POR CARLOS ACOSTA

Desde que escribo, hay un mundo que a donde voy va conmigo. Nadie parece mirarlo. De hecho nadie lo ve, sino hasta que ya está escrito.

Crece de mis ojos hacia adentro, de los dedos hacia afuera. Es un tanto real y otro tanto imaginario.

En este mundo de letras, que a donde voy da conmigo, está el estruendo del día, la inmensidad de la noche, la casa de donde vengo, las calles de mi ciudad. Va el universo interior del que mira y del que firma.

Desde que escribo, reciclo, lo que fui aunque no quería, lo que quise y nunca pude. La llovizna de un septiembre y alguien caminando a solas.

Podría ocurrir, que de esta manera, no encontrara la felicidad, pero nadie tendrá el placer de buscarla por mí.

*

Soñé que volvías en la hora de la penumbra de mis cavilaciones

en el filo del instante en que a la madrugada le urge no morir

Soñé que en lo largo de tus brazos desmoronaba estrellas el albor

Y querías decir tu nombre

Y una línea invisible sellaba tus labios

 

Eran testigos

lo fiel del horizonte

el descomunal atraco de las luces en la oscuridad

el silbato del tren azuzado por la aurora

Una calandria

había colgado su nido en la más alta rama del eucalipto

Desde el cielo nublado

sin resquicio de luz

un relámpago caía en el árbol

incendiaba las ramas

el nido

Y nosotros sin poder hablarnos

 

Mirabas tus pies

como quien busca cicatrices en los días futuros

Adivinabas procedencia

significado

de las heridas que las causarían

 

De tu pelo al viento volaban sueños

no como aves migratorias

sino como polvo de mis huesos

esparcido por un soplo que recordaba lo tibio de tu aliento

 

Volvías

y en tus ojos

dos micro abismos profundísimos incitaban al vacío

los años no se notaban en ningún sitio a donde viéramos

sino en el timbre tembloroso de palabras que no decías

 

Soñé que ciegos nos mirábamos

desde un lugar inaccesible para los mortales

Y no podíamos hablarnos

*

Es el ruido de la lluvia

Abro los ojos en la oscuridad

sin saber la hora que marca el reloj

A tientas

con movimientos pausados

salgo de la cama

Voy al ventanal que da al poniente

Entreabro las dos hojas corredizas de cristal

Aspiro el ambiente húmedo

El rumor del agua cayendo se hace cargo del silencio

Su constante golpeo de gotas en el pasto y la banqueta van tejiendo una sonata

–sé que no exagero si digo que a momentos es una sinfonía–

donde el viento entre las ramas de los árboles

la corriente del arroyo que se forma pegado al cordón de la escarpa

el eco lejano de un trueno sin relámpago

aportan

cada uno

la nota musical que les concierne

*

Es el ruido de la lluvia

A lo cerca

una luminaria salva la esquina de la cuadra

Se alcanzan a ver los hilos de agua a contra luz

Hilos de cielo cayendo a la tierra

pienso y sonrío

La lluvia es de las pocas cosas que por sí solas

tienen la propiedad de concederme el milagro de la paz interior

¿Cómo entonces no amarla?

¿Cómo no despertar al llamado de su rumor en la mitad de la noche sin importar la hora que marquen los relojes?

*

Antes de dormir había forcejeado con tres o cuatro fantasmas

no obstante

luego de largas conversaciones

pude apaciguarlos

Para mí que presentían su llegada

e incluso ellos saben que contra ella

nada pueden

Es el ruido de la lluvia

*

A lo lejos alguien canta. No es que la voz venga y quede en las hojas de los árboles, ni es que se unte en el trino, griterío, de los pájaros.

Allá lejos alguien canta. Lo dice el viento en su queja, en su andar desde temprano por lo plateado del cielo, en el silencio infinito que nos abruma por dentro.

Ávida ráfaga. Lluvia. Canción sin eco que a solas anda vagando en el mundo.

¡Ay! trova de los que cantan en la distancia y no saben a dónde llega su canto.

 

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