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lunes, agosto 10, 2020

ESTA VIDA COTIDIANA

SUPLEMENTO CULTURAL COLECTIVO3

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1

Esta vida cotidiana que veo pasar por la calle, por la acera de mi cuadra, lo mismo se va de largo que viene y entra en la casa y convive con los gestos, los pasos, las aleluyas, de lo que somos nosotros. Es el diario acontecer que sucede más allá de ruegos y sobresaltos, predicciones y regresos. Los minutos que se adhieren uno a otro y al que sigue, en fila, como si fueran soldaditos de un ejército cuya deidad es el tiempo. Uniformes. Desiguales. Según lo ordene el momento. Y cuando menos lo esperas ya son horas, mediodías, madrugadas y otra vez,  tardíos amaneceres. Y el rodaje que es un ciclo de nuevo vuelve a empezar.

2

Un lapso, ya que nosotros somos animales cíclicos. Nos movemos de lo innato al origen de lo interno. Un ir y volver sin tregua. Sabemos poco del círculo y no obstante al cerrar los ojos, volvemos a ese punto que es el zenit de nosotros.

3

Uno anda entre pasadizos por esta vida ordinaria con cara de no los sé, o bien de asombro en asombro con gestos de puede ser. Todo está en si los sentidos duermen aunque perjuremos que somos entes despiertos o si se exaltan los ánimos por mirar en lo habitual algo que nos encontramos como por primera vez. Pero eso no es un asombro que pueda venir del tedio, de la modorra, del fuego; ni siquiera de la prisa por llegar con prontitud a ese lugar que en un rótulo anuncia en cuatro palabras en cursivas: quién lo sabe.

4

Uno mira que la gente pasa y pasa por la calle. En auto, en bicicleta. Casi nadie cruza a pie. Caminar se convirtió en rutina puerta adentro en una cinta sin fin donde transitas, deambulas, no te rindes y no avanzas. No visitas al vecino. No quieres que te visiten. Es lo que marca la regla. El desquiciante estatuto de lo que nos merecemos. Es la vida cotidiana. La que vivimos a diario. La que nos conduce a ciegas aunque la luz en los ojos nos haga creer que hay una línea divisoria para ver por dónde vamos.

5

¿Lo común es lo sagrado? ¿La llegada imperceptible de un amanecer sin prisa que se abre paso en la noche como un gato sigiloso, sucede y no lo sabemos? ¿O por estar a la espera de los grandes episodios nos perdemos del instante en que el aire es el milagro de entrar hasta los alveolos y concedernos el don de respirar y estar vivos? ¿El ojo puesto en lo lejos o en lo cerca del mañana, impide ver el presente con la claridad serena de los ávidos de instantes?

6

Son demasiadas preguntas para las tres de la tarde de esta ciudad inclemente. Además es bien sabido que el sol de acá y sus locas temperaturas de más de cuarenta grados Celsius, pervierten hasta cenizas las ideas que se piensan. Cómo no se cae el cielo en este preciso instante. Que se disuelvan las nubes disueltas en aguaceros. Que llueva como si nunca hubiera caído agua. Que no se alarguen los días ni se alarguen más las noches como si ni el propio tiempo fuera dueño de su curso, como si las horas bobas de pronto se hubieran vuelto caravanas perezosas.

7

Son muy pocas las respuestas. Y hasta eso, no concluyentes. No existe un por qué al cual se le pueda contestar. Nadie que lleve un por qué en la punta de la lengua recibió una aclaración que lo deje satisfecho. Esa es la historia de un mundo que podría ser una casa, una calle, la ciudad, una sociedad abstracta de tan cuantiosa y dispersa. De tan dueña de sí misma que no mira a los demás. Esta humanidad, la nuestra.

8

Un relato escrito a tientas desde los ojos cerrados de quien vive enceguecido por maravillas y miedos, celebraciones y penas, gratitudes y escarmientos.

9

Quisiera tener un chip diferente a los demás y ponerlo en un lugar de la base del cerebro. Mirarme con otros ojos. Ver al mundo desde otro ángulo. Escribir lo que no pude en tantos años de intento. No llorar, pasar de largo. Reír con sorna del drama. Del ajeno y del propio. Olvidar lo que no tenga ni una brizna de recuerdos. Recordar incluso aquello tocado por el olvido. Ese chip quizás no sea otra cosa que la noble convicción de ser un ente recóndito en sí: anónimo.

10

Ser inventor. Dibujante. Astrónomo. Musical. Y si es posible, poeta. Que las retinas retengan colores, haces de luz, veredas áureas en medio de una noche que no acaba. Que las yemas de los dedos absorban la vibración del árbol en la madera de la mesa y el temblar de la luz de las estrellas en el destello del campo. Y luego de tanta búsqueda llegar a ver que ese chip imposible de encontrar, es la voz de mi neurosis que dice y vuelve a decir que si pervivo hasta el fin coherente con mis absurdos, terminaré siendo sabio.

11

Este día desperté y me enteré que llevaba cuatro meses encerrado. No sabía decir mi nombre. Desconocía los pasos y la luz de los albores. Era imposible acudir más allá de los umbrales de las puertas de mi casa. Desperté y ya no sabíamos por dónde llegaba el sol, por qué la noche era larga. Los porqués no tienen eso que los oráculos firman con gran énfasis: adagios.

12

Ese día no recordaba el nombre ni el apellido de alguien que todos sus años los ha pasado conmigo. Le pedí al horizonte una mano para este infeliz desmemoriado. La distancia siguió quieta, ausente, alejada, mustia. Las palabras habían sido dichas como si un niño llevase un papalote con la esperanza que el aire lo hiciera volar muy alto. Y no. Entonces diré que, la verdad, siempre supe de la mudez del confín. Recordé lo que quizás sea su principal premisa: el silencio es la respuesta. Como queriendo decir, adentro de cada uno, está lo que uno busca.

13

La distancia no sabía, nunca supo, no lo sé, que justamente por eso resolví hacer la pregunta. Pero en fin, la distancia ni se acortó ni alejó, siguió y sigue impasible. Hoy al despertar lo supe: hace más de cuatro meses me la he pasado encerrado. Mirándome hacia adentro. Buscando en ese universo más allá de las pupilas. En donde el aire inspirado. Por las venas y los poros. En el cabello y las uñas. La distancia no lo sabe. Yo he querido explicárselo pero permanece impávida. Solo se traga de a poco un sol que no se despide.

14

Pero mañana, otro día, después, si se me confiere la gracia de respirar, seguro que volveré. Sé que no ha de haber respuesta. Pero eso no me hace mella. Me he pasado más de media vida divagando, a solas, entre mares de preguntas, muchas aún a sabiendas que no tenían respuesta. Pero es que existe un placer en preguntar y vivir la expectativa de ver quién se atreve a contestar.

15

Suele ser el horizonte destinatario de dudas, de mis elucubraciones. No obstante también lo hice con el cielo, con los pájaros, los árboles y la lluvia. Fui inquisidor muchas veces e inquirido otras tantas. Casi nunca quise hacerlo, cada vez un poco menos, pregunté a mis semejantes. No desconfío, no me alarmo. Pero fueron pocas veces las que con este propósito pude acercarme a ellos.

16

Es la vida cotidiana. Son preguntas  sin respuesta a un horizonte que no habla.

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Es la vida cotidiana yéndose como si nada. Como si nada arrastrándonos entre el caos y la hojarasca de un otoño que no llega y una claridad ausente que ni se anuncia ni asoma.

18

No son quejumbre estas letras. Tampoco desolación. Ignoro si es que pudieran ser arrebato, desorden. Fuerza de sangre en las venas. Fuerza en la respiración.

19

Uno es un hombre que vive entre la alegría y el tedio, entre asombro y malas nuevas. Alguien que no se hace a un lado de las cosas que suceden. Que en el pecho y en los ojos, en la cara y en los huesos, trazan dibujos, momentos, mellan los peores tiempos. Es imposible esconderse. Mirar que pasan a un lado, como flechas, como dardos, los sucesos cotidianos y conservarse al margen, me suena un tanto inhumano.

20

Es la vida cotidiana que llega al amanecer y muere con cada tarde. Muy a pesar de nosotros. O quizás porque ese rumbo hemos conseguido a tientas, con desdén y con soberbia, sabiendo bien lo que hacíamos o sin ser conscientes de ello. Desoyendo las verdades, obedeciendo las voces siniestras de los demonios.

21

Es la vida cotidiana. La que tengo aquí, a mano, la maravilla que es, el caos indefinible, que podemos encontrar solo con abrir los ojos.

22

Esta vida cotidiana que veo pasar por la calle, por los pliegues de las manos, lo caído de los párpados. Viene en minutos y horas, en días que se amontonan en meses y luego en años. Es la vida maravilla. La vida caos. Absoluta. La que sigue el devenir de un sueño del universo donde fuimos dibujados con líneas de luces cósmicas y que nunca comprendimos.

23

Solo eso somos, ¿un sueño?

24

Ya otra vez viene el albor. Ha pasado sin decir voy a pasar, con permiso. Es la vida cotidiana que veo pasar por los árboles, el cristal de los anteojos, el griterío de los pájaros. Lo mismo pasa sin ruido y se cuelga en las ventanas. Convive con lo mullido de los muebles de la sala, con lo que habla de nosotros. Es el diario acontecer que sucede más allá de plegarias y desastres, algarabías y secretos. Los minutos que se adhieren uno a otro y al que sigue, en fila, como si fueran soldaditos de un ejército cuya deidad es el tiempo.

 

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