cuando se ríen de ellos por carecer de malicia. Los amargados quienes parecen estar peleados con la vida; todo lo ven mal y nunca están de acuerdo con la mayoría; se suman bajo protesta. Algunos se hacen notar por convenencieros y navegan hacia donde sus intereses personales les marcan. Los criticones aquellos, que sin mirarse a sí mismos, critican a los demás, tal vez el sentirse inconformes hasta con sus pensamientos, los hace buscar defectos en todos los demás. Por supuesto que nunca falta un burlista que se ríe de todos, hasta de sí mismo y los envidiosos que siempre critican los logros de los demás y desean protagonismo, pero no sabe cómo obtenerlo.  El consejero, que siempre quiere decirles a los demás cómo manejar su vida, el chismoso, quien habla “hasta por los codos” y se especializa en llevar y traer información de los demás y siempre es indiscreto, quien es cerebral y habla poco, otros, presumen de lo poco que saben, el líder a quien siempre escuchan por considerarlo capaz y maduro en sus acciones y piensa en todos como grupo ¡En fin! Hay toda una gama de pensamientos y acciones.

En medio de esa pluralidad de personajes, llega la noticia del intercambio y la incertidumbre de la dinámica que se practicará en tal evento y… empiezan los comentarios:

-¡No se vale! Es necesario saber a quién la vamos a regalar para personalizar lo que compremos.

-¡Mmmm! Qué importa, como quiera no les va a gustar nada; ¡eso es seguro!¡son tan disgustados todos!

– Yo creo que es una forma de orillarnos a ser tolerantes con los demás; ¡eso es bueno!

-¡Tenía que salir con sus cosas! Ya se había tardado. Se cree el buen samaritano; ¡como si no supiera la forma de ser de la gente!

-Espera, a lo mejor sacamos provecho de la situación; algo bueno podemos ganar.

-La sana convivencia siempre es buena; seamos positivos.

Todo tipo de comentarios se desataron poniendo de manifiesto la forma de ser de cada quien.

Antero, con sus audífonos se mantenía aparentemente ajeno al mundo, hipnotizado con la computadora, Margarita, los veía a todos con indiferencia y cierto desprecio; se creía superior a esas intrascendencias.

Hipólito, conocedor de sus compañeros sonreía maliciosamente y no decía nada; sólo los veía.

Carlota, con el ceño fruncido, que era habitual en ella, reprobaba el festejo, los regalos y todo ¡todo! Pensaba que era una pérdida de tiempo y de dinero. Refunfuñaba entre dientes, pero no le hacían caso; siempre era así ¡nada le gustaba!…

Argelia, calculadora e interesada, investigaba discretamente y con una sonrisa prefabricada en los labios quién compraría el mejor regalo y, por supuesto, lo quería para ella.

Ángel, conocedor de todos sus compañeros se mantenía expectante desde su escritorio; era prudente y muy reflexivo.

Por fin se llegó el día; y todos pusieron sus regalos en una mesa y se colocaron en torno a ella; la dinámica consistía en tomar el envoltorio que más atractivo les pareciera. Los ojos de Argelia estaban puestos en una caja grande y atractiva con papel brillante y un gran moño metálico; ese debía ser el mejor, lo malo fue que lo tomó Mateo, que estaba más cerca. Cuando estaban a punto de abrirlos, el jefe dijo:

-No los abran todavía; pueden dejar en la mesa el que tienen y quitarle a un compañero el que tenga. Por supuesto que Argelia corrió a quitarle a Mateo aquella gran caja y dejar en la mesa el paquetito que le tocó envuelto en papel periódico. Con aire triunfal, toma la caja que le arrebató prácticamente a Mateo. Mateo, sin inmutarse, lo acepta y queda conforme con el cambio; toma el pequeño envoltorio de periódico. Al final de cuentas lo importante era divertirse. Después de un rato de risas y forcejeo por los regalos, parecen estar todos conformes y entonces proceden a abrirlos. Argelia se va a su escritorio triunfante porque le arrebató el regalo a su compañero y procede a abrirlo como los demás. Todos la miran de reojo porque tienen curiosidad de ver aquel espléndido regalo. Ella es la primera en abrirlo; el fino papel, la caja decorada y maciza y con un empaque de buena calidad; empezó a sacar el relleno y la emoción crecía así como la expectación de los demás, después de mucho sacar papeles de empaque, descubrió en el fondo de la caja, una mazorca de maíz morado grande, brillante, ya sin hojas… de inmediato se escuchó una exclamación de asombro y risas. Argelia estaba roja de ira y vergüenza por pelear tal regalo. Acto seguido abrieron todos sus regalos y el humilde envoltorio de papel periódico que nadie le peleó a Hipólito, contenía un fino estuche de pluma y lapicero en chapa de oro…

La lección estaba dada.

Nota: Al final, Argelia recibió su regalo real; uno de sus compañeros que quiso dar una buena lección y cayó en la trampa, quien tenía que caer. Nunca se supo quién fue, porque con discreción, alguien dejó entre risas y bromas un presente a la altura de los demás, en su escritorio.

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