Autor: ALICIA CABALLERO GALINDO

A veces la soledad es buena compañía; paradójico pero cierto: el otoño con sus locos vientos, juguetea con mi cabello suelto y lo lleva a mi cara, como si quisiera arrancar de mi mente esos pensamientos que me agobian cada vez que camino por esta avenida.

Los árboles caducifolios son sacudidos con intensidad mientras el viento va arrancando a puños sus amarillentas y rojizas hojas que forman una alfombra móvil sobre el pasto y las banquetas. Mi bufanda multicolor flota tras de mí; si no la hubiera atado firmemente a mi cuello, ya estaría en lo más alto de alguno de los árboles. Mi paso se vuelve lento y un suspiro nostálgico escapa inevitablemente de mi pecho al estar frente al restaurante donde me encontraba con Pierre; la primera vez que se cruzaron nuestros caminos, fue algo predestinado; ambos llegamos solos a la misma mesa, cuando sus ojos y los míos se encontraron, decidimos con sencillez, compartirla.

El tiempo transcurrió de prisa mientras platicábamos; él tomaba café caliente y yo, lo tomaba helado. Él se reía de mí porque al terminar mi bebida, tomé el popote, lo aplasté y me esforcé por hacer un triángulo equilátero, es un hábito del que aún no me libro. Fue un encuentro extraño porque a pesar de mi desconfianza natural, la plática fluyó como un tranquilo arroyuelo cristalino que se desliza sobre las piedras redondeadas de su cauce. Las citas en el café se repitieron una y otra vez, hasta conocer más allá de lo que se dice. Las bancas del parque donde nos sentábamos después del café, conocían secretos pensamientos compartidos…

Sonreí con nostalgia recordando nuestros encuentros y me detuve un momento en la puerta, entré sin pensarlo mucho; no había vuelto al lugar desde aquel día que sin explicación alguna se fue de la ciudad y de mi vida. Yo no volví a saber de él ni quise entrar de nuevo a aquel lugar. Esa tarde, algo me impulsó a sentarme en esa misma mesa para pedir mi café helado mientras recordaba…

Creo que cuando nos conocimos, ambos teníamos miedo de amar y no ser correspondidos en la misma medida. A veces los golpes vuelven a la gente desconfiada, arisca, dura… al grado que no nos atrevemos a confesarnos esos sentimientos por temor al ridículo, al deprecio, o al desamor… A veces pesadas cadenas invisibles, atan. Seguro que él tiene nuevas amistades…

El bullicio del restaurante, era mucho, pero yo me perdí en mis propios pensamientos y recuerdos, mientras degustaba mi bebida y al terminar, inevitablemente, dejé sobre la mesa mi popote convertido en un triángulo equilátero.

Salí de aquel lugar sintiendo un vacío en el alma. El viento había amainado, decidí sentarme un rato en una banca del parque mientras leía las últimas páginas de un libro. Aún había luz de día. Soñar, no cuesta nada.

Pierre

¿Aún me recordará? ¿Qué pensará de mí? Tal vez nunca se dio cuenta que la amaba, pero siempre tuve miedo de decirlo porque… lo he dicho otras veces que creí ser amado y me equivoqué. Tal vez debí atreverme a decirlo, temí no ser aceptado y me quedé con un “te amo” en el tintero que sigue golpeando mi conciencia y mi soledad. Ella tampoco me lo dijo… pero sé que sentía lo mismo; a veces las circunstancias nos vuelven precavidos y tememos sufrir; hay barreras invisibles que quisiéramos saltar y no nos atrevemos, sin embargo, no sé si es mejor el silencio y la soledad que arriesgarse a hablar.

A veces los sueños son un refugio, una ilusión que no queremos romper. Cuando me fui de la ciudad sin explicación alguna, pensé que cambiando de ambiente y regresando a otras tierras, retomando otros caminos, podría dejar de pensar en ella. No me gustan las anclas; los compromisos esclavizan; me gusta la libertad. He visto otras caras, he tocado otros cuerpos he andado otros caminos… Hoy, después de un tiempo he vuelto a este lugar, atraído tal vez por una ilusión. El viento me hace recordar con nostalgia aquellas tardes de café que tanto decían sin decirnos nada personal, a veces las palabras sobran hay actitudes más elocuentes, el lenguaje de los ojos y el roce de los cuerpos, expresa más que mil palabras en tropel…

Soy cursi, pero entraré al restaurante, veo la mesa de siempre vacía, me tomaré un café y recordaré…

Al sentarme, veo como hipnotizado un popote con forma de triángulo equilátero y el corazón me da un vuelco en el pecho; no creo que haya otra persona que haga lo mismo… lo tomo entre mis manos, me levanto sin ordenar nada y salgo; aún creo percibir su aroma que me es tan familiar. Mis manos tiemblan mientras acaricio aquel triángulo confeccionado con un popote; indudablemente es ella. Desde la acera, alcanzo a verla sentada en el parque leyendo un libro. Con paso seguro, me dirijo hacia ella con una sensación extraña en la boca del estómago y una incertidumbre royéndome el alma. La vida nos ofrece oportunidades y hay que tomarlas.

El viento empezó a soplar de nuevo y ella se levantó dispuesta a marcharse; la tomo por el brazo suavemente murmurándole simplemente un “buenas tardes, ¿cómo estás?”.

Ella se estremece y su mirada es la misma; con mi mejor sonrisa le murmuro al oído, dejando en sus manos su triángulo:

Lo dejaste sobre la mesa; creo que fue una señal para indicarme que aún estás aquí.

Estamos de nuevo frente a frente; sin explicaciones ni preguntas, sólo un abrazo, un beso, y un volcán de sensaciones escapando por nuestras miradas, mientras la luna llena se alza sobre los árboles del parque y Constanza me dice con voz baja.

¿Sigues buscando por las noches, el lado oscuro de la luna?

Sólo le sonrío y abrazados, caminamos despacio disfrutando de la magia del momento.

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